Permítanme presentarme

(Haz click aquí si quieres leer este texto escuchando la música que el autor ha considerado apropiada para él)

Hace miles de años dos individuos tomaron una decisión aparentemente irrelevante cuyas consecuencias perduran hoy en día. El más que posible rescate a España es una de ellas. Ocurrió en la época pre Homo sapiens. Cuando los Neanderthales y los Neandercuales. Dos ejemplares -probablemente de sexo masculino- se encontraron en el bosque y se vieron en la obligación de inventar el convencionalismo social que luego vendría a denominarse, “saludo y presentación”, algo tan interiorizado hoy que lo asumimos con total naturalidad. Pero, ¿y la primera vez que dos individuos se presentaron formalmente? Nadie presta atención a estas cosas. Pues bien, los dos inventores de esta costumbre, si bien es cierto que pudieron pasar unos minutos olisqueándose el trasero, girando sobre sí mismos, no es menos cierto que, una vez completada esa tarea, algo tendrían que decir. Hola, soy Mariano. Saludos, soy Senén. Encantado. Yo es que soy cazador y estoy persiguiendo a un manatí. Pues yo soy recolector y ando buscando ciruelas. Vaya, hombre, recolector. Un perroflauta.

La costumbre de confesar a qué nos dedicamos continuó en los siguientes milenios y contribuyó a la distribución social y geográfica de las personas. Un ejemplo muy claro lo tenemos en las comunidades gremiales de las que el medievo nos deja constancia, pero que son muy anteriores en el tiempo. Hola, soy Mariano, señor de estas tierras y caballero de la orden de las cabezas aplastadas. Hola, soy Senén, soy bardo. Vaya, hombre, uno de los de la ceja. Rápidamente el saludo y la presentación ubicaban a cada cual en su estrato y de ahí ya no salías hasta que te tocaba la primitiva, en unos casos, o hasta que te arruinabas, en otros. El gesto también te facilitaba información de la zona del pueblo en la que residía el otro. En este caso uno viviría en un coqueto castillo lleno de pequeñas cabezas aplastadas y el otro en un adosado en la calle de los trovadores.

Hoy en día nos empeñamos en sacar el tema de nuestra profesión en todas y cada una de las presentaciones a las que nos enfrentamos. Quizá podamos excusarnos en que con un desconocido de poco más se puede hablar. Es posible. Pero esta ridícula costumbre continúa alimentando nuestra avaricia y nuestra envidia. Nos sigue separando. Claro que no se puede generalizar y que hay muchas personas a las que se la trae al pairo la ocupación de cada cual o los ingresos que se suponen de esa labor. Pero basta que dos tipos en todo el mundo padezcan estos defectillos para que sean capaces de arrasar todo un planeta con el resto de humanoides dentro, con tal de que en la siguiente presentación no haya quien les dispute ocupar el estrato más alto de la sociedad.

Por eso, si queremos conseguir un mundo más justo; si queremos lograr un planeta sostenible; si deseamos alcanzar una sociedad más unida, menos rencorosa y más amable; si añoramos una existencia más pacífica lo que tenemos que hacer es cambiar de forma de saludarnos. Así de fácil. Empezar de cero. Coger un día, acercarse a alguien, olisquearle el trasero y expresar una presentación distinta. Mi propuesta es la siguiente: seamos sinceros y apostemos por un rotundo Hola, qué tal, ¿cuánto eres de gilipollas?. Pregunta sencilla. Respuesta clara. Nueva distribución de la sociedad e, incluso, de la riqueza.

Yo propongo la escala bolanueve para medir la intensidad de un gilipollas, siendo el 1 lo más bajo (porque todo el mundo es un poco gilipollas) y 10 el más alto. De esta forma, al igual que pasa ahora, que nos solemos relacionar con gente de nuestro mismo estrato, la selección natural haría que nuestros vecinos acabaran teniendo nuestro mismo nivel de gilipollez y que nuestros esfuerzos estuvieran dedicados no a ganar más que el otro, sino a ser algo menos gilipollas. Un ejemplo:  Hola, soy Mariano y soy un gilipollas de nivel 8. Qué tal, soy Senén y apenas rozo el 3 en la escala de gilipollez. Venga, hasta otra, capullo. Adios, amigo.

