Veo la paja en tu ojo

Podemos pensar que nuestros políticos han olvidado que gobiernan por y para los ciudadanos bajo el esquema de un sistema democrático y que, por culpa de ello, están aniquilando nuestros derechos fundamentales adquiridos con mucho sufrimiento, o podemos pensar que los ciudadanos hemos olvidado que en democracia el poder político reside en nosotros, los votantes, y que no estamos haciendo nada para defender nuestros derechos. Podemos pensar que tenemos gobernantes que nos mienten impunemente en cuestiones fundamentales y que lo hacen para después tomar decisiones perjudiciales para los ciudadanos (como negar que se van a subir los impuestos y luego hacerlo, negar que se vaya a abaratar el despido y hacerlo también, jurar que se va a acabar con el paro y que éste suba, prometer que no habrá rescate y que lo haya al poco tiempo…), o podemos pensar que estamos tolerando que el poder ejecutivo (ojo, que últimamente también el judicial) nos intente engañar descaradamente, mientras contemplamos cómo nuestro modo de vida se desvanece para desgracia, sobre todo, de nuestros hijos. Podemos echarles la culpa a ellos, pero no estaremos viendo una enorme viga en nuestro ojo

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Atascados

Puse las luces de emergencia y frené con desgana cuando vi el enorme atasco que se había formado en la autopista Y. Me cagué en todo y bajé el volumen de la música, que se hacía insoportable en proporción inversa a la velocidad del coche. Dos kilómetros antes canturreba Bastards of young y conducía plácidamente, sin prisa, por una autopista en la que parecía estar solo. Dos minutos después de parar, mi coche era un azulejo rojo en un colorido mosaico informe y odioso, apéndice de la ciudad gris. Súbitamente me entró mucha prisa. Una prisa repentina y desesperada por llegar a mi casa para poder perder allí mi escaso tiempo. Bajé el volumen un poco más y me recosté en el asiento. Nunca había sido más incómodo. El colage espontáneo de la estulticia humana se movió y avancé seis metros. Me cagué en todo otra vez y me volví a recostar. Delante de mi coche había un inmenso todoterreno verde, en cuya luna trasera lucía una pegatina en forma de señal de peligro que indicaba que en el ostentoso vehículo viajaba un bebé. Me lo imaginé pelón y llorica, un tirano de un metro escaso vestido de Tommy Hilfiger, entregado a la noble tarea de desesperar a su madre. Un cabrón. Un futuro grandísimo hijo de puta en definitiva. Seguro que era un ser perfectamente abandonable que habría tenido agarrada por los huevos a su madre si ésta portara testículos en una bolsa escrotal, una posibilidad que tampoco era descartable. Puede que estadísticamente improbable, sí, pero no descartable. Un claxon me recordó que podía avanzar otros tres metros. Obedecí la orden del capullo que tenía detrás, le agradecí la advertencia con un corte de manga y miré por el retrovisor para comprobar si la satisfacción de su urgencia le provocaba algún tipo de placer. Nada, no encontré ningún amago de orgasmo, ni un atisbo de placer. A mi derecha un hombre de unos 50 años se lamentaba al volante de un viejo Mondeo de color azul oscuro. Vestía camisa blanca con rayas y corbata. Todo ello tan arrugado como su cara y, supuse, en la misma medida que su alma. Debía ser un comercial. Es posible que fuera un vendedor de repuestos para fotocopiadoras, por ejemplo. Uno del montón, de los que ni por edad ni por ambición llegaría a progresar en su carrera. No sé a qué se dedicaría, también podría ser un periodista amargado y vapuleado por su propia profesión, pero sí sé que era un hombre solo. Puede que con familia, mujer y dos niños, pero solo en cualquier caso. Y cobarde. Era un hombre incapaz de cambiar su vida, resignado a cumplir con la rutina de una existencia anodina como un esclavo dócil. No sé su nombre, pero sí sé que vivía en un tocadiscos, caminando por el plato incapaz de avanzar, dejando una leve huella que limpiaría después la gamuza del tiempo. Un individuo que no sabía que, si se paraba, se golpearía con el brazo que soporta la aguja. Vivía sobre un vinilo y el disco de su vida se había atascado en la canción número dos de la cara B. Era un hombre que no amaba a su mujer. Que casi no la reconocía por las noches cuando cenaban juntos, sin cruzar palabra, con la mirada fija en la televisión. Seguramente no había abrazado a sus hijos en quince años, ni a su esposa en dieciséis. Seguro que evitaba pensar. Seguro que había olvidado que un día tuvo vida. Lo sé porque durante un segundo me conecté empáticamente a él y sentí sus emociones. Le vi sentado, con la mirada perdida, rumiando su miserable día de trabajo. Y noté el frío de su casa, tan muda como sorda. Era un desgraciado pero no se había dado cuenta.

