Tengamos el derbi en paz

En la vida hay muchas cosas que son obligatorias y el fútbol no es una de ellas. Si no te gusta ver a tu equipo perder, no vayas al campo; si no te gusta verlo empatar, no vayas al partido. Son cuestiones básicas, aunque en los tiempos que corren no está de más recordarlas de vez en cuando. Que no te gustan los derbis, no los veas; que no soportas que tu equipo pueda llegar a perder contra el eterno rival, enciérrate en casa durante 90 minutos o 15 días.

Si el fútbol fuera ganar partidos, sólo habría dos equipos con aficionados. Afortunadamente es mucho más. Es pasión por los colores, identificación con unos valores, ganas de sentir. Ir al fútbol es querer sentir. Sentir euforia, sentir la camaradería de los tuyos, el calor de una victoria, aunque también la decepción de la derrota. El fútbol te hace sentir el pack completo, no te deja escoger. Si no estás dispuesto a sentir el amargor de una goleada en contra, olvida este deporte.

Un derbi es un partido de fútbol concentrado que no es necesario diluir. Dura las dos semanas que van desde el lunes previo hasta el viernes posterior al encuentro. Esto es así porque es el único partido que también juega la afición. En la calle, en el trabajo, en casa… Todos conocemos a alguien que anima al rival. Todos sabemos lo que le diremos si gana nuestro equipo. Todos sabemos lo que nos caerá si gana el contrario. Ha sido así durante decenios y no entiendo por qué ahora hay quien se empeña en cambiarlo.

Quitarle la rivalidad al derbi es como rebajar el Vega Sicilia con agua. Peor aún, con gaseosa. La rivalidad no es un concepto mensurable. No existe una escala a la que se pueda ir ajustando. Hay rivalidad o no la hay. O existe un partido especial entre enemigos íntimos o, con todos mis respetos para el citado, convertimos el derbi en un encuentro más, como el que nos enfrentará algún día al Lorca.

Así que si no puedes afrontar las decepciones, si no estás dispuesto a bajar al fango a levantar a los tuyos, si dices que tu equipo no necesita ganar el derbi porque lo importante es que sigue vivo, si crees que tu equipo es superior sólo porque ha estado más arriba un tiempo determinado, si opinas que tu afición es mejor porque tiene más abonados sin tener en cuenta el tamaño de las ciudades que albergan a los clubes que comparas, si te ofenden unas camisetas o si estás dispuesto a emplear la violencia en defensa de tus creencias deportivas, seas del equipo que seas, te tengo que decir que a ti no te gusta el derbi y no sé si siquiera el fútbol.

El derbi requiere valor. Coraje. Es necesario para superar los nervios previos. Es imprescindible para soportar el chaparrón si pierden los tuyos. Es innegociable para evitar las provocaciones violentas. Para no buscar justificaciones retorcidas en la derrota. Para no denostar con condescendencia la alegría del otro. El derbi sólo gusta a los valientes. Puedes estar preparado para el fútbol pero no dar la talla para el derbi. Querrás entonces rebajar la rivalidad para hacer un partido a tu medida. Insulso. Abúlico. Plano. Te receto que veas sólo partidos de Champions de equipos lejanos y, a ser posible, por la tele. Déjanos el derbi y los partidos con pasión a los que nos gusta vivirlos en paz.

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El cruce

Sé lo que estás pensando, he visto tu futuro. Lo he saboreado. Te arruinarás. Ese proyecto te hará perder tu patrimonio. Los siguientes te endeudarán irreversiblemente.  Tus amigos tratarán de sacarte adelante pero será demasiado tarde, habrás tocado fondo. Vivirás pobre y morirás pobre. Mediocridad. Tendrás que aceptar trabajos básicos, mal pagados, para no recurrir a la caridad de los tuyos. Lo he visto. De sol a sol. Mano de obra barata. Fuerza bruta. Sudor. Lo he saboreado. Paro, precariedad, piscina municipal y sandwich de jamón. Toda tu vida. Hasta los noventa años. Vida de barrio. Anónima. Fútbol en el bar, frituras, grasa. Lo he olido. De ahí no se sale. Ninguno de tus descendientes lo hará.