Cuánto daño hicieron aquellos dos neanderthales a la humanidad, condicionándola para siempre a una vida de trabajo para tener más y ser más que el otro. Hoy tenemos la oportunidad de volver a empezar. De levantar una sociedad en la que todos queramos ser menos que el prójimo. Menos gilipollas. En esta nueva era dará igual que tu padre sea rico, que sea pobre o que haya tenido un nivel de gilipollez 1 en la escala bolanueve. Lo único que importará es cuánto eres tú de gilipollas y cuánto eres capaz de rebajar esa cifra. Tampoco serán relevantes tus filiaciones, sean éstas políticas o empresariales. Tú nivel de gilipollez siempre te precederá.

Al igual que ocurre en la actual época de predominio económico, en la nueva etapa de preeminencia gilipollesca habrá una clase alta de gente poco gilipollas, dará igual su dinero. Habrá, por supuesto, una gran clase media, en la que estaremos englobados la mayoría y, para empezar, una gigantesca clase baja en la que habrá gilipollas que se salgan de la tabla. Con el tiempo es de esperar que este estrato mengüe.

Espero que esta idea triunfe algún día. Yo, de momento, llevo meses tratando de bajar ni nivel de gilipollez y he conseguido estabilizarlo en el 6,8. Así me presento ante el mundo. Soy bolanueve. Gilipollas en un 6,8 sobre 10 y bajando. ¿Alguien quiere olisquear mi trasero?

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El día que pasó un ángel

No es tanto evitar que te rompan el corazón, como recomponer todas sus piezas cada una de las mil veces que reviente, sin perder un ápice de humanidad. No es tanto vivir libre, como luchar cada día por la libertad, sin perder la esperanza.

Recuerdo el día que pensé y apunté estas palabras. No tengo una imagen mental concreta de mí mismo anotándolas en un cuaderno, pero sé dónde y cómo quedaron inmortalizadas en una cuadrícula. Recuerdo que aquel era un día que entonces no quise vivir. Hoy suspiro por volver a sentir la mitad de la emoción que me produjo, entonces, mi primera rueda de prensa, cuando ni siquiera había terminado la carrera. Os advierto que esta es una historia triste. De las que acaban con un casi cuarentón sentado ante su escritorio con un atísbo de lágrimas de añoranza en los ojos, meciendo un Priorato de 2010.

El hombre es ajeno a su memoria. Ésta almacena lo que le viene en gana y la mía optó por quedarse con los detalles y desterrar lo relevante en el día en el que perdí mi virginidad periodística sin profiláctico alguno. No recuerdo el motivo por el que se convocó la rueda de prensa, pero ahora entiendo que a ninguno de los redactores que no estaban de vacaciones en aquella semana le apetecía un carajo ir a cubrir lo que fuera que se iba a presentar en el Teatro Campoamor una buena mañana del mes de julio de no sé qué año de la década de los noventa.

Por un lado, me alegraba de que hubieran decidido confiar en mí para desempeñar la labor. Por otro, me aterraba la posibilidad de fallar. De ser incapaz de satisfacer la demanda. De no estar a la altura. Cuando los nervios atenazan es mejor no pensar. Es mejor actuar. Primero: saber a dónde hay que ir y a qué hora hay que estar. Segundo: preparar el equipo. Tercero: un pis, que luego me dará corte preguntar por el baño. Cuarto: revisar el equipo. Cinta de cassette, grabadora, micro, pie de micro, cable, libreta y boli. Y como es verano, paraguas, por si acaso. No sé si hacer otro pis. No, mejor reviso el equipo again.

Ya podía haber preguntado en qué lugar concreto del teatro se daban las ruedas de prensa. Decido esperar en la puerta. Acechando. Como dando un paseo distraído. Ajá, qué buena pinta tiene esta obra de ballet clásico. Por el rabillo del ojo intuyo a otro despistado. Bien, otro de prácticas. Entra al teatro. Comienzo a seguirle. Perfecto, ahora en lugar de uno, somos dos los perdidos. ¿Vas a la rueda de prensa? Sí. ¿Sabes dónde es? No. ¿Subimos las escaleras? Vale. Me dieron ganas de preguntarle si ahorraba palabras para después escribirlas, pero estaba demasiado agusto con la recién adquirida compañía y me tragué el sarcasmo sin masticar. Eso sí, una vez que llegamos al punto de encuentro decidí sentarme lo más lejor posible de él.

