Comunicando

Sobre estrategias de negociación no hay libros buenos, porque los buenos estrategas de la negociación no desvelan jamás sus cartas, como los buenos magos nunca revelan sus mejores trucos. Lo decía Javier Davara, antaño decano de la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense y profesor del curso sobre “Estrategias de comunicación persuasiva” incluido en el primer ciclo del doctorado sobre “Planteamientos teóricos, estructurales y éticos de la comunicación de masas”.

Así que no hablaré de estrategias de negociación persuasiva complejas porque si fuera un experto en esa materia jamás revelaría tales conocimientos en público. Y si os los contase, después tendría que mataros y eso es un engorro. Pero sí puedo hablar de comunicación.

La vida es una negociación constante. Desde que nacemos hasta que morimos; desde el llanto de un bebé para pedir comida a su madre, hasta las imaginativas aproximaciones de un adolescente que quiere besar a su pareja en la más oscura esquina del portal de su casa. Cuando buscamos nuestro lugar en el grupo de amigos que nos acompañarán durante buena parte de nuestra vida estamos negociando. Desde que nos casamos hasta que nos divorciamos atravesamos una cadena de procesos de pura negociación. Y la negociación es comunicación (quien no crea que la negociación es comunicación pude dejar de leer en este punto, seguro que en Tele5 están dando Mujeres, hombres y viceversa. De todas formas, gracias por haber leído hasta aquí, un saludo y hasta otra). Por tanto, la extrapolación fácil es que la vida es una comunicación constante.

Lo fácil (y lo aburrido) sería que en todos estos procesos de comunicación el mensaje fuera explícito. Un ejemplo en el ámbito de la comunicación interpersonal:

-Gertrudis, ¿echamos un polvo?
-No, vete al carajo, mamón.

He aquí una muestra de negociación en un proceso de comunicación en el que el mensaje es explícito. Nada que objetar, un coñazo total si nuestra vida fuera así. Pero afortunadamente no lo es. Los seres humanos hemos perfeccionado la técnica de enviar y recibir mensajes implícitos que poco o nada tienen que ver con el contenido explícito del proceso de comunicación. Es una de las pocas cosas que nos diferencian de los animales. Otro ejemplo:

-Gertrudis, arrímate, mujer, que tendrás frío.
-Estoy, bien, Senén. Pero me duele un poco la cabeza.

El resultado en las dos negociaciones ha sido el mismo, a pesar de que los procesos de comunicación eran bien diferentes. En este segundo caso, el primer mensaje explícito buscaba una aproximación en el espacio, pero había un mensaje implícito que quería algo más (más íntimo, se entiende). En el mensaje de respuesta explícito se exponen argumentos relacionados con la salud, pero hay un contenido implícito de negación de la propuesta implícita de Senén. De cualquier modo, la conclusión es que Gertrudis ha dicho que no en ambos supuestos. Senén tendrá que esforzarse más en el futuro si quiere saciar su sed de amor.

Pero dejemos atrás la comunicación interpersonal. En ese terreno los ejemplos son claros, nítidos y de sobra conocidos. Vayamos directamente a la comunicación de masas, a los generadores de opinión y, en concreto, a los políticos. Analicemos las hermosas palabras del Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuando dijo que no iba a subir los impuestos, que no entraba en sus planes subir el IVA y que no abarataría el despido.

Rajoy utiliza a los medios de comunicación para difundir sus nuevas, porque los periodistas compramos todo lo que nos vende, aunque en sus comparecencias se niegue a responder a preguntas (Eso ya no lo hace, que para algo es Presidente). Y cualquier cosa que diga Mariano es negociación. La diferencia con los ejemplos antes citados radica básicamente en que, en este caso, hay un emisor, un mensaje y varios receptores, que reciben el mensaje a través de distintos canales. Encontraremos que cuando un líder internacional, sofisticado y carismático emite un mensaje, éste suele ser parte del eje de comunicación de su estrategia de comunicación. O lo que es lo mismo: el plan de comunicación que cualquier experto haya diseñado para ese prócer de la política incluirá, a buen seguro, uno o más ejes de comunicación sobre los que girará toda la estrategia. Si el líder mundial es aplicado irá soltando mensajes impregnados con ese eje de comunicación con la alegría con la que los árboles esparcen sus semillas a lo largo del ancho bosque. En concreto, Mariano cuando hable lo hará pensando, como mínimo, en los siguientes colectivos: 1-su propio gobierno; 2-su partido; 3-sus votantes; 4-la oposición; 5- los ciudadanos en general y 6-la comunidad internacional (hoy en día también los mercados).