Pero no tiene por qué ser así. Tu destino puede ser otro. La muerte te llegará antes, pero vivirás como un rico junto a los tuyos. Trajes, coches, esquí catalán. Lo he visto. Dinero. Más dinero. El olor de la sangre. Tus amigos te sacarán adelante, te llevarán a la cumbre. Ese reloj, ese rifle, ese traje. Brilla. Late. Está vivo. Es el poder. Las altas esferas. La urbanización de lujo. Lo he saboreado. Todo tuyo. Ese porte, esa fachada. Esa firmeza. Hasta los setenta. Veinte de tus años. Eso pido. Es el éxito. Es la vida. Lo he olido, Miguel. Sólo tienes que adorarme. Tú decides.

Si cuentas tus sueños, no se cumplirán

He tenido mi primer enfrentamiento con mi propia muerte. Viajaba adormecido en el asiento trasero de un todocamino ajeno con la cabeza apoyada en los dos asientos delanteros, justo en medio de ambos, disfrutando de las curvas que trazaba el conductor en un cálido día de una estación por determinar. Los ojos entrecerrados placenteramente como queriendo dormir, pero sin llegar a consumar el sueño, trataban de filtrar una hermosa luz de tarde avanzada o mañana incipiente, entre una claridad confortable en todo caso. Inadvertidamente, el vehículo dibujó un ángulo ligeramente erróneo en un recodo y ya no continuó entre las líneas estampadas en el asfalto durante el resto del trayecto. La consecuncia del desajuste entre el sentido de los suaves volantazos y el de los meandros de la carretera fue una salida de la vía hacia un precipicio en cuyo fondo se mecía el mar. Cuando comprendí que el automóvil estaba condenado a caer, asumí que dejaría de existir definitivamente y acerté a pensar “es el final”. Inopinadamente, mi vida pasada no se proyectó ante mis ojos, sino la futura, la que me iba a perder una vez transcurridos los dos segundos que tardaría el coche en estrellarse. Dos segundos de vida. Sólo grité una palabra: Carla. Inmediatamente después, me desperté.

 

Los vencedores de la lucha obrera

Dentro de poco se cumplirán cuatro años del anuncio de cierre de la fábrica de amortiguadores de Tenneco, en Gijón. La planta era rentable pero la dirección de la multinacional tenía diseñado un plan de reducción de costes que despreciaba los beneficios que daba la factoría. No es que a los directivos no les interesara ganar dinero con la venta de recambios para el automóvil, sino que querían una reducción de costes de producción que aumentara, obviamente, el beneficio. Era 2013. La crisis, ya se sabe. Total, que -recapitulemos- Tenneco quería deshacerse de su planta de Gijón y llevarse todo el montaje a cualquier país del Este que garantizara salarios más bajos. Se llegó a hablar hasta de Rusia, a pesar de que EEUU y la UE habían anunciado sanciones a la patria de Putin por el conflicto con Ucrania. Todo era un esperpento.

Lo que sucedió hace ya casi 4 años es que los trabajadores lucharon por sus puestos de trabajo. Se encerarron en la fábrica para evitar la salida de las máquinas, impugnaron el ERE, denunciaron a la dirección, se movilizaron, se pusieron en contacto con dirigentes políticos locales, autonómicos, estatales y europeos, buscaron el apoyo de los vecinos y se coordinaron en una iniciativa suprasindical sin precedentes que fue el germen de la Plataforma de Trabajadores en Lucha. Todo un ejemplo de lucha de la clase obrera cuyo hito fue lograr el Vicepresidente de la Comisión Europea y Comisario de Industria, Antonio Tajani, se interesara por su caso, asesorado por su jefe de gabinete, el asturiano Diego Canga. Y Tajani Medió.

Poco a poco la coyuntura fue cambiando. El ERE fue declarado nulo y los trabajadores se mantuvieron firmes, por lo que la empresa tuvo que ir reculando y acabó desistiendo de su idea inicial de cerrar la factoría. A cambio propuso reducir la plantilla y concederse un periodo de dos años para encontrar un comprador para la fábrica. Se empezaba a ver la luz al final del Negrón. La multinacional vio concedido su deseo de aligerar costes y acabó pactando una nómina de casi la mitad de los operarios que había al inicio del conflicto. Los empleados celebraron el mantenimiento de la actividad. Era 2014 y comenzaba el plazo de dos años para la venta de la instalación.