Algo malo debía estar pasando. Supuse que una mujer estaba a punto de ser violada; que una niña de tres años rubia y con coletas iba a ser devorada por un pitbull; que un banquero que estrenaba BMW estaba a punto de ser atracado. Algo jodidamente perverso se tenía que estar cocinando para que el capullo que tenía detrás tuviera tanta prisa. La lozana cara de desesperación que lucía hacía cinco minutos, y que yo lograba apreciar a través del retrovisor, se había desfigurado en una mueca de odio hacia el mundo. Ese individuo estaba realmente exasperado, necesitado de salir del atasco a cuya formación él mismo había contribuido junto con, todo hay que decirlo, una pila de neumáticos ardiendo con sello y firma de carbón. Avancé tres metros, su claxon dejó de sonar y yo cambié de sintonía. Escuché I’m so thankful dos veces seguidas. A mi derecha el comercial del Mondeo se había quitado la insulsa corbata azul con puntos blancos y fumaba. Tenía la expresión de un hombre que contempla un mal cuadro, incapaz de comprender las explicaciones del ansioso pintor. En resumen, que tenía cara de lerdo. Creo que fue el verle fumando en el coche lo que me animó a pensar en él de forma más despectiva y a incorporar insultos en mi riguroso análisis. Yo odio el olor del tabaco en un automóvil. Detesto entrar en un vehículo, sea el que sea, en cuya tapicería permanecen, disimuladas pero no vencidas, las asquerosas e inmutables emanaciones de los cigarrillos. Me imaginé a mí mismo sentado junto a aquel ser sudoroso, anodino y fumador automovilístico. Observé mi propia angustia, respirando el aire corrupto, el aroma impregnado en la tapicería del asiento que habitualmente debía ocupar su mujer. Me vi pálido al volante de la vida de aquel individuo, asfixiado en cualquier atasco, escuchando la COPE o, como mucho, un disco de Julio Iglesias. Me va, me va, me va, me va, meeeee va. Me va la vida, me va la gente de aquí y de allá. Me va la fiesta, la madrugada, me va el cantar. Me va el color si es natural. ¿Me va el color si es natural? ¿A qué neurona desfallecida por la lucha contra el vodka se le pudo ocurrir semejante frase para completar una rima asonante? ¿En serio alguien puede cantar con emoción esa estrofa, sintiendo en lo profundo de su alma lo que el autor quiso expresar con tan exuberante expresión? No me imagino a los incondicionales fans de Julio Iglesias desgarrándose las carnes en un sincero arrebato de pasión mientras, en un concierto en directo, corean que “Me va el color si es natural”. Me estremecí pensando en mí mismo a bordo del Mondeo en compañía del comercial y del ex portero del Real Madrid y vomité.

En realidad la arcada la produjo un mareo provocado por un bajón de tensión. Cuando, hace 18 años, construyeron el que hoy es mi coche, no pensaron en que el aire acondicionado podría evitar que un caluroso día de junio las lentejas de una comida acabaran en el austero salpicadero del utilitario. Nadie reparó en eso. Nadie piensa en las lentejas en verano. Ahora me sentía yo el observado. Pero no me importaba. Quienes estaban a mi alrededor eran incapaces de ver lo que yo veía en los demás cuando, por un segundo, conectaba con ellos y me metía en su mente. Más que en su mente, en su alma. Durante un segundo podía saber qué sentían, escudriñar su vida. Esto no me proporcionaba un conocimiento absoluto de la existencia y los sentimientos del individuo, pero sí servía como una primera impresión, una aproximación a la personalidad del sujeto en cuestión. Cuando los demás me observaban, yo sabía que sólo podían ver una fachada opaca. Una cara, un gesto, ropa manchada por un almuerzo regurgitado. Nada más. Nada importante. Podían aventurar mi nivel económico por el valor de mi coche, por la calidad de mis gafas de sol. Podían intuir mis gustos musicales por el dibujo de mi camiseta, pero poco más. Nunca comprenderían ni se aproximarían a augurar que estoy perdido y desorientado en un mundo que no reconozco; que sufro cuando pienso en cómo funciona este planeta y prefiero cerrar los ojos antes que asumir que soy un conformista que detesta su forma de vida, pero que se acomoda a ella para, de forma consciente, acabar comportándose como el resto de borregos que dan energía a la pila que mueve al sistema que les ha engullido. Soy así. Soy peor que cuantos me rodean. Porque ellos, al menos, no son conscientes. Son, por tanto, inocentes. Y yo soy culpable. Y me intento convencer a mí mismo de lo contrario, de que también yo soy inocente porque el hecho de que haya reconocido el mal no significa que sepa cómo combatirlo. Me consuela pensar que mi incapacidad para encontrar soluciones es una excusa para claudicar. Y, sin embargo, en el fondo sé que soy culpable porque nunca he intentado reaccionar. Jamás me he propuesto ni siquiera empezar a pensar en cómo podría contribuir a cambiar las cosas. Y lo único que me consuela es que estoy completamente seguro de que es imposible cambiar ni solucionar nada. Esta certidumbre me consuela, me acongoja y me acojona.

Finalmente el atasco no fue para tanto. Sólo perdí un cuarto de hora de mi miserable vida. Visto así no parecía tan malo. Todo es relativo cuando se compara con la inmensidad de una existencia. ¿Qué son quince minutos en una vida que bien podría durar setenta años, sesenta en el caso del orondo comercial/periodista fumador? Nada, apenas un instante fugaz. Yo me refugio en este argumento con frecuencia, aunque cada vez me reconforta menos, porque he perdido la cuenta de las horas que he dilapidado entregándome a la improductividad.

Antes de arrancar el coche acerté a escuchar como el comercial/periodista que tenía al lado lograba pronunciar sin mucho énfasis, pero con un tono de total convencimiento, la sentencia “putos mineros, me han jodido la mañana”. Me sorprendí a mí mismo cuando pensé que aquel individuo tenía razón, la barricada había sido un ligero incordio. Cuánta razón tenía aquel hombre rechoncho que compartía desprecio por los piquetes con otros cientos de indignados conductores. Fugazmente me puse en la piel de todos ellos. Todos eran peones incapaces de luchar por su futuro o por su familia. Todos eran unos cobardes. Como yo.

Notas del autor (de bolanueve, vamos):
1-El color y la marca del coche del “comercial/periodista” han sido alterados.
2-En el futuro algunos (pocos, seguramente) leeréis un texto muy parecido pero mucho más largo, que es a lo que me he estado dedicando estos días que no he publicado nada en el blog. Si no os gusta este no os gustará el original.
3-Este relato está basado en hechos reales, pero no todo lo que cuento es rigurosamente cierto.