Porque llegar, llegamos. Y a la primera. Y sin preguntar. Como los veteranos. No éramos los primeros. Había varias personas más. Todas jóvenes, aunque me resultaba difícil distinguir si de prácticas o no. Opté por instalar el campamento junto a una chica. Una distraída que no había levantado la vista de su bloc desde que llegamos. Saqué los bártulos y los dispuse para la faena. Micro, pie de micro, cable, libreta y boli. Perfecto. Y no he molestado para nada a mi compañera. Sigue con la mirada perdida en la libreta. Sospecho que se ha dormido. Podría estar muerta. No, gracias al cielo, mueve una sandalia medio descalza en su pie. Sí, está viva. Y ahora no me voy a cambiar de sitio porque sería un cantazo seguir separándome de todos. Llegan el resto de periodistas en ciernes o en ejercicio. Sigo sin distinguirlos. Sólo faltan los comparecientes.

Mis primeras sospechas de que allí éramos todos de prácticas las despertó el hecho de que nadie hablara con nadie. Había un silencio tal, que daba miedo respirar. A uno se le cayó el boli. Cuando el instrumento tocó el suelo, en el mismísimo instante del impacto, todas las miradas se clavaron en él. Se puso tan rojo que creí se había defecado encima. Y aún hoy no descarto que así haya sido. Yo, por si acaso, guardé mi bic en el bolsillo y me aseguré de que todos los ojos volvían a sus rutinas previas al incidente. La única que no se había girado para sondear al escandaloso del bolígrafo había sido mi colega de al lado, que seguía impertérrita, a lo suyo, con el pelo que le tapaba la cara de tal forma que sólo intuías sus impulsos vitales por el zarandeo de la chancleta. Qué destreza. La sandalia bailaba en su pie como un funambilista en el alambre. Era una danza hipnótica. Sensual. Desenfrenada. Un contoneo que me evadía a tierras extrañas pobladas por rizosas sinuosas sin rostro que se movían al ritmo frenético de una percusión exótica. Podía intuir, incluso, una melodía seductora.

La llegada de los convocantes me sacó del trance, gracias a dios. Eran cuatro o cinco. Miré el reloj. ¿No irán a hablar todos? A ver si no me va a dar tiempo a escribir la crónica. Que sea lo que dios quiera. Y lo que quiso es que los conferenciantes fueran tan inexpertos como los registradores de la actualidad. Se ve que en verano hasta los que ofrecen las ruedas de prensa son de prácticas. Al igual que yo, ellos no sabían si quienes estábamos enfrente éramos novatos o curtidos reporteros. Se sentaron cuchicheando, nerviosos. Mi colega de la sandalia comenzó a escribir. El pelo le llegaba hasta la libreta, así que no pude saber qué, pero epezó a anotar. Comparecientes y periodistas nos miramos. ¿Sabéis esos momentos de silencio incómodo en los que alguien dice que pasó un ángel? Pues, en aquel instante, por el primer piso del Teatro Campoamor pasó uno de esos trenes de mercancías de 800 metros, cuyo tránsito se hace interminable, cargado de querubines. De ángeles hasta la bandera iba. Calculo que dos minutos de reloj en silencio es poco. Probad a estar ese tiempo en silencio. Es imposible. Es como jugar a ver quién se ríe antes. Pierdes a los 7 segundos. Pues pasó. Como os lo cuento. Dos minutos de reloj en los que sólo se escuchaba el baile de la alpargata.

Mi ya casi amiga de la izquierda seguía anotando vete a saber qué. Si era capaz de describir el silencio quizá acabaría ganado un Pulitzer. O un Nobel. Otros empezaron a imitarla, así que me vi obligado a quitar el capuchón y empezar a escribir. Puse la fecha. El lugar. Dibujé un avión. Luego un cubo. Puse la hora. Esbocé una cara. dibujé otro cubo. Actualicé la hora. Miré de reojo y la tía seguía escribiendo. Decidí rendirme. Ella ganaba. Mi cabeza no daba para sabér qué narices había que apuntar en una rueda de prensa antes de que nadie abriera la boca. Eso no se enseña en la facultad. ¿Era un fracasado? ¿Había dilapidado mi vida? Podía ser. No estaba seguro. Y, mientras mi angustia rasgaba mis tripas, a mi lado una mujer sin cara empuñana en su mano derecha un Pilot azul que se contoneaba al ritmo que marcaba la sandalia en equilibrio sobre su pie izquierdo. Una azaña. Una heroicidad. Quién era yo para codearme con aquella gente. Quién para vivir.

