En el nombre de la salvación

Siempre pensé que los principios básicos del mercado se habían impuesto en la estrategia electoral de todos los partidos políticos. Hasta ahora creía que los equipos de asesores y expertos en política veían a los ciudadanos que componen el electorado como potenciales consumidores, por lo que se esforzaban en presentar al candidato como un buen producto, usando recursos de comunicación más cercanos a la publicidad que a la propaganda, en un ritual que, cada cuatro años, daba un paso más para alejarse de la ideología y para acercarse al marketing. Durante años pensé que el mensaje había sido sustituido por lecciones de telegenia, de dicción radiofónica, de saber estar en público; que las ideas habían quedado apartadas por mensajes sugestivos que el consumidor debía interiorizar hasta el punto de considerarlos suyos; que el derecho al voto, en definitiva, se había tornado en urgencia por satisfacer una necesidad de consumo. Coger a un candidato y envolverlo en papel celofán o de estraza, con lazos; convertirlo en un producto, aceptable primero y deseable después. Esa era, según veía las cosas yo antes, la misión de los asesores de campaña. Asesores capaces de crear eslóganes dignos de un spot publicitario de compresas, de detergentes, o de coches de fabricación alemana; de comoponer discursos directos a la emoción y ajenos a la razón, en los que tan sólo se destacan el meme de turno y, por supuesto, el candidato producto, sin que se comprometa ni una sola propuesta de gobierno, no vaya a ser que luego no se pueda cumplir (aunque esto tampoco preocupa mucho a algunos, según hemos podido comprobar en nuestras propias carnes).

Pero estaba equivocado. La crisis me ha demostrado que la estrategia política que impera en el arranque de este siglo XXI tiende a considerar al votante como un feligrés al que hay que satisfacer o un infiel al que hay que convertir. El mercado ha dejado paso al mesianismo. La ideología sucumbió ante el producto y éste ante el dogma de fé. El candidato, antaño líder ideológico y después producto edulcorado, se ha convertido ahora en el amado líder de una secta. La idea es que el ciudadano ya no escoja entre mensajes ni entre productos, sino que directamente encuentre la salvación de la mano de su gurú, quien le procurará todo lo que necesite en el momento que lo requiera.

Es, me atrevo a decir, la estrategia definitiva. Porque el político que se somete a cumplir con un precepto ideológico se arriesga a no cumplir su programa, según las circunstancias a las que se someta su gobierno. El candidato producto corre el riesgo de desencantar a sus consumidores. O de quedar desfasado con la siguiente actualización 2.0 que le suceda. O de que la moda haga que el ciudadano cambie sus hábitos de consumo. Pero el líder mesiánico… Ah, el líder mesiánico es inasequible a la corrupción, sea ésta física o económica, a ojos de sus parroquianos. Un ciudadano necesitado de ánimo, abatido por las inclemencias de la crisis, una vez que deposita su confianza en un líder salvador no la retirará, aunque éste no le conceda todo lo prometido; aunque no le conceda nada; aunque se lo quite todo. Es la fe, que mueve montañas. Dios no te curará el cáncer pero tú morirás creyendo en él: ésta es la actitud. Un político de una de las comunidades más pequeñas de un país de segunda fila no te va a sacar de la crisis, pero tú morirás creyendo que sí. Y lo que le importa al líder es, precisamente, que te lleves a la tumba tu fe, porque es la forma más segura de que la puedan heredar tus hijos. Es sabido que la ideología se puede transmitir de generación en generación. También los gustos y hábitos de consumo los puede copiar uno de sus progenitores. Pero la fe es rara la ocasión en la que una persona no la hereda de sus padres.

Con la ayuda de la crisis, que ha generado miedo, hay políticos que han sido capaces de crear dogmas, mensajes infalibles que se sostienen no en su contenido sino en su continente; no en la información que aportan sino en el mensajero que los emite, siempre y cuando, claro, éste hable como un líder en el nombre de la salvación.

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4 pensamientos en “En el nombre de la salvación

  1. Está bien que tengas tu blog y nos cuentes lo que piensas. No es lo mismo que sentarnos a una mesa y hablar de lo que nos es común pero se le acerca, sí. Respecto al tema que tratas en tu comentario mi teoría no va más allá de la vuelta de la esquina, quiero decir que sin entrar en mayores honduras no me creo que existan “líderes” políticos en los tiempos que corren, eso es cosa del siglo XX, cuando los mass media comenzaron su andadura hiperactiva. Otra cosa es que haya quien se crea que “tiene” un liderazgo por que así se lo dicen los correveydile de turno. Por otra parte, quienes venimos de un largo viaje en el que nadie reconocía ser político (los 39 años de franquismo) siempre solemos ponernos en guardia cuando se hace un totum revolutum situando a todos quienes se comprometen socialmente (¿qué sino es la política?) en un mismo escaparate. Hay de todo, sí, como entre los albañiles, los mineros, o los hosteleros, el caso es poder discernir, y no para entregar tu alma (ni mucho menos tu fe), sino para ser partícipe de objetivos comunes. Y esos objetivos existen, los conocemos, unas veces tienen forma de protesta social ante el ataque a un medio de comunicación público (ayer la RTPA, hoy TVE, mañana….), otras es el gesto de no quedarse en casa cuando llega la hora de votar por el simple hecho de no permitir que los canallas puedan hacer lo que quieran y encima escupir sobre nuestro silencio. Y así, una tras otra, sin parar. Y vuelvo al principio. Entre esos objetivos comunes, que no resuelven nada en apariencia, que solo sirven para mostrar dónde y cómo estamos, hay uno al que no deberíamos de renunciar: una mesa, algo de comida y bebida, y una conversación que pueda ir de la risa a la sonrisa, del cabreo al enfado, de Carla (se de la existencia de dos) a Ana (¡abundan tanto!). Y así todo, Jose. Salud.

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