Tenemos que hablar

No es por ti, es por mí. Quien ideó semejante estupidez para hacer más llevadero el mal trago de dejar a una pareja desconocía que millones de adolescentes y unos cuantos miles de adultos iban a utilizar esa retorcida frase como un eufemismo, como una cortina de sentimientos para evitar decir una verdad mucho más cruda e hiriente. Porque si algo bueno tiene esa muletilla es que se adapta a las circunstancias de cada relación para justificar cualquier ruptura. Cualquiera. Desde el que deja a su novia porque se ha liado con la vecina, hasta la que deja a su prometido porque no la satisface en la cama como el desbocado jabato que ella ansía. Con la expresión “no es por ti, es por mí” nos ahorraremos dar comprometidas explicaciones sobre lo pequeña que la tiene el abandonado o lo fea que es la despechada en comparación con las demás doncellas del ancho y florido jardín que rodea nuestros dominios.

 

En realidad el abandonado/a no se cree en ningún caso la patraña, que suele venir adornada con simpáticas fabulaciones del tipo “es que no sé muy bien lo que quiero” o “la relación me agobia” o la siempre hilarante “es lo mejor para ti, no quiero hacerte daño”; incluso alguna vez, cuando el despechado/a se pone muy insistente y/o llorón/a, el comprometido/a sujeto activo de la ruptura podría llegar a poner en cuestión su propia estabilidad emocional, como dando a entender que sufre problemas mentales en plan “la verdad, es que no me encuentro bien últimamente”; cualquier cosa antes de decir que te dejan porque te estás poniendo morsa, vamos. Pero no, lo normal es que nadie se crea esta versión, aunque todo el mundo la asuma como válida. Porque, en realidad, ninguno queremos escuchar por boca de nuestro ser amado que existe otra que es mejor en la cama, que nuestro pene da mucha risa, que somos feos como pegar a un padre con un calcetín sudao o que somos gordas como manatíes. Preferimos llorar pensando que en realidad no es por nosotros, que es por él/ella, que no sabe muy bien lo que quiere, que está un poco agobiado/a, pero que no quiere hacernos daño.

 

Esto es, salvando las distancias, lo que ha pasado con el Gobierno, ahora que nos ha abandonado a los trabajadores para irse con los empresarios de la mano a solazarse en los rincones más oscuros de los mercados. Sí, nos dejan tirados. Sin indemnización por despido, con los sueldos por los suelos, incapaces de cotizar para ganarnos una pensión miserable, pero no, no es por nosotros. “En realidad la culpa es de los especuladores, que nos están agobiando”, nos dicen. “Y de los socialistas, que inventaron el paro. Y de que no sabemos muy bien lo que queremos”. Nos dejan abandonados frente a la reforma laboral pero nos dicen que es lo mejor para nosotros, que no es para hacernos daño… Y que nos irá bien, aseguran. Que ya veremos como las cosas se arreglan para nosotros en un tiempo indeterminado, siempre indeterminado.

 

Los despechados, entre sollozos, recordamos los mimos que nos procuraban cuando nos cortejaban con dulces palabras sobre pleno empleo que antaño sabían a miel (más que eso: a licor de miel); cuando nos excitaban con fogosas promesas de acabar con la crisis a base de sugerente y viril/femenino liderazgo. Durante un segundo que parece infinito perdemos el aire pensando que sólo nos decían esas hermosas palabras para poder meternos mano. Es un segundo, sólo uno. Pero parece que dura una vida. Recuperamos la compostura. Retomamos el control. Ganamos algo de dignidad y sólo acertamos a volver a preguntar por qué, a pesar de que la verdadera respuesta no la queremos oír.

 

Todos tenemos en mente una versión de por qué está pasando lo que está pasando con la clase trabajadora, pero la mayoría nos atrevemos a contraponerla a la oficial. Casi no nos atrevemos a compartirla con los demás porque, en el fondo, cualquiera de esas versiones que cualquiera de nosotros tenemos sobre por qué hay 6 millones de parados, por qué es más fácil y barato el despido o por qué están bajando los sueldos, incluye la consideración de que, en realidad, sí es por nuestra culpa. Es porque lo permitimos. Somos la @masaadormecida.

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Un pensamiento en “Tenemos que hablar

  1. A veces, sólo a veces es sano dormir.
    A algunos les gustaría ser tan cómodos como la bella durmiente y esperar a que alguien haga el trabajo sucio de despertarnos para ofrecernos una vida plena y mejor…
    O, creo que es peor, muchos duermen despiertos, esperan apoltronados en sus sillones viendo la vida pasar…
    Pero desde luego…esto es muy difícil…Dormido o despierto. No se presenta amable, más bien todo lo contrario…
    Sobrevivir es la misiva.
    Un bsin

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