La multiplicación de receptores ya nos alerta de la posibilidad de que, en realidad, el mensaje tenga más de una lectura. Es decir, que habrá un mensaje explícito y dentro de él varios implícitos dirigidos a cada uno de los receptores. Deberán ser éstos los que descifren el código para saber cuál es el mensaje que les corresponde. Y para ello será muy importante la relación que cada receptor tenga con el emisor.

Así, cuando Rajoy diga que no va a subir el IVA, nosotros deberemos leer los siguientes mensajes:

1-Lectura explícita: el IVA no se toca.
2-Lectura del mensaje implícito para su gobierno: que a nadie se le ocurra decir que subiremos el IVA hasta que yo dé la orden.
3-Lectura del mensaje implícito para su partido: podéis ir insinuando que será necesario subir el IVA por la “herencia recibida”.
4-Lectura del mensaje implícito para sus votantes: igual subo el IVA, pero como a vosotros os la trae floja…
5-Lectura del mensaje implícito para la oposición: cuando suba el IVA os voy a echar la culpa.
6-Lectura del mensaje implícito para los ciudadanos: da igual lo que hagáis, subiremos el IVA.
7-Lectura del mensaje implícito para Angela Merkel: sí bwana.
8-Lectura del mensaje implícito para los mercados: lo de la reforma laboral era sólo el principio.

Conclusión: el IVA subirá igual que el IRPF y con la misma alegría con la que se abarató el despido. Aprovechad para hacer acopio de alcohol…

Hasta que explote

Un hombre llega a la consulta de su médico, previa cita concertada semanas atrás, después de comprobar con preocupación que su estado de salud empeora a ritmo frenético. Nervioso, excitado y entre sudores, se sienta en la petrea silla destinada a las visitas, desgastada de soportar el peso de las nalgas del mundo. Incapaz de mantener la mirada en los ojos del galeno, el paciente malgasta segundos preciosos en encontrar las palabras precisas para acabar preguntando: “¿Qué padezco, doctor?” Segundos de silencio aterrador. Segundos de silencio casi místico. Justo antes de que se abran los cielos y baje una paloma el médico habla y rompe el hechizo: “Le voy a tener que dar quimio y radioterapia”. Otro silencio pavoroso. Otro silencio casi mítico, en esta ocasión. Cuando parecía que se iba a abrir la tierra para dejar salir a una cabra roja danzarina, parlante y malhumorada el enfermo retoma el control de su propio cuerpo y pregunta de nuevo: “¿Pero qué cojones tengo”. El médico le mira con desdén, casi con sorna y le espeta: “En el tratamiento está implícito el diagnóstico”.

Llegados a este punto conviene aclarar que esta contingencia sanitaria es ficción, pero está basada en hechos reales. Hechos que sucedieron a mediados del mes de septiembre del año 2008, cuando el Presidente francés, y por aquel entonces líder de turno de la UE, Nicolas Sarkozy, señaló la necesidad de refundar el capitalismo, habida cuenta de la crisis que se cernía sobre el mundo en general, Europa en particular y más específicamente sobre los pigs (Portugal, Irlanda, Grecia y Spaña, aunque lo de Irlanda quedó al final en un susto contable, dicen). El pequeño marido de Carla Bruni nos reveló entonces el tratamiento para curar la enfermedad del sistema económico global, aunque implícitamente nos estaba señalando el diagnóstico: el problema está en el capitalismo que, según Sarkozy, puede ser del bueno o del malo. Vamos, como los tumores o el colesterol.

Lo que pasó después, si lo extrapolamos al caso de nuestro simpático paciente, es lo siguiente: ni quimio, ni radioterapia, ni siquiera unos miserables días en la cama; una palmadita en el traseo y seguir funcionando como si nada, aunque un poco renqueante. Al paciente le convencieron de que su tumor era del bueno y le invitaron a seguir fumando mientras le atenuaban las defensas para desgracia de cada una de las células que sostiene su organismo. A día de hoy sigue vivo y está convencido de que seguirá respirando porque cree que el tratamiento funciona. Eso cree él.

Un día de estos sus células dirán basta, dejarán la puerta abierta a la metástasis y, entonces, la metáfora será otra: hay dos formas de sacar el aire de un globo. La lógica dice que relajando la presión sobre la boquilla. La lógica capitalista dice que llenándolo con más aire. Hasta que explote.