Justo cuando el primer orador iba a tomar la palabra, lo que anunció con un carraspeo, llegó el último de mis compañeros mediáticos. Este, de prácticas, seguro. De una Radio. Montó el equipo antes de descubrir que no había llevado el pequeño trípode. Puso el instrumento sobre los que ya estaban instalados y los tiró todos. La intensidad del rojo que adquirió la cara del que precipitó su boli contra el suelo fue un atisbo del color que adquiriría la faz del recién llegado. Me levanto a poner en su sitio mi instrumental y ayudo al mozo a recomponer el desaguisado. Me lo agradece. No pasa nada, chaval, le espeto. Como si llevara un lustro poniendo y quitando micros. Aprovecho mi nueva posición junto a la mesa central para tratar de distinguir la cara de mi adlater. Nada. Una cortina de rizos me impide todo contacto visual, y apostaría que hasta carnal. Con el silencio que hay, y con ese parapeto visual, si nos fuéramos todos ella seguiría ahí, sentada, sin enterarse de que está sola, escribiendo quién sabe qué, agotando páginas y cuadernos y meciendo su calzado veraniego hasta la extenuación.

No sucede porque el hombre de antes, subsanado el incidente, prosigue con su discurso de apertura. Ya sin carraspeo, que está muy visto. Que si buenos días; que si estamos aquí reunidos; que si es un placer para nosotros… Todavía no ha dicho nada que no esté incluído en la convocatoria, pero la dama sin sonrisa ya ha tenido que pasar dos o tres páginas de su libreta. Me tenso. Algo estoy haciendo mal. Ojalá tuviera melena rizosa. Ojalá llevara sandalias. Perra vida. Con lo bien que estaba yo limitándome a hacer entrevistas telefónicas. Hola, qué tal. Bien, y usted. Bien, le llamo para hacerle una entrevista. Ya sabe, por lo de su premio. Ese que le dieron. Porque es usted, ¿verdad?

Pue sí que van a hablar todos. Menudo coñazo. Hay uno de una televisión que tiene prisa. Se levanta para recoger su micro. Tira el que no tiene pie. Nuevo receso para ponerlo todo en orden. Sopeso largarme también, pero quién sabe si lo interesante de esta presentación lo dejan para el final. A ver cómo se lo explico al Jefe de informativos. No, es que era un tostón. Me sentía abrumado por una redactora infatigable y me fui. No sabía que anunciarían el fin del mundo. Quién iba a decir que confesarían el atraco del tren de Glasgow. Mejor me quedo. Por si acaso. Además, he superado el estado de dibujar cubos para alcanzar el de escribir tonterías. Espero poder aprovchar el momentazo para escribir alguna línea que en el futuro me sirva para comenzar algún relato. Uno de ficción. Pero, eso sí, una cosa es segura, podría gastar tres cuadernos completos intentando escribir correctamente la palabra clinex, pero me veo incapaz de anotar nada de lo que esa buena gente me está contando hasta el momento. Nada interesante. Nada que no venga especificado en la convocatoria. Y la colega no baja el ritmo. Qué mano de hiero. A ese ritmo a mí me habrían dado calambres hace diez minutos. Tranquila, compañera, que si se te acaba la tinta aquí tienes mi bic. Intacto. O casi.

Clinex. Clines. Klinex. Klenes. Klenix. Kleinix. No hay manera. Podría escribirse de cualquier forma. Sólo dios sabe cómo. Acaban la exposición y abren el tiempo para las preguntas. Yo tengo una, pero espero a ver si otro la enuncia antes. Es relativa al nombre y cargo de los que han intervenido. Por aquello de dar paso al corte, más que nada. Podría jurar que es un dato que no han dicho. Y si lo hicieron tuvo que ser cuando estaba hipnotizado por la danzing-chancla. Quizá pueda preguntárselo a la extensión de mi ser sandálico y sin rostro. Cualquiera la interrumpe. Albricias. El que no llevó pie de micro expresa en voz alta mis dudas y el presentador del evento las resuleve. Por mí apagamos y nos vamos, que estos hoy no exculpan a Biggs. Se despiden. Prueba superada. Es decir gracias los convocantes y mi compañera deja de escribir, cierra la libreta, recoge sus cosas y se va sin decir adiós. Ha tardado cuatro segundos en completar la acción. Juraría que hasta deja una estela fugaz. Un suspiro y se va con sus andalitas. Sin dejarme ver sus rasgos. Minutos después yo haría una pieza de sesenta segundos que se podría calificar, con suerte, como correcta. Pero ella, con todo lo que escribió, seguro que pudo contar una gran historia. Larga, al menos.

