Chamanes

Es bueno ser rey, decía Mel Brooks en una de sus más célebres sátiras, caracterizado como un monarca mujeriego (dichosos estereotipos) que consigue todo/as lo/las que quiere por el mero hecho de llamarse Luis XVI. Es bueno ser rey, sí, pero mejor aún es ser chamán. Porque los reyes, al fin y al cabo, corren el riesgo de ser apeados de sus tronos por sus furibundos vasallos cuando a éstos -muy de vez en cuando, eso sí- se les hinchan las pelotas y se hartan de su mandato, que suele ser, en ocasiones -en muchas, eso también-, digno de olvidar. Sin embargo, los chamanes siempre han sido respetados, incluso venerados por la muchedumbre ignorante de la que servidor forma parte. Vayamos a los ejemplos prácticos: sí, es cierto que un rey podía (antaño, me refiero, vive dios que hoy no lo hacen) dar rienda suelta a su promiscuidad por el mero hecho de tener sangre azul, pero los chamanes podían disponer de seis doncellas vírgenes cada vez que había una mala cosecha.

Desde el principio de los tiempos la mayor parte de los hombres han sido incapaces de asimilar la generalidad de las desgracias que acontecían en el devenir de su existencia: que hay una plaga de ratas, le preguntamos al chamán qué hacer; que no se da la coliflor en mis tierras, el chamán sabrá cómo solucionarlo; que una de mis tres esposas me ha dado un hijo negro, el chamán negro me explicará la causa. La solución a todos estos inconvenientes dependía del chamán, pero lo normal era, como decía antes, que éste pidiera cinco o seis doncellas vírgenes al pueblo para apaciguar a los dioses, a esos entes que gobiernan con capricho nuestras vidas. Que tienes una plaga de ratas, dame seis jovencitas; que no se te da la coliflor en tus tierras, sacrifícame cinco terneras; que una de tus tres mujeres te ha dado un hijo negro como yo, entrégamelo para que lo eduque como chamán. Cierto es que había chamanes y chamanes. Por ejemplo, se dice que en algunas civilizaciones precolombinas los chamanes preferían que las ofrendas fueras en forma de sacrificios humanos y hay quien dice que en algunas tribus amazónicas y ciertas africanas los chamanes querían sacrificios humanos pero cocinaditos, para poder comérselos. Sea como sea la conclusión es que los chamanes lograban todo lo que querían gracias a que sus conciudadanos se veían impotentes ante los inclementes avatares de origen desconocido que sacudían sus vidas. Cada vez que había una desgracia los chamanes satisfacían sus necesidades carnales y alimenticias de una tacada. No es descabellado pensar, por tanto, que alguno (no digo todos, pero alguno malintencionado sí habría) deseara que ocurrieran catástrofes y los menos, incluso, las provocaran. Además, daba igual que las ofrendas no surtieran efecto porque en ese caso la culpa era de los sacrificios. Que las ratas no se han ido, alguna de las doncellas no era virgen, tráeme más; que la coliflor sigue sin darse, la carne era de mala calidad, sacrifica más vacas; que otra de tus mujeres a vuelto a tener un hijo negro, entrégame a tu hijo y a tus mujeres. Y así hasta el infinito en bucle.

Así que sí, es bueno ser rey pero mejor es ser chamán y valga como ejemplo que la monarquía ha desaparecido de las principales potencias económicas del mundo, a excepción de el Reino Unido y Japón, mientras que los chamanes han prosperado en todos los países, en todas las culturas, en todas las civilizaciones y en todas las tascas del mapamundi. Lo que pasa es que muchos de ellos prefieren llamarse Ministros, pero a todo tenemos que hacerles sacrificios. Que no me da crédito el banco (porque está hasta las trancas de activos tóxicos, pero eso yo no lo sé), le pregunto al chamán; que me quedo en el paro, a ver qué dice el chamán; que mi mujer me la pega con otro, consultemos al chamán. Nada ha cambiado en miles de años, somos igual de crédulos. Ante estos avatares el chamán nos dirá: que no tienes crédito para tu empresa, entrégame la sanidad gratuita; que sigues en el paro, dame la educación libre y sin costes; que tu mujer te la pega con otro, pues te jodes y no te divorcies, que eso no le gusta nada a dios.

Hay muchos ejemplos de monarquías derribadas a golpe de plebeyo, pero pocos de chamanes expulsados por la ciudadanía estrangulada. Hay pocos pero alguno hay. Leamos todos El Adivino de René Goscinny y Albert Uderzo, dos autores clarividentes que explican en esta singular y profética obra cómo acabar con los chamanes.

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