El miedo a la libertad

A nadie le debería extrañar que los liberales, que tanto lucharon -incluso derramando su propia sangre- por las libertades individuales en el siglo XIX y a principios del XX, ahora estén empeñados en defender la dictadura del mercado. Fueron ellos quienes, incluso con doctrinas republicanas, se opusieron al despotismo, al absolutismo y a todos los ismos que no llevaran como prefijo el término “capital” (más tarde, lo del republicanismo, en muchos países como España quedó para los progres). Fueron ellos los que pusieron los pilares del Estado de Derecho (y son los que están socavando la base del Estado de Bienestar). A nadie le debería extrañar que ahora defiendan, incluso con violencia (puede que no física, todavía, pero violencia al fin y al cabo) el sistema socioeconómico que tanto esfuerzo les costó conseguir. Defenderán en capitalismo aunque sea a costa de tu vida (en principio en términos literarios, es decir, de tu casa de tu dinero, de tu trabajo… De tu bienestar al fin y al cabo. En principio, insisto, luego dios dirá).

No es nada nuevo. Y cito: La historia moderna, europea y americana, se halla centrada en torno al esfuerzo por alcanzar la libertad en detrimento de las cadenas económicas, políticas y espirituales que aprisionan a los hombres. Las luchas por la libertad fueron sostenidas por los oprimidos, por aquellos que buscaban nuevas libertades, en oposición a los que tenían privilegios que defender. Al luchar una clase por su propia liberación del dominio ajeno creía hacerlo por la libertad humana como tal y, por consiguiente, podía invocar un ideal y expresar aquella aspiración a la libertad que se halla arraigada en todos los oprimidos. Sin embargo, en las largas y virtualmente incesantes batallas por la libertad, las clases que en una determinada etapa habían combatido contra la opresión, se alineaban junto a los enemigos de la libertad cuando ésta había sido ganada y les era preciso defender los privilegios recién adquiridos.

Así comienza El miedo a la libertad, de Erich Fromm, un ensayo sobre los aspectos psicológicos y sociológicos que confluyen en el círculo vicioso que los hombres describen cada vez que alcanzan una libertad, aun con derramamiento de sangre, para oponerse radicalmente a las reivindicaciones de libertad de sus sucesores. Por poner un par de ejemplos burdos: cómo nuestros padres lucharon por conseguir ir a un guateque y luego nos prohibieron salir por la noche o cómo nuestra sociedad lucho para conseguir condiciones laborales dignas y ahora se suprimen sin tapujos, casi sin oposición.

Recuerdo con nostalgia las clases de historia en el instituto. Siempre me encantó esa asignatura. Y recuerdo cómo nos contaban cómo los liberales se levantaban contra la tiranía de la monarquía y la Iglesia; cómo lucharon por las libertades; cómo perdieron y cómo ganaron. Lo que yo no sabía entonces es que no querían la libertad de todos, sólo la suya para poder subyugar al resto. Pero ese desconocimiento se debía a que todavía no había leído a Fromm. El miedo a la libertad está en nuestros genes tan incrustado como lo está la tinta de un tatuaje taleguero a la piel de un atracador; tan asumido como lo está que la liga la ganarán el Madrid o el Barça; tan inevitable como que, para que la siguiente generación alcance sus propias reivindicaciones de libertad, será necesaria la violencia.

No seremos nosotros, pero alguna generación logrará la libertad, acabará con la dictadura del mercado, impondrá un nuevo sistema y lo defenderá a sangre y fuego de los ataques de los que entonces estén oprimidos. Estoy convencido de que estos tres conceptos siempre van a existir hasta que se extinga la raza humana: libertad, opresión y lucha. Ojalá me equivoque.