Yo guardé mi cuaderno, como hice con todos los que vinieron después. Los acumulo en el trastero y, de vez en cuando, desempolvo uno para tratar de recordar alguna de las muchas ruedas de prensa que vinieron y se fueron. En algunas ocasiones sí alcanzo a rememorar el momento en el que escribí segun qué líneas. En otras, me parecen trazos garabateados por un desconocido. La mayoría de las veces me asombro de lo escrito. Todas echo de menos participar en el ritual. La joven de los rizos impenetrables podría ser cualquiera. Podría se un ángel

PVNI

Sólo una árida resaca puede hacer más insoportable un viaje de casi 500 kilómetros en coche con mis padres cruzando la meseta castellana en una tarde de verano a chorrecientos grados centígrados. Y sólo el avistamiento de un OVNI puede hacer más surrealista la travesía. De la primera reflexión era yo bien consciente la noche anterior, cuando no opuse resistencia en un intercambio dialéctico breve pero preciso con uno de mis amigos madrileños. Vamos a por la última, dije yo. Que sea la penúltima, dijo él. Me quedé sin argumentos ante su incontestable exposición. A partir de ahí todo fue “con tres piedras de hielo”, “no me lo cargues mucho” o “vaya cómo está tu amiga”. Y todo lo que obtuve por respuesta fue “esta la pago yo”, “a esta nos han invitado” y “mi novia, querrás decir”. Hay un momento de lucidez en toda borrachera en el que estás a punto de tomar la decisión siempre acertada de irte para casa, pero basta que te distraigas un segundo para que el instante pase sigiloso y desaparezca para siempre en el olvido más absoluto ¿A qué hora decías que llegaban tus padres? ¿Que viene quién?

Mis padres no son puntuales, porque en ese concepto se engloba a los individuos que llegan a la hora prevista al lugar acordado, no a los que llegan con una hora de adelanto subiendo persianas y abriendo ventanas. Habría que inventar una palabra para describir ese incomodísmo comportamiento. Hasta que una mente privilegiada lo haga yo he optado por denominarlo suprapuntualidad o tocahuevings, con la esperanza de que la RAE incluya alguno de los dos términos en su diccionario y yo sea recordado en la posteridad como el creador de un neologismo de moda. Si salimos ya, comemos en Arévalo. Por mí bien mientras no cuente chistes. ¿El qué? No, nada, que voy a intentar dormir.

Sé que hablar, hablaban. Y apostaría un brazo a que lo hacían conmigo. Pero, tumbado a lo largo del asiento trasero, las palabras se confundían con la música y ésta con el ruido del coche y éste con las voces satánicas que rebotaban en mi cabeza clamando por una botella de agua. Pero hablar, hablaban. Y parar, paramos. A comer, quiero decir. En Arévalo, como estaba previsto. Menú del día, dos litros de agua y nada de café. Mi padre tarda en decidir lo que quiere el mismo tiempo que emplea en comérselo. Escruta las opciones buscando escoger la que cree que será la especialidad de la casa, mientras sondea a mi madre para que pida ella lo que a él realmente le apetece. Al final su comida es tan mala como la del resto. De vuelta al coche planeo inventar el asiento trasero de 1’85cm para gente alta que viaja de resaca con sus padres. Me voy a forrar. Es lo último que pienso antes de dormirme.

El sol aturdidor que entra por la ventanilla y la deceleración del vehículo me despiertan. Paramos en una gasolinera. Señora, hay algo que se mueve en el asiento de atrás. Sí, es mi hijo, el mayor. Es que acaba de terminar los exámenes. Bravo, mamá. Si el gasolinero nació ayer se lo habrá tragado. Pido al progenitor que se ha bajado del coche que me compre algo de beber, si es que quiere que algo se siga moviendo en el asiento trasero en la siguiente parada. Fantástico, agua con gas. Me vengaré con un eructo de doce segundos. Me vuelvo a dormir.