Pura matemática: en 2016 se llevó a cabo la operación. Tras dos años de explotación de la planta con sus costes laborales menguados, Tenneco hizo caja al vender la factoría a un fondo de inversión. La idea era que las piezas que se fabricaran fueran para la propia Tenneco. Un golpe maestro para Tenneco y Quantum. La lucha de los trabajadores había logrado mantener la actividad para una parte de la plantilla y a la vez la multinacional había logrado su objetivo inicial de abaratar costes. Tenneco tiene previsto seguir sirviéndose hasta 2021 de los amortiguadores de la planta que quiso cerrar. Tal era su imperiosa necesidad de abandonar Asturias.

A falta de saber qué pasará dentro de cuatro años con la fábrica gijonesa, todo el proceso anteriormente narrado se ha cobrado algunas víctimas. Se ha perdido un centenar de puestos de trabajo por el camino. Fue el coste asumido para que la multinacional permitiera mantener la actividad hasta la consecución de la venta. También se ha perdido el espíritu de la Plataforma de Trabajadores en Lucha, desinflada cuando los obreros que la impulsaron abandonaron las barricadas para reincorporarse a sus puestos de trabajo en la construcción de amortiguadores. La Plataforma mantiene su actividad, sí, pero sin haber logrado erigirse en el mecanismo suprasindical de asistencia a los trabajadores en conflicto al que parecía aspirar.

Así, lo que nos ha quedado ha sido un triunfo parcial para los trabajadores de Tenneco, que lograron mantener la actividad con la pérdida de casi el 50% de los puestos de trabajo pero que mantienen la espada de damocles sobre su cabeza; una victoria amplia para un fondo de capital, que está recuperando lo invertido en Tenneco vendiendo su producto al mismo empresario al que compró la fábrica, y un triunfo casi total de la propia multinacional, que logra reducir sus costes a la vez que continúa suministrando a sus clientes un producto de primera calidad. La lucha obrera siempre acaba en victoria.

Primero de Primarias

Patxi López no quiere formar parte de la candidatura de Pedro Sánchez a las primarias del partido Socialista Obrero Español y a mí me parece normal. Cuando el exLehendakari presentó su precandidatura me dejó la sensación de estar tratando de restar apoyos a Sánchez en una -hipotética de aquella, ya que ninguno había dado ningún paso todavía- batalla entre el exSecretario General y la Presidenta andaluza. Claro, si la candidatura de López nació con ese objetivo, con la intención de obstaculizar a Sánchez, entonces es lógico que no quiera unirse a él, ya que la votación todavía no se ha producido y, por tanto, no ha cumplido su cometido.

Así las cosas -y siempre en el supuesto de que la candidatura de López sólo pretenda contener la euforia sanchista-, el líder socialista vasco seguirá en campaña ahora con más fuerza que nunca, teniendo en cuenta que la candidatura de Pedro Sánchez ha logrado meter el miedo en el cuerpo a la de Susana Díaz con la presentación de un similar número de avales. Así que suerte, Patxi, las encuenstas dicen que la vas a necesitar. Y suerte también a los militates y votantes socialistas, ya que e este proceso de primarias decidirán, creo yo, algo más que el líder de todos ellos.

Una de las cosas que me va quedando claro del Partido Socialista, sea del país que sea, es que después de la borrachera de éxito de finales del siglo pasado ha llegado una resaca de tal magnitud que ha dañado la conexión entre el aparato y la militancia y ha arrasado la conexión entre el partido y el votante. La estrategia que han parecido querer adoptar en todas partes ante el imparable declive de votos ha sido la de culpar al que fuera el líder en cada momento, desdeñando la idea de que igual el partido debía renovarse, ordenar sus ideas y -quién sabe- recuperar el espíritu izquierdista que una vez le dio alas. La militancia, por su parte, se está empeñando en votar a líderes cada vez menos centrados y más escorados a la izquierda, con independencia de que luego no ganen votos, como ha pasado en Francia.