Seremos historia

La historia la escriben los que ganan, así que dentro de 50 años todos los libros dirán que el Estado de bienestar nos lo cargamos los ciudadanos por vivir por encima de nuestras posibilidades. Esto es así. Con esa respuesta cualquier alumno de secundaria aprobará la asignatura. Y si el estudiante es aplicado subirá nota si especifica que los españoles de principios de siglo votaron para que se construyeran aeropuertos en medio de la nada, para que se celebraran pruebas de competiciones automovilísticas en ciudades de comunidades hipotecadas, para que se levantasen superpuertos que sabe dios cuándo se amortizarán, para que se construyeran estaciones del ave en páramos recónditos o para que se levantasen instalaciones deportivas suntuosas capaces de albergar a toda la población de Andorra, entre otras gilipolleces. Para conseguir un notable, al joven escolar de dentro de 50 años le bastará con explicar en su examen que, además, los irresponsables españoles de medio siglo atrás se dedicaron a pedir créditos hipotecarios sin ton ni son, a pesar de las reticencias de los señores banqueros, que siempre previeron la catástrofe que se estaba gestando, pero nunca fueron oídos. El sobresaliente se lo tendrá ganado el alumno si recuerda con aplicación que la deuda de los ciudadanos fue tan desmesurada que, para corregirla, papá Estado tuvo que tomar medidas urgentísimas, todas ellas muy adecuadas, como permitir el abaratamiento del despido y la reducción de los salarios, entre otras iniciativas de calado, para algarabía de los empresarios. La matrícula de honor no será para cualquiera. Sólo para el que recuerde qué hicieron los españolitos para defender sus recién suprimidos derechos laborales.

Sondeo electoral Bolanueve para el 25M (en Asturias, chatos)

Expertos sociólogos y analistas de primera fila se esfuerzan ya por elaborar los siempre puntuales sondeos de intención de voto que manejan todos los partidos, medios de comunicación y demás ciudadanos de bien interesados en los entresijos de las elecciones, en este caso autonómicas, otra vez. Yo me he propuesto escribir en marzo un artículo (bueno, una entrada en el blog, tampoco quiero ser pretencioso) analizando en detalle mis propios datos, pero para eso necesito vuestra ayuda. Si todos los que dice WordPress que leéis mis textos -gracias por hacerlo- respondéis a esta encuesta, la información resultante no será poco significativa. El test se dividirá en tres partes bien diferenciadas, como comprobaréis a continuación (si no me habéis mandado todavía al carajo):

1- Intención de voto. Se trata de preguntas concretas incluidas en un bloque cuyo título es lo suficientemente ilustrativo como para que no me extienda con más explicaciones sobre el contenido del cuestionario.
2- El sentir de la calle. Según el Presidente del Principado, el sentir de la calles es suficiente para acusar a cualquiera de cualquier cosa sin tener prueba alguna, según aseguró en una entrevista en Radio Asturias. Daré muchísimo valor a este bloque en particular
3- Háblame de ti. Es importante conocer el perfil del votante, sobre todo su percepción de la vida política asturiana.

Sin más preámbulos vamos con el sondeo. Por favor, responded a todas las preguntas con sinceridad, la encuesta es totalmente anónima. Ni yo mismo sabré quién responde.

1- Intención de voto. Se trata de preguntas concretas incluidas en un bloque cuyo título es lo suficientemente ilustrativo como para que no me extienda con más explicaciones sobre el contenido del cuestionario.
2- El sentir de la calle. Según el Presidente del Principado, el sentir de la calles es suficiente para acusar a cualquiera de cualquier cosa sin tener prueba alguna, según aseguró en una entrevista en radio Asturias. Daré muchísimo valor a este bloque en particular
3- Háblame de ti. Es importante conocer el perfil del votante, su edad, sexo, nivel socioeconómico… Es trascendental, porque en un momento dado uno podría necesitar pedirle dinero a alguien y sería mucho más rápido acudir directamente a quien esté bien posicionado.

Sin más preámbulos vamos con el sondeo. Por favor, responded a todas las preguntas con sinceridad, la encuesta es totalmente anónima. Ni yo mismo sabré quién responde qué, por lo que me iré olvidando de pediros pasta.

INTENCIÓN DE VOTO

1


2

EL SENTIR DE LA CALLE

1

2

3

4

5

6

7

HÁBLAME DE TI

1

2

3

4

5

Gracias por colaborar. A mediados de marzo podréis leer los resultados en este mismo blog, aderezados con mi particular interpretación de la actualidad. Si echáis de menos alguna pregunta ingeniosa puedo incluirla en posteriores actualizaciones.