Tengo la boca tan seca que si tratara de despegar los labios me provocaría un desgarro. Aún así intento abrirla. Sin éxito. Este fracaso me desanima y decido permanecer en silencio, tumbado, mirando por la ventana el azul castellano. Muy azul. Muy castellano. Hay algo en el cielo. Lo observo distraído durante varios minutos mientras comienzo a prestar más atención a la música. Pero no le quito la vista de encima a eso que perturba el azul castellano. Más que nada porque se mueve en la misma dirección y a la misma velocidad que el coche, así que lo tengo siempre en el punto de mira por muchos kilómetros que avancemos (realmente no puede ir a la misma velocidad porque, al volar a mucha altura, la distancia que tiene que recorrer para estar siempre en el ángulo de mi visión es mucho mayor que la que recorre el automóvil. Luego, en verdad, el artilugio volador tiene que ir más rápido que nosotros. Fin de la explicación técnica. Casi científica). Después de un cuarto de hora me empieza a parecer sospechoso que el objeto siga ahí, en el mismo punto, en la misma posición. Empiezo a pensar que sigo dormido. Me doy un golpe. Me hago daño. Por fin despego los labios para soltar un “joder”. ¿Qué te pasa? Nada, se me ha dormido un brazo. Claro, te has pasado todo el viaje en la misma postura. Siéntate bien.

No obedezco. Prefiero seguir en la misma posición, vigilando al objeto volante. Intuyo que tiene forma cilíndrica y es de color gris, como el aluminio. Es una pila volante no identificada y está sobre mi cabeza. Me da por pensar que el pilón nos está siguiendo porque sabe que le estoy observando. Por primera vez aparto la vista de la ventanilla. Cuento hasta 30 y vuelvo a mirar. Ahí está. Sin dejar ninguna estela ni rastro de emisiones de combustión. Describiendo la misma órbita que antes. Será mamón. ¿Por qué nos sigue? De repente comienza a hacer giros espectaculares. En una décima de segudo se desplaza hacia atrás, luego hacia arriba, luego vuelve a la misma posición y finalmente continúa a la velocidad de crucero previamente establecida, como si no hubiera pasado nada.

Incógnitas que se me vienen a la cabeza después del fugaz episodio de las maniobras acrobáticas de mi compañero volante de viaje: a) ¿Qué clase de drogas consumirán los aliens? b) ¿Tendrán controles de alcoholemia? c) ¿Tendrán mañana una resaca como la mía? No, como la mía imposible. Quizá una más llevadera. Además, si son capaces de ingeniar aparatos voladores capaces de hacer las cabriolas que estaba observando, digo yo que tendrán analgésicos más avanazados que el paracetamol. Digo yo. Aunque, claro, que sean unos ingenieros de puta madre no implica que sean buenos en otras áreas del conocimiento o la creatividad. Porque, sí, la pila esa ha cruzado la galaxia y vuela a toda hostia, en todas direcciones y sin emisiones de Co2 que sepamos, pero los italianos, que lo más lejos que han llegado ha sido a Etiopía, diseñan vehículos mucho más espectaculares. De mano los pintan de rojo.

Un cilindro, macho. Sólo habría sido peor un cubo. Y de color gris aluminio. Hasta un cono con cuadros escoceses es más original. O las alkalinas son lo más en el planeta de origen de estos tipos o el diseñador del Seat 127 tiene papeletas para ser nombrado creativo del año en el universo conocido. Qué sé yo, un alerón para el cilindro ese, ¿no? Aunque sólo sirva de adorno, como el que los tuneros ponen a sus enjendros. Esta última reflexión me lleva a pensar que allá de donde venga esta gente el tuning no ha triunfado, lo que confirma que son seres superiores. No hay más que añadir. Definitivamente es una cultura avanzada.

Aquí un dibujo de la nave:

Cada vez estoy más preocupado por la presencia impertérrita de la pila sónica. Sigue al alcance de mi vista y yo no le quito ojo. Me intranquilizan varias cosas: 1) Que los tripulantes del cilindro sean telépatas y estén flipando con lo que me pasa por la cabeza. 2) Que me sigan hasta Oviedo y luego resulte que son hostiles. 3) Que me sigan, sean amigables, y les partan la cara en el primer chigre de Asturias en el que entren a hacer amigos. Casi prefiero que se queden en Castilla y que sea lo que dios quiera. Vuelven los giros y cambios de dirección súbitos y radicales. No describe curvas, vira dibujando ángulos imposibles hasta que, en un segundo, desaparece a toda velocidad. Así, sin más. Sin un mensaje telepático. Sin una despedida luminosa. Sin dejar un número de móvil. Nada.

Comienzo a pensar que si han finalizado su misión en la tierra y vuelven a su planeta, a llevar los datos obtenidos, les va a caer una bronca monumental. Porque trabajo de campo, lo que se dice de campo, no es que hayan hecho mucho. Señor comandante, hemos seguido durante 100km (dudo que midan las distancias según el sistema métrico decimal, pero bueno) a un vehículo gris ocupado por terrícolas. Curiosamente la hembra de los humanos es la que conduce la nave. El que parecía el comandate dormitaba mientras un líquido pastoso le caía por la comisura de los labios. En la parte de atrás del artefacto algo se movía. No sabemos qué.

