No es mi problema

¿Soy yo o ya hemos asumido en un 98% que vamos a bailar con la espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas el resto de nuestras vidas? “Eres tú”, me digo yo a mí mismo antes de argumentar que la ciudadanía para nada está adormecida, en ningún caso está acomodada y de ninguna manera tiene miedo. ¿Por qué iba a tener miedo nadie? No me respondo. Me doy una callada por respuesta mientras, con sigilo, con movimientos suaves y precisos, apago la televisión, la luz del salón y me quedo en la penumbra sentado en el sofá, con la mirada fija en la pared. Pasan cinco minutos y mantengo la postura cercana al ángulo recto. He comenzado a respirar muy despacio, como si el aire fuera de copago, y he cerrado los ojos. El ritmo cardiaco disminuye. Se atenúa. Podría pasar por muerto. Noto los latidos de mi corazón, lentos y difusos, en todas las partes de mi cuerpo. Me concentro. Abro los ojos sin quitar el sello a mis párpados. Y veo el mundo tal y como es, pero sólo durante un segundo. Después la imagen se desvanece y en mi memoria sólo quedan retazos de lo que fue. Podrían haber pasado otros cinco minutos, pero no me atrevo a mirar el reloj. No me atrevo a dar señales de vida. A lo mejor así paso desapercibido. A lo mejor a mí no me toca. A lo mejor así yo me libro. A lo mejor no es mi problema.

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