Cínico

Una generosa porción de la ciudadanía está completamente desvinculada de la vida política, económica y sindical, de forma que considera a los actores de ésos ámbitos personas ajenas a su entorno, que no influyen para nada en el azaroso devenir de su existencia pacífica. Tan rica y abundante es esa porción de la población, que todos conocemos a algún miembro de ese espectro ciudadano. “Vaya movidón, les van a montar una huelga general”, soltó alguien el otro día en directa referencia a las posibles consecuencias que se podrían derivar de la reforma laboral que el presidente Rajoy ha aprobado para incumplir su tercera promesa electoral en 3 meses (a saber: acabar con el paro, no subir los impuestos y no abaratar el despido). La afirmación en sí no tiene nada de particular ni en la forma ni en el fondo. La frase denota, incluso, cierta preocupación por la situación sociolaboral del momento, al hacer referencia expresa al “movidón” que está generando Rajoy y a la posible huelga general que le va a “montar” no se sabe muy bien quién. Pero en el plano de la connotación advertimos rápidamente que el sujeto emisor del mensaje no se sentía muy implicado con el objeto del mismo a la hora de expresarlo. Con el uso de la tercera persona del plural ni siquiera se incluía a sí mismo en el sujeto de la oración, descartando así su presencia en cualquier tipo de movilización o protesta con motivo del dichoso “movidón” de la reforma.

 

La fidelidad ciega del votante conservador y esa abstracción voluntaria de la vida sociopolítica, laboral y sindical de buena parte de los habitantes de este país nos indican que los ajustes laborales ya están asumidos y que España está preparada para la siguiente vuelta de tuerca, que llegará. Y, en parte, será gracias al desapego de los ciudadanos por los sindicatos (en parte merecido, aunque de esto ya hablaremos en posteriores entregas), que últimamente sirve de excusa para la resignación o para mirar para otro lado. Si a esto le sumamos un cada vez más generalizado sentimiento de estar curados de espanto (ya no asombra que despidan a gente cercana. Afecta sí, pero está asumido), rubricaremos un sometimiento absoluto perturbado únicamente por algunas movilizaciones que salpicarán aquí y allá el callejero de algunas ciudades, pero que enseguida serán catalogadas como actos de vándalos, de indignados o de perroflautas; colectivos, todos ellos, de los que la generalidad de la población tiende a desvincularse porque es más cómodo ser parte de la masa que de lo etiquetable.

 

Todo el rollo que he soltado para dos simples observaciones:

1-     El ciudadano atraído por los poderes fácticos (y por los facticos) y sujeto a ellos después de asumir sus dogmas, sólo podrá librarse de ese yugo a través del conocimiento empírico (y, por tanto, doloroso) de la realidad socioeconómica presente y futura (nuestros hijos vivirán todos peor que sus padres).

2-     Gente como el agudo observador cuya sentencia dio pie a este artículo me hacen ver que soy un cínico. ¿O no?

Nos han hecho un francés

Qué hijosdeputa son estos franceses. Así, con todas las letras y con todas ellas juntas. Y no me pongo ni colorao. Y los más hijosdeputa de todos son los del Canal+ gabacho, que se están dedicando a fabricar vídeos “vaselina”, aprovechándose de que la evolución del sentido del humor del españolito medio, si bien comienza en esta década a superar el nivel “Morancos”, se ha estancado en el escalón “José Mota” y parece que ahí se va a quedar, bien agustito, al menos unos años más, para disfrute de los espectadores de la 1 y hasta que a Antena 3 le fiche para que su programa acabe fracasando de forma definitiva.

En la semana en la que el Gobierno central nos quiere meter un palo por el mismísimo esfínter anal con movimientos agresivos para que nos quepa dobladita la reforma laboral; en la víspera de que el Consejo de Ministros le dé el sí quiero a la lavativa más profunda que catarán los intestinos de marco laboral español; incluso minutos antes de que hoy salga a delante este paquetazo de medidas desproporcionadas, sólo se les ocurre emitir una serie de vídeos humorísticos en los que los protagonistas son algunos de los deportistas más laureados y más campechanos de la piel de toro. Qué hijosdeputa. No sé si lo hacen por iniciativa propia o a instancias de Luis de Guindos pero esos trocitos audiovisuales de humor galo están sirviendo de lubricante para que la reforma penetre mejor en nuestras carnes, ya que buena parte de la ciudadanía está más preocupada hoy en restregar a nuestros vecinos del norte (bueno, los vecinos del norte de los asturianos son el pixín y el bonito) los éxitos deportivos de la raza hispánica con emotivas y alegres chanzas que, a buen seguro, corroerán el ánimo de los gabachos y les harán llorar frustrados por nuestra superioridad (bueno, por la mía no, eso seguro).