Me incorporo para tratar de ampliar mi ángulo de visión y localizar a la PVNI. Nada. Ha desaparecido. Me apoyo en la ventanilla y descubro que me siento mucho mejor. Abro y cierro la boca con facilidad y desparpajo. No me duele la cabeza y estoy empezando a sentirme despejado. Estoy listo para salir otra vez por la noche. El analgésico de los tripulantes de la pila es mejor que el paracetamol.

Verde botella

Nota mental: no es necesario limpiar el coche antes de un viaje de 1.140 kilómetros. Al menos no es tan necesario como limpiarlo después de haber recorrido esa distancia. Con esa reflexión, y con un impoluto y brillante automóvil, recien adquirido de segunda mano, afrontaba yo mis vacaciones veraniegas a principios del siglo que hoy que nos ocupa y preocupa. Efectivamente, limpiar el vehículo antes del viaje fue una gilipollez como otra cualquiera, pero ¿y lo bonito y elegante que estaba el utilitario? ¿Qué decir de ese reluciente color verde botella digno de la más alta aristocracia automovilística? Nota mental: el color verde botella es indicativo de la clase y la distinción del vehículo; comprar siempre coches de color verde botella.

Lo tenía todo previsto. Había calculado la hora de la madrugada a la que debíamos salir para no atravesar Madrid durante las horas centrales del día y evitar el insufrible calor mesetario, que es letal de necesidad para todo asturiano de bien. El bólido carecía de aire acondicionado, un lujo totalmente innecesario que sólo sirve para incrementar el consumo de combustible. Aquella reflexión era fruto de una nota mental apuntada unos cuantos años atrás.

Al principio la travesía no sólo no fue incómoda sino que resultó hasta placentera. Al menos en su primera etapa, la que nos llevó hasta la gasolinera que hay en la autopista del Huerna: ya estábamos 100 kilómetros más cerca del la urbanización que nos acogería durante 15 días, un complejo de apartamentos y chalés que pasó a la historia por el famoso caso de Rocío Wanninkhof, un detalle que felizmente desconocíamos en aquel punto de nuestra odisea.

La alegría de haber acertado en la previsión horaria que nos libró del abrasador sol madrileño se fue apagando a medida que íbamos conociendo la soltura y el desparpajo del inclemente e infatigable sol jienense. Nota mental: pasar Madrid a mediodía supone entrar en Jaén a la hora de comer o, lo que es lo mismo, salir de Guatemala para entrar en Guatepeor. El asfixiante calor de la Andalucía interior me provocó desvaríos y despertó en mí un repentino odio hacia el aceite de oliva que sólo fue superado cuando comencé a detestar las aceitunas y las pipas de girasol. Nota mental: anular la nota mental de hace unos años y comprar coches sólo con aire acondicionado.

Después de 12 horas de viaje llegamos a nuestro destino y nos acomodamos en el minúsculo apartamento que nos daría cobijo las siguientes 2 semanas. Un lujo. Estábamos a en Mijas costa, a medio camino de Fuengirola y Marbella, en un complejo con piscina y a 7 minutos de la playa caminando despacito. Un lujo, insisto. El primer día, en el supermercado, me tomaron por guiri. Asumí el papel empáticamente y decidí comportarme como un inglés más. Rules Britannia.

Nuestra estancia estaba siendo satisfactoria y mejoraba en la medida en que yo avanzaba en mi proceso de mimetización. El color rojizo de mi nariz acentuaba mi aspecto anglosajón y la ingesta de cerveza atenuaba la poca vergúenza que me quedaba y distorsionaba algunas de mis notas mentales que empezaron a hacer referencia a “comprar sandalias y calcetines blancos” o “esconder la crema protectora factor 50”. Completado el proceso de metamorfosis descarté cenar todos los días en el estudio y opté por salir a testar los restaurantes de la urbanización o de las localidades cercanas, como si me sobraran las pesetas, que eran lo más por aquel entonces.

