Érase una vez

¿Puede el hombre descender de alguna especie de renacuajo? No lo sé, pero es algo que nos enseñó desde muy pequeños, a toda una generación, la careta de entrada de la serie Érase una vez el hombre, la única opción televisiva y literaria que instruía nuestras maleables mentes y nos enseñaba que la vida está llena de enemigos, pero que no pasa nada si eres amigo de un tío grande y fuerte. Y es que la relación entre Pedro y el Gordo se reducía eso. Por si acaso los guionistas se encargaron de meter a una mujer por el medio, para borrar cualquier atisbo de duda sobre la heterosexualidad de los dos protagonistas, algo que en aquella época no hubiera estado bien visto.

Hoy en día, mirando a determinados periodistas, muchos empresarios y a una gran cantidad de políticos, estoy convencido de que, en efecto, la mayoría de ellos descienden directamente de los anfibios, sin pasar por el mono. España está plagada de ejemplos. Pero no nos desviemos; vayamos al grano. Este país está particularmente poblado por canijos y tiñosos, los personajes tan denostados por la famosa serie de dibujos animados. Estos perversos antagonistas, siempre estuvieron social, profesional y económicamente mejor posicionados que Pedro y el Gordo. Y ha sido así desde el capítulo uno. De hecho, las aventuras y desventuras de los simpáticos protagonistas se basaban, precisamente, en superar las perrerías que los dos cejudos villanos iban ideando en cada una de las etapas de la historia y que ponían en práctica merced a su status superior.

Esa posición dominante de los dos antagonistas, que se mantiene a lo largo de toda la serie (o durante 13 libros), nos enseñó en su momento que no prospera siempre el más fuerte, sino el más perverso y, junto a él, como una rémora, sale a flote un canijo, un correveidile, un personaje que vive para y, sobre todo, por el malvado, amado y temido líder. Lo que no nos enseñó Érase una vez el hombre es que, en la vida real, el Tiñoso, el Canijo y El Gordo están del mismo lado, mientras que el resto, los Pedros, no tenemos ni al viejo jipi llamado Maestro para que nos consuele. Y lo peor es que no podemos echarle la culpa más que a los guionistas, porque hicieron que todos (o la mayoría) quisiéramos ser Pedros, ya que era el único que tenía novia. La conclusión es que el planeta se consume de la misma forma que se originó: triste y oscuro.

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