La mejora e innovación del trabajo retribuido del hombre aplicado a la producción de riqueza

A la explosión y auge, en la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, de un capitalismo que ya estaba maduro lo llamaron Revolución Industrial y no se pusieron ni coloraos. El eufemismo encierra connotaciones románticas, derivadas de la acepción menos violenta de la palabra revolución. También se deduce progreso en el significado implícito del concepto industrial. Así empezó todo, con una acción de cambio profundo en el progreso. Como la historia la escriben los que ganan -ya se ha dicho e este blog-, el recorrido por los distintos episodios trascendentales de los último siglos está plagado de eufemismos que endulzan con alevosía algunos de los titulares más siniestros de la crónica del mundo. Por ejemplo, según nos contaban en el instituto, la Revolución Industrial no habría sido posible sin las complementarias revoluciones agrícola y demográfica, dos capítulos que, como pasa como el huevo y la gallina, nadie acierta a ordenar cronológicamente de forma tajante.

Sucede que, de aquella, aunque ya se podía hablar de empresas multinacionales, dedicadas al comercio (importación y exportación de productos y personas, mayormente), no se había puesto de moda el concepto de deslocalización, o al menos no era un término tan temido y odiado como lo es hoy en día (seguramente porque en aquellos tiempos no existía Arcelor Mittal). Podemos resumir, entonces, que la floreciente industria se nutrió de trabajadores llegados del campo, que habían perdido su trabajo gracias a la mecanización de las labores agrícolas. El progresivo aumento de la población también contribuyó a alimentar el motor de la maquinaria industrial. Incluso los niños, personitas de manos pequeñas y ágiles y bolsillos escuetos, encontraron un hueco en la acción de cambio profundo en el progreso. Ésta se encargo después de hacer innecesarios a muchos artesanos que se habían especializado en su oficio después de décadas de dedicación exclusiva a su profesión.

Las condiciones laborales de aquella gente eran tan lamentables que hace dos años nos hubiéramos llevado las manos a la cabeza con sólo conocerlas. Hace dos años quizás nos hubiéramos alarmado, pero puede que hoy no. Hoy, otro eufemismo ha vuelto a devolvernos de un bofetón las miserias del progreso. Algún día alguien escribirá que a la sumisión del Estado ante las grandes empresas lo llamaron Reforma laboral y no se pusieron ni coloraos. El concepto se nutre del significado positivo del término reforma, que no implica violencia alguna, si excusamos las referencias religiosas derivadas del movimiento que en el siglo XVI motivó la formación de las Iglesias protestantes. Además, el eufemismo hace referencia directa al trabajo, un término que no tiene connotaciones peyorativas, a no ser que éste sea obligatorio y no retribuido. Quien venga a escribir la historia, y no seré yo, hará ver a los estudiantes de bachillerato, de la ESO, o lo que impere en los tiempos venideros, que a principios del siglo XXI se puso en marcha una Reforma laboral para salir de la crisis. O lo que es lo mismo, una mejora e innovación del trabajo retribuido del hombre aplicado a la producción de riqueza. Lo que no sabemos a estas alturas es si les van a explicar que al final sirvió para mejorar el país o si fue el punto de inflexión para acabar de hundirlo.

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