Hace más de tres años el Partido Socialista español necesitaba una refundación. No lo digo yo, lo decía Rodríguez Ibarra entre otros destacados miembros del Psoe. Ante tal urgencia, el partido del puño y la rosa (a veces sólo de la rosa) decidió abordar tan procelosa labor en una Conferencia política de la que salieron airosos proclamando que la cita había servido para unir al partido en torno a unas ideas claras. Hace más de tres años de eso, insisto, casi cuatro. De aquel cónclave, el entonces líder socialista Alfredo Pérez Rubalcaba destacó dos ideas fundamentales (entre muchas otras): una, la generosidad de su partido por apostar por las primarias “en un ejercicio de la mejor democracia” y, otra, echar al PP por sus “repugnantes” decisiones. La segunda proposición no la han logrado todavía, pero las primarias sí dejaron consecuencias: Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez se tomó al pie de la letra aquella proclama rubalcabista y estuvo dispuesto a que el Partido Socialista no permitiera al PP seguir gobernando. Ya, ya sé que muchos dicen que no lo hizo ni por el partido ni por España, que lo hizo para mantenerse en el sillón y tal y cual. Y parte de razón tendrán cuando coinciden en tal afirmación miembros del PP, de Ciudadanos y del Psoe. Tanta unidad de criterio no puede estar desencaminada.

No conozco cuáles fueron las motivaciones del por aquel entonces Secretario General de todos los socialistas y a mí, personalmente, me dan igual, pero lo cierto es que Sánchez continúa hoy dispuesto a alcanzarlas. De hecho, hoy se está jugando su futuro en el Psoe al comodín de la militancia. No tiene el respaldo del aparato del partido pero cuenta con una ventaja: su posición de outsider le permite moverse por el tablero con total libertad, decir lo que le venga en gana y criticar lo que le parezca, mientras que Susana deambula con prudencia, tratando de aparentar poder en todo momento y siempre atenta a lo que pueda hacer el Gobierno que su corriente ayudó a instaurar. La andaluza tiene un ojo puesto en Sánchez y otro en Rajoy, porque cada escándalo de corrupción que salpica al Presidente resuena en su cabeza como el eco lejano de un #NoEsNo. Patxi López simplemente está, y eso ya es bastante (siempre teniendo en cuenta la hipótesis planetada al principio del texto).

Como creo que los problemas del Partido Socialista van más allá de quién sea su líder, mantengo que la solución a esos problemas no va a salir de estas primarias. Habrá que esperar, como mínimo, al Congreso. Y, sobre todo, a ver cómo evolucionan el resto de partidos de la esfera parlamentaria. Si el PP sigue empeñado en intentar autodestruirse (de momento sin éxito) a base de casos de corrupción, quién sabe si alguna vez logarará su objetivo y dejará espacio para que crezcan los socialistas. O, si Podemos sigue empeñado en destruir al Psoe en lugar de tratar de alcanzar el Gobierno, quién sabe si dejará de ser una alternativa al PP y abrirá, por tanto, espacio a los socialistas. O, incluso, si Ciudadanos un día deja de interpretar que la estabilidad está reñida con castigar a los partidos políticos imputados en casos de corrupción, quién sabe si, incluso, permitirá el ascenso de un partido que esté todavía por fundarse. Quién sabe lo que podría pasar en tan hipotéticas coyuturas.

 

El futuro

Los seis muchachos de ojos estrellados y mejillas bañadas en lágrimas se ecercaban de forma incosciente a Senén, ansiosos por escuchar el final, cuando, súbitamente, la puerta se abrió permitiendo que un cuchillo de luz rasgara la atmosfera del bar.

Durante los diez segundos que aquella silueta tardó en traspasar el umbral, los corazones dejaron de latir. Todavía duró algo más la incertidumbre, hasta que la puerta se cerró sobre la oscuridad, evitando que se escaparan las sombras, y las pupilas recobraron su tamaño.

El recien llegado se acercó al grupo con una sonrisa. Senén, aliviado, pudo satisfacer a su audiencia. Hizo que una mueca precediera a su mirada y se dirigió a sus amigos: “y, entonces, explotó”.

El recién llegado observó cómo los siete muchachos se doblaban de forma automática, como queriendo cerrar el paso al alma que se escabulle de sus entrañas. Ríos de sal se escapaban de los párpados como bandoneones.

“Explotó”, alcanzó a balbucear uno de ellos entre sollozos. Y las contorsiones volvieron a adueñarse del grupo. Tardaron varios minutos en recobrar la compostura. Fue entonces cuando saludaron uno a uno al compadre que acababa de llegar.

“Qué, ¿otra ronda?”, propuso el nuevo. El grupo miró a su alrededor. Varios chicos se separaron para volver a inspeccionar el garito. Tras escudriñar las caras del resto de jóvenes, asintieron.

