A dos mil la pieza

Me fascinan las historias de tribus amazónicas que viven aisladas. Sobre todo las que hablan de clanes que son ajenos a la vida civilizada (porque se sabe que algunos núcleos tribales han podido mantener contactos ocasionales con personas de fuera de su entorno, sean éstas conservacionistas o madereros furtivos, pero otros son todavía vírgenes en esto de relacionarse con cualquiera que more más allá de los verdes límites de su territorio) y que reciben a flechazos a cualquier observador externo. Se han contabilizado poco menos de ochenta grupos aislados sólo en la selva brasileña y más que habrá en la frondosidad que el Amazonas ofrece en otros países sudamericanos. Algunos de estos clanes únicamente han mantenido contacto con humanos civilizados (permitidme poner en cuarentena este último calificativo) de forma visual y siempre de manera muy esporádica. En una arriesgada extrapolación, me gusta pensar que la vida de esa gente es lo más parecido que existe a lo que comúnmente entendemos como un mundo paralelo, sólo que no es necesaria ninguna enrevesada teoría o ecuación cuántica para acceder al él, basta con una avioneta y un teleobjetivo a prueba de dardos de madera.

 

¿Qué pensarán estos seres humanos de los extraños individuos más o menos blanquecinos, o más o menos morenos, que vivimos en las zonas deforestadas del planeta? Pues no lo sé, pero no creo que ellos mismos hayan tenido el suficiente interés para formarse una opinión detallada sobre unos intrusos ocasionales capaces de sobrevolar su territorio a bordo de ruidosos aparatos del demonio. Lo más seguro es que a cualquier indígena nuestra forma de vida (nuestros usos y costumbres, vaya) le importe -seamos sinceros y perdón por la expresión- una mierda. Una pinchada en un palo, en este caso (en una saeta, vaya). Estoy convencido de ello. Vamos, tan convencido como que me apostaría mi gata, Gorda (que así se llama el pobre animal), a que esos huidizos habitantes de las profundidades del humedal amazónico desconocen el aspecto de nuestras casas o de nuestros coches. Estoy seguro de que ni saben ni tienen interés en saber cómo vivimos, los trabajos que desempeñamos o cuánto ganamos por ellos. No conocen ni quieren conocer cuánto le debemos al banco de la hipoteca, ni qué es una hipoteca, ni qué pasa si no la pagas. Pongo la mano en el fuego si a esa gente le importa lo más mínimo la crisis, las subprime, la burbuja inmobiliaria o la reforma laboral. Que me caiga un rayo encima si a cualquier integrante de un núcleo tribal aislado le interesa casualmente el drama del paro en España y en Europa. Que me aspen si les afectan los contratos temporales, el despido libre o la rebaja de las pensiones. Que me zurzan si están preocupados por los desahucios o por cómo llegar a fin de mes con un sueldo mileurista para una familia de tres. Que un lapón me muerda los huevos (una gran forma de morir según en inimitable Frank Drebin) si estos entrañables pobladores del pulmón de la tierra no tienen el mismo conocimiento de la clase media-baja europea que el primer ministro italiano, Mario Monti.

 

O Monti ha salido de una de estas tribus o en este planeta viven igual de aislados del mundo que les rodea los que van en taparrabos y los que visten trajes de a dos mil euros la pieza. Por cierto que a mí tampoco me importa mucho su vida (la de Monti, entiéndase): si tiene plaza fija, si tiene  pensión vitalicia… Eso me da igual. Lo que me aterra es su absoluta falta de interés por la juventud del país que gobierna. No digo que no esté preocupado por el futuro de sus gobernados, sino que no está enterado de cuáles son sus problemas o sus preocupaciones y, en consecuencia, desconoce el modo de dirigirse a ellos sin ofenderles; sin meter el dedo en la llaga.

 

Es verdad, en Italia, como en muchos otros sitios -perdonad que no vaya a ser muy técnico- la cosa está muy jodida, pero un señor que no ha sido elegido democráticamente en unas elecciones y que gobierna de forma tecnócrata un país en bancarrota ha de medir sus palabras, adaptando el mensaje al receptor al que va destinado. Es verdad que ya ha tratado de explicar aquella sentencia de que “tener un puesto de trabajo fijo es una monotonía”, pero no es menos cierto que -en otro ejercicio de arriesgada extrapolación- sus palabras y el tono que utilizó para lanzarlas al mundo vienen ser como si un indígena te lanzara una flecha porque te han echado del trabajo. La única diferencia es que uno va en taparrabos y el otro en trajes de a dos mil la pieza.

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