Ajuste de cuentas

Que los líderes de los países que forman parte del engendro europeo al que nos empeñamos en denominar Unión sean incapaces de ponerse de acuerdo sobre las medidas adecuadas para acabar con una crisis internacional que está mermando la salud financiera, mental y física de sus conciudadanos nos indica, de forma clara y rotunda: A) que los gobernantes se han olvidado de que también son ciudadanos, que no son una casta especial, sino elegidos entre iguales para dirigir la suerte de la comunidad, y B) que el asunto ese de la globalización existe tan sólo para los mercados, las grandes empresas y poco más. Es verdad que han comenzado a unificar criterios sobre cómo abordar el problema financiero europeo, lo que ha derivado en que la situación sea cada vez más dramática porque los amos del viejo continente, personificados en forma de adalides conservadores, han puesto el punto de mira en la eliminación del déficit, como si la solución a los problemas de una unidad familiar pudiera ser aplicable a la economía continental y aquí paz y después gloria. Es verdad, no hay familia, por numerosa que ésta sea, que sobreviva viviendo sin superávit. Esa fue la máxima del programa televisivo de la cadena Cuatro Ajuste de cuentas, que se emitía hace unos años (justo cuando empezaba la crisis), antes de que el canal comenzase a programar con la mentalidad de Tele Cuatro+1, y que estaba presentado por Vicens Castellano. El espacio repasaba en menos de una hora los avatares financieros de una familia. Cada episodio correspondía a un caso diferente, pero todos tenían en común un mismo patrón: merma de ingresos por culpa del paro o por cualquier otro motivo, como por un desorbitado incremento de las cuotas de la hipoteca, por ejemplo; mantenimiento o aumento de los gastos y riesgo de perder la vivienda. Colateralmente se abordaba cuestiones más concretas, como las relaciones entre los propios miembros de la familia o la percepción de la vida que tenía cada individuo, muchos de los cuales daban más valor a la conservación de su nivel de consumo que a garantizarse el pan en el futuro. Antes de que el programa cambiara de manos y tomase la deriva de un reality, abordaba de forma llana y asequible las directrices básicas de una economía doméstica saneada, dando consejos basados en el sentido común a aquellos que tenían los números cada vez más rojos. No había episodio en el que Vicens Castellano no sacara una pizarra ante los protagonistas de turno para hacer la suma de sus ingresos (que era fácil de hacer porque correspondía únicamente a los salarios) y la de sus gastos (más complicada porque incluía gastos corrientes, como la luz o el gas, junto con otros accesorios como el tabaco, las chucherías y demás estupideces en las que los humanos nos gastamos el jornal). De la comparación entre ambas sumas salía siempre un número negativo, es decir, déficit. La solución a cada problema planteado era casi siempre la misma: reducción de gastos superfluos y aumento de los ingresos para equilibrar la balanza. Una vez conseguido ese reto, la televisiva familia habría superado su particular crisis. Por muy diferentes que fueran las circunstancias particulares de cada uno, el modelo a aplicar era siempre el mismo: equilibrio presupuestario. Con ver la primera temporada ya quedaba claro que el déficit cero es la solución más aconsejable para solventar los problemas económicos de una unidad familiar. Cualquier pequeña comunidad consanguínea, compuesta habitualmente por entre 3 y 5 individuos, tiene la ventaja de poder ajustar su presupuesto con el mero hecho de cambiar de marca de papel higiénico, soportando estoicamente arideces en el trasero, que son los daños colaterales de aplicar en exclusiva medidas restrictivas para sanear sus cuentas. Y esa es, precisamente, la desventaja de la familia, que no puede usar otros mecanismos más que los ajustes para afrontar las vicisitudes de una coyuntura económica negativa: sus únicas armas son las restrictivas, jamás podrán tomar medidas activas. Por decirlo de otra forma, no pueden ponerse a asfaltar la entrada de la casa para dar empleo a sus hijos como peones de obra, por poner un ejemplo. No pueden tampoco incentivar que una empresa se ubique en su jardín para regenerar la actividad económica familiar, por poner otro. Es decir, ajustar el déficit es su única opción. Es el único método válido, en definitiva, para economías simples. Pero las complejas requieren de otro tipo de estímulos activos complementarios con la contención del gasto. De la misma forma que el déficit cero es necesario para una economía familiar que no puede financiarse en el mercado de deuda, el ajuste presupuestario no debería ser la única opción para economías estatales o comunitarias capaces de generar riqueza con fórmulas activas que no tendrían por qué ser incompatibles con el ahorro. Vamos, que no es necesario desmontar el Estado de Bienestar a no ser que ése sea el fin último de los representantes de los ciudadanos, que, por otra parte, es lo que parece. Y concreto: da la sensación de que quienes han olvidado que son ciudadanos, elegidos por sus iguales para dirigir los designios de la comunidad, están desmantelando los derechos que tenía la mayoría para beneficiar a una minoría que, desde luego, también ha olvidado que no es más que un grupo de ciudadanos, eso sí, con mucho más dinero.

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4 pensamientos en “Ajuste de cuentas

  1. Mucho me acuerdo de este programa, porque parecía bastante sencillo hacer entender a los ¿protagonistas? que no sólo tenían que recortar gastos, si no incrementar los ingresos. Vete tú a decírselo a De Guindos & cía

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