Lo que más me fascina de todo este asunto es que haya tomado cartas en el asunto el ejecutivo de Mariano Rajoy, presidente por la gracia de una mayoría absoluta que rivaliza en pomposidad con las logradas sin mayor esfuerzo por Gabino de Lorenzo. Quizá el gobierno haya tomado la determinación de respaldar la limpieza de la españolidad porque en su día Italia haya llamado a consultas a su embajador por la imitación que Martes y Trece hicieron de Franco Napiato http://www.youtube.com/watch?v=YcFjtMFPr5c o por la queja formal que la República Checa haya podido emitir tras el capítulo que Muchachada Nui dedicó a Martina Navratilova en Celebrities (he llorado de la risa con él) http://www.youtube.com/watch?v=Xsn1KkodFPk. No lo sé y no me importa, pero sí que me preocupa que el embajador de España en Francia tenga tan pocas cosas que hacer. Lo que también tengo claro es que todos esperábamos que nos hicieran un griego y, aunque así ha sido, muchos lo han digerido mejor gracias a un francés.

Mientras escribo estas líneas sólo Nick Rivers conoce el alcance, el tamaño y la potencia del Anal-Intruder que De Guindos ha adquirido recientemente. Lo que sí se sabe es que no lo va a usar para consumo propio. Eso sí, nos lo va a meter bien hasta el fondo con el loable fin de que nos ayude a generar la confianza necesaria para salir de la crisis. Pero viendo la que está cayendo y las iniciativas que no están proponiendo yo os aseguro que habrá final de crisis, pero va a ser peor que el de Perdidos. Al tiempo.

La baja de mi vida

Mi médico me ha sugerido una baja. He ido a su consulta para que me informe de los resultados de la completísima analítica que me están haciendo y su conclusión ha sido la de sugerir que me quede en casa por unos días. El tono que ha utilizado para recomendarme descanso ha sido el que utilizaría un adolescente para preguntarle a una quinceañera si quiere ir al cine con él: como si creyera que sería bueno dejar de ir unos días a trabajar pero no se atreviera del todo a decírmelo. Ha sido en plan “bueno, si quieres, la verdad es que te convendría descansar unos días”. Le costaba tanto soltar esas palabras que parecía que me estuviera proponiendo que pasase esos días en su casa y no en la mía. Yo, que las cojo al vuelo, le he dicho que no, que no quiero ninguna baja, y para dar énfasis a mi respuesta he añadido un por favor, como si hubiera olvidado que no es necesario suplicar a un galeno para que te deje ir al curro.

Ella -mi médico- argumenta que peso menos de 64 kilos. Yo ironizo sobre la posibilidad de boxear en la categoría de superligeros. Ella dice que no se trata de ninguna broma si mido 1’85. Yo pienso que mejor, que ningún púgil menudo llegará a darme en el mentón, pero no lo digo: he comprendido que con mi primera respuesta he superado el límite de tonterías que un médico de la sanidad pública puede tolerar por consulta. Se pone seria. Yo también, que para eso soy el enfermo. Me dice que de acuerdo y me receta pastillas. Señala que empezaremos con hipnóticos y que luego ya veremos. Pienso en el hipnosapo, pero tampoco lo menciono, aunque aprieto los dientes para que no se fugue una risilla estúpida. En cambio sí digo “hipnóticos, qué bien”. Me mira y me dice “vale, tómate media pastilla”.

 

¿Conduces maquinaria pesada? No. Mejor. Claro que mejor, pienso; aunque no tomara pastillas hipnóticas sería un auténtico peligro a los mandos de una macroexcavadora si ésta no llevara sensores de proximidad, climatizador bizona, dirección asistida o conexión USB para el Ipod. Empieza con media, ¿eh? Y luego me consultas. Sí. En un mes pides cita y me cuentas. Que sí, joder. El joder también me guardo, que no me sobran y no quiero que me tome por gilipollas. Miro el reloj como si en la calle me esperara Natalie Portman y recojo mis bártulos mientras ella me mira con cara entre de aturdida y aliviada.

 

En el intercambio de frases de despedida me suelta que si no quiero bajas que coja vacaciones, ajena ella a mi azarosa vida laboral. Yo le digo que me lo pensaré y me ahorro contarle que no cobro mi sueldo desde octubre de 2011, que mi contrato se renueva mes a mes, que no sé en qué momento me iré al paro, que los que me rodean están igual o peor, que el sector en el que trabajo está en una recesión que ríete tú de la crisis de la construcción, que la posibilidad de encontrar un sueldo digno es de una entre un millón, que el banco se niega a mejorar las condiciones de mi hipoteca, que mi familia todo lo resuelve con un “manda curriculums”, que los políticos que me gobiernan quieren eliminar mi puesto de trabajo o dárselo a alguien de su confianza/familia (todavía no lo sé muy bien), que mi gata come sólo el pienso Royal Canin más caro del mercado, que he prescindido del ocio de forma radical y que ir a pasar mi jornada a la radio es para mí la combinación perfecta entre el analgésico y el estimulante. Me hubiera gustado decirle que mi máxima ilusión es irme de vacaciones, pero para descansar de mi vida, y que no sé cómo hacer eso sin recurrir a los psicotrópicos. Amago con pedirle una baja para descansar de mi vida unos días, pero me enfundo el comentario y me conformo con los hipnóticos.

