El escorpión y la rana

Había una vez una rana sentada en la orilla de un río, llorando desconsoladamente porque había perdido en un año la mitad de los apoyos que tenía en el bosque y tenía miedo de que su popularidad decayese a límites insospechados porque los partidarios del escorpión no hacían más que meterse con ella. Un día soleado en el que la frondosidad parecía más verde que gris, mientras la ranita ayudaba a las cigarras a conseguir que las hormigas trabajaran más durante más tiempo y a cambio de menos granos de recompensa, el escorpión salió de su madriguera mostrando una sonrisa que le llegaba de pinza a pinza. Él también quería que las hormigas trabajaran más para las cigarras, así que se sentó a observar cómo éstas explicaban a todo el hormiguero que habían estado cavando por encima de sus posibilidades (igual que los enanos de Moria, que habían despertado al Balrog). Absorto en sus pensamientos, al alacrán le dio la hora de comer. Bien es sabido que los escorpiones, como el resto de los seres que pueblan el bosque, si no comen se mueren, así que se desperezó y se dirigió hacia el único punto donde podía encontrar alimento: al otro lado del río Legislatura. A pesar de que en aquellos momentos el caudal era menor de lo habitual, el escorpión era incapaz de cruzar al otro lado solo. Por eso, y a pesar de que se había pasado un año entero mofándose de la rana y tratando de desprestigiarla, se dirigió al batracio y le pidió con desconocida amabilidad que le llevara a cuestas atravesando el cauce.

— ¿Que te lleve a mi espalda? -contestó la rana-. ¡Ni pensarlo! ¡Te conozco! Si te llevo sacarás tu aguijón, me picarás y me matarás. Lo siento, pero no puede ser.
— No seas tonta -le respondió entonces el escorpión-. ¿No ves que si te pincho nos hundiremos ambos en el agua? Yo no sé nadar, así que también me ahogaré.

La rana, después de pensárselo mucho se dijo a sí misma que era verdad, que si el escorpión le picaba en la mitad del río Legislatura se ahogarían los dos. “No creo que sea tan tonto como para hacerlo”, se dijo a sí misma. Recelosa pero confiando en el razonamiento al que ella sola había llegado, la rana se dirigió al escorpión y le dijo:

Lo que le dijo no lo sabemos todavía, pero sólo hay dos posibilidades: Una es que la rana se niegue a ayudar al escorpión y éste muera de inanición sin alcanzar la orilla del río Legislatura. La otra es que el anfibio ceda a los ruegos del alacrán y ambos crucen las bravas aguas. En este caso se abren otras dos posibilidades: Una es que el escorpión responda a su propia naturaleza y aguijoneé a la rana en el medio del río y que mueran ambos. La otra es que los dos logren cruzar y que una vez al otro lado el escorpión le dé el picotazo mortal a la rana y se quede con todos sus seguidores. Hay una tercera opción en la que nadie muere pero que también implica traición: el escorpión, después de cruzar, se quita la coraza para demostrar que siempre había sido un renacuajo con armadura. Lo que está claro es que si el escorpión no consigue el apoyo de la rana, de nada le servirá la ayuda de la pequeña salamandra rosa.

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