En total había cerca de cuarenta personas distribuidas en unas siete pandillas. Todas llorosas. Todas vigilantes. Los siete chavales abrieron el círculo para dejar sitio a otro taburete. “Vale, un chiste más. El último y nos vamos a casa”.

 

 

Ideología de género

Nunca he estado en Polonia y no conozco la realidad del país de origen de ese eurodiputado misógino que se atreve a soltar su ideología de género en el Parlamento común amparado por la libertad de expresión. No conozco Polonia y no pretendo juzgar a todo un país, así que me limitaré a decir que los polacos han votado a una persona llena de odio para que les represente en el proceso de construcción de la hermandad europea. Como enviar a Trump a una cumbre por la paz o a un futbolista a Saber y ganar. Afortunadamente, nuestros políticos machistas no se atreven a expresar en público opiniones como las del polaco por mucha superioridad intelectual que tengan. Qué suerte tenemos.

Aunque, son pocos los ultramachistas que viven en España. Excesivos en números absolutos, quizá, pero pocos en términos relativos. Son, no obstante, los más ruidosos, aunque también los más fáciles de combatir porque su poco disimulada ideología de género carece de base o argumentos sólidos. Todo lo fían a que las cosas son así porque lo dicen sus testículos o porque siempre han sido así y, claro, se ven superados en cuanto cualquier persona les presenta una reflexión compleja. No digo que no haya que combatirlos, ojo, aunque ellos mismos se encaminen a la extinción, acorralados, incluso, por los micromachistas. El problema es que mueren matando. Ya he comentado en anteriores entradas la extrañeza que me produce que se haya encontrado una clara relación entre el odio filoterrorista y los chistes sobre dictadores de altos vuelos sin que se le acabe de ver ningún vínculo letal a la apología del machismo.

Algún día abundaré en la necesidad de considerar los discursos ultramachistas como manifestaciones de odio punible pero hoy me ocupa otro asunto no menor. Acabáis de leer, puede que que con espanto, que he considerado que los ultramachistas son pocos. Me reafirmo. Machistas, no obstante, hay muchos. Millones. Puede que decenas de millones sólo en España. El problema es que la mayoría o bien dice que no lo es o bien cree que no lo es. Y ese es el principal problema al que nos enfrentamos, porque los machistas ignorantes, por un lado, y los mentirosos, por otro, son el principal foco de propagación de esta lacra.

Son los que se proclaman, orgullosos, defensores de la igualdad, de la educación para vencer al machismo. No pocos hombres y mujeres, machistas sin saberlo, mantienen discursos de este tipo. Que si hay que concienciar a los niños, que si hay que compartir las tareas… Como si pasar la aspiradora te hiciera converger con la igualdad elevándote a un estrato moral superior. Un machista ignorante fregando deja más limpia su conciencia que los platos y, a su parecer, queda legitimado para conservar el resto de actitudes micromachistas, que le acompañan desde que fue intoxicado con ellas en su más tierna infancia. Además, este tipo de machista es capaz de condenar el ultramachismo, lo que -también a su propio parecer- le sigue legitimando para sus pequeñas hazañas micromachistas.

Así, los ultramachismos, aunque inadmisbles, se me antojan meras bufonadas en comparación con los micromachismos.Todas/os conocéis algún ejemplo. Esas niñas que deben dejar pasar primero a los niños al entrar al autobús ante la pasividad de las madres de ellos; esa condescendencia disimulada en tu puesto de trabajo; esa manía de considerar un halago determinados “piropos”; ese déjame a mí, que tú no sabes; esa educación en guerreros y princesas; ese desprecio a películas con heroínas o esas miradas y comentarios que en el día a día yo no sufro y por tanto me cuesta explicar.

No se acaba con la desigualdad sin frenar ese machismo edulcorado que impregna la estructura social; el de quien, mientras pide igualdad de género, propaga actitudes machistas, a veces sin querer y, otras, sin querer reconocerlo. Es el machismo que está enquistado, pegado al hueso y nutriéndose de él. Es la enfermedad y el ultramachismo es su síntoma. Y no habrá cura sin abrir los ojos de esos millones de personas. Miles de mujeres feministas lo intentan pero el machismo defiende bien sus privilegios ayudado por que, de vez en cuando, un payaso ultramachista deja suelto su odio para despistar.