A dos mil la pieza

Me fascinan las historias de tribus amazónicas que viven aisladas. Sobre todo las que hablan de clanes que son ajenos a la vida civilizada (porque se sabe que algunos núcleos tribales han podido mantener contactos ocasionales con personas de fuera de su entorno, sean éstas conservacionistas o madereros furtivos, pero otros son todavía vírgenes en esto de relacionarse con cualquiera que more más allá de los verdes límites de su territorio) y que reciben a flechazos a cualquier observador externo. Se han contabilizado poco menos de ochenta grupos aislados sólo en la selva brasileña y más que habrá en la frondosidad que el Amazonas ofrece en otros países sudamericanos. Algunos de estos clanes únicamente han mantenido contacto con humanos civilizados (permitidme poner en cuarentena este último calificativo) de forma visual y siempre de manera muy esporádica. En una arriesgada extrapolación, me gusta pensar que la vida de esa gente es lo más parecido que existe a lo que comúnmente entendemos como un mundo paralelo, sólo que no es necesaria ninguna enrevesada teoría o ecuación cuántica para acceder al él, basta con una avioneta y un teleobjetivo a prueba de dardos de madera.

 

¿Qué pensarán estos seres humanos de los extraños individuos más o menos blanquecinos, o más o menos morenos, que vivimos en las zonas deforestadas del planeta? Pues no lo sé, pero no creo que ellos mismos hayan tenido el suficiente interés para formarse una opinión detallada sobre unos intrusos ocasionales capaces de sobrevolar su territorio a bordo de ruidosos aparatos del demonio. Lo más seguro es que a cualquier indígena nuestra forma de vida (nuestros usos y costumbres, vaya) le importe -seamos sinceros y perdón por la expresión- una mierda. Una pinchada en un palo, en este caso (en una saeta, vaya). Estoy convencido de ello. Vamos, tan convencido como que me apostaría mi gata, Gorda (que así se llama el pobre animal), a que esos huidizos habitantes de las profundidades del humedal amazónico desconocen el aspecto de nuestras casas o de nuestros coches. Estoy seguro de que ni saben ni tienen interés en saber cómo vivimos, los trabajos que desempeñamos o cuánto ganamos por ellos. No conocen ni quieren conocer cuánto le debemos al banco de la hipoteca, ni qué es una hipoteca, ni qué pasa si no la pagas. Pongo la mano en el fuego si a esa gente le importa lo más mínimo la crisis, las subprime, la burbuja inmobiliaria o la reforma laboral. Que me caiga un rayo encima si a cualquier integrante de un núcleo tribal aislado le interesa casualmente el drama del paro en España y en Europa. Que me aspen si les afectan los contratos temporales, el despido libre o la rebaja de las pensiones. Que me zurzan si están preocupados por los desahucios o por cómo llegar a fin de mes con un sueldo mileurista para una familia de tres. Que un lapón me muerda los huevos (una gran forma de morir según en inimitable Frank Drebin) si estos entrañables pobladores del pulmón de la tierra no tienen el mismo conocimiento de la clase media-baja europea que el primer ministro italiano, Mario Monti.

 

O Monti ha salido de una de estas tribus o en este planeta viven igual de aislados del mundo que les rodea los que van en taparrabos y los que visten trajes de a dos mil euros la pieza. Por cierto que a mí tampoco me importa mucho su vida (la de Monti, entiéndase): si tiene plaza fija, si tiene  pensión vitalicia… Eso me da igual. Lo que me aterra es su absoluta falta de interés por la juventud del país que gobierna. No digo que no esté preocupado por el futuro de sus gobernados, sino que no está enterado de cuáles son sus problemas o sus preocupaciones y, en consecuencia, desconoce el modo de dirigirse a ellos sin ofenderles; sin meter el dedo en la llaga.

 

Es verdad, en Italia, como en muchos otros sitios -perdonad que no vaya a ser muy técnico- la cosa está muy jodida, pero un señor que no ha sido elegido democráticamente en unas elecciones y que gobierna de forma tecnócrata un país en bancarrota ha de medir sus palabras, adaptando el mensaje al receptor al que va destinado. Es verdad que ya ha tratado de explicar aquella sentencia de que “tener un puesto de trabajo fijo es una monotonía”, pero no es menos cierto que -en otro ejercicio de arriesgada extrapolación- sus palabras y el tono que utilizó para lanzarlas al mundo vienen ser como si un indígena te lanzara una flecha porque te han echado del trabajo. La única diferencia es que uno va en taparrabos y el otro en trajes de a dos mil la pieza.

En el nombre de la salvación

Siempre pensé que los principios básicos del mercado se habían impuesto en la estrategia electoral de todos los partidos políticos. Hasta ahora creía que los equipos de asesores y expertos en política veían a los ciudadanos que componen el electorado como potenciales consumidores, por lo que se esforzaban en presentar al candidato como un buen producto, usando recursos de comunicación más cercanos a la publicidad que a la propaganda, en un ritual que, cada cuatro años, daba un paso más para alejarse de la ideología y para acercarse al marketing. Durante años pensé que el mensaje había sido sustituido por lecciones de telegenia, de dicción radiofónica, de saber estar en público; que las ideas habían quedado apartadas por mensajes sugestivos que el consumidor debía interiorizar hasta el punto de considerarlos suyos; que el derecho al voto, en definitiva, se había tornado en urgencia por satisfacer una necesidad de consumo. Coger a un candidato y envolverlo en papel celofán o de estraza, con lazos; convertirlo en un producto, aceptable primero y deseable después. Esa era, según veía las cosas yo antes, la misión de los asesores de campaña. Asesores capaces de crear eslóganes dignos de un spot publicitario de compresas, de detergentes, o de coches de fabricación alemana; de comoponer discursos directos a la emoción y ajenos a la razón, en los que tan sólo se destacan el meme de turno y, por supuesto, el candidato producto, sin que se comprometa ni una sola propuesta de gobierno, no vaya a ser que luego no se pueda cumplir (aunque esto tampoco preocupa mucho a algunos, según hemos podido comprobar en nuestras propias carnes).

Pero estaba equivocado. La crisis me ha demostrado que la estrategia política que impera en el arranque de este siglo XXI tiende a considerar al votante como un feligrés al que hay que satisfacer o un infiel al que hay que convertir. El mercado ha dejado paso al mesianismo. La ideología sucumbió ante el producto y éste ante el dogma de fé. El candidato, antaño líder ideológico y después producto edulcorado, se ha convertido ahora en el amado líder de una secta. La idea es que el ciudadano ya no escoja entre mensajes ni entre productos, sino que directamente encuentre la salvación de la mano de su gurú, quien le procurará todo lo que necesite en el momento que lo requiera.

Es, me atrevo a decir, la estrategia definitiva. Porque el político que se somete a cumplir con un precepto ideológico se arriesga a no cumplir su programa, según las circunstancias a las que se someta su gobierno. El candidato producto corre el riesgo de desencantar a sus consumidores. O de quedar desfasado con la siguiente actualización 2.0 que le suceda. O de que la moda haga que el ciudadano cambie sus hábitos de consumo. Pero el líder mesiánico… Ah, el líder mesiánico es inasequible a la corrupción, sea ésta física o económica, a ojos de sus parroquianos. Un ciudadano necesitado de ánimo, abatido por las inclemencias de la crisis, una vez que deposita su confianza en un líder salvador no la retirará, aunque éste no le conceda todo lo prometido; aunque no le conceda nada; aunque se lo quite todo. Es la fe, que mueve montañas. Dios no te curará el cáncer pero tú morirás creyendo en él: ésta es la actitud. Un político de una de las comunidades más pequeñas de un país de segunda fila no te va a sacar de la crisis, pero tú morirás creyendo que sí. Y lo que le importa al líder es, precisamente, que te lleves a la tumba tu fe, porque es la forma más segura de que la puedan heredar tus hijos. Es sabido que la ideología se puede transmitir de generación en generación. También los gustos y hábitos de consumo los puede copiar uno de sus progenitores. Pero la fe es rara la ocasión en la que una persona no la hereda de sus padres.

Con la ayuda de la crisis, que ha generado miedo, hay políticos que han sido capaces de crear dogmas, mensajes infalibles que se sostienen no en su contenido sino en su continente; no en la información que aportan sino en el mensajero que los emite, siempre y cuando, claro, éste hable como un líder en el nombre de la salvación.