Fuengirola. Mitad de vacaciones más o menos. No encontramos sitio para aparcar. Da igual, estacionamos en un barrio lleno de alegres lugareños que hoy habrían protagonizado cualquier episodio de Callejeros con sus mobiletes, sus pitbuls y sus tatuajes. Nota mental: regresar al coche rápido y tratando de nos ser vistos. Caminamos hacia la parte turística. Antojo de restaurante chipriota. Mesa en la terraza con cervecita. Levantamos el veto a las olivas. Es el paraíso. Pedimos musaca y hojas de parra rellenas de arroz. Acertamos. Rebajo la cerveza con gaseosa, que hay que conducir. “Camarero, un par de cafés”. Nos pregunta si lo queremos normal o chipriota. Desconocía que las islas mediterráneas fueran zona cafetera. El camarero revela que es el mismo café, pero si lo pides “chipriota” el dueño del restaurante te lee los posos. Café chipriota sin duda. Y porque no hay puro chipriota.

1,65. 200 kilos. Pantalón con tirantes justo por debajo de los sobacos. Camisa de manga corta por dentro hasta de los calzoncillos. Sombrero sobre una cabeza redonda adornada en el centro con un simpático bigote. Camina con dificultad ayudado por un bastón. Se sienta en nuestra mesa, le da la vuelta a la taza, espera unos segundos y empieza a soltar por esa boca que dios le ha dado. Al principio todo vanal y genérico. Habría acertado con cualquier otra pareja diciendo las mismas cosas. A pesar de ello daba en el clavo. La bomba se la reservó para el final: “mucho cuidado con el coche verde”.

Imposible que hubiera visto que nuestro coche es verde botella de alcurnia y abolengo. Le revelo el color del automóvil. Él dice que no puede decirnos nada más, pero que tengamos mucho cuidado. Nota mental: este tío no se ha enterado de que a) el color verde botella es indicativo de la clase y la distinción del vehículo y b) el color verde botella es digno de la más alta aristocracia automovilística. Pagamos y nos vamos. Acojonados, todo hay que decirlo. Antes de coger el coche esperamos a que un pitbul acabe de orinar sobre el tapacubos. Por el camino nos decimos que a lo mejor se refería a que tengamos cuidado con el resto de coches verdes. Es de noche y no se distinguen. Llegamos sin problemas al apartamento, listos para tomar un Martini.

A medianoche me despierta un grupo de británicos o irlandeses (soy incapaz de distinguirlos desde la cama) armando un monumental escáncalo en la calle. No importa, sigo mimetizado. Britannia rules the waves. Hasta mañana, camaradas.

Al día siguiente comprobamos los efectos del vendaval etílico de la comunidad angloparlante: todos los coches aparcados en la calle tenían rota una luna, un retrovisor, las dos cosas o varias lunas y los dos retrovisores. Dependía un poco de la suerte. A mí me tocó retrovisor del lado izquierdo, el imprescindible para circular. Putadón. Perdón, quería decir gran putada. Perdí la jornada en las páginas amarillas buscando un taller donde me pudieran poner un recambio. Lo encontré en Málaga, a 50 kilómetros, pero no abrían por la tarde. Al día siguiente, jugándonos una multa por ir sin espejos exteriores, partimos hacia la capital de la provincia.

Sólo puedo calificar de milagro inexplicable que sin mapas ni GPS encontráramos el taller en una recóndita calle del extrarradio de la ciudad boquerón. Sí, tenemos su retrovisor; son 21.500 pesetah. Es que es mucho. Es que es electrónico. Es que eso no me importa. Es que es el que tengo. Reprimo una lágrima. ¿21.500? Como estas. Al menos podré volver a casa dentro de unos días. Reprimo otra lágrima y las ganas de llamar a mis padres para pedirles dinero. El retrovisor me ha costado más de un tercio de lo que gano al mes como periodista honrado. La tercera lágrima es irreprimible. Me acuerdo del chipriota, pero sobre todo de su madre y sus muertos. ¡Ataturk!

Nuevo día. Decidimos ahogar las penas con una excursión a Ronda, hermosa población de la serranía. Habrá 50 ó 60 grados. El coche se calienta. Se calienta mucho. Paramos en medio del puerto. Nos hemos quedado sin refrigerante. Qué día más guapo para no llevar el móvil. Tras una espera prudencial abro el depósito del agua para que salga el vapor. Eso me da para tirar hasta un taller. Llego por los pelos. Hay una fuga en el circuito del líquido. Me lo pueden arreglar. Serán 13.000. Como estas. En dos días el 50% de mi sueldo y dos lágrimas. Puto chipriota. Al menos ya nada puede ir peor. Es imposible. Volvemos al cubil parando en una gasolinera. Lavo el coche y lleno el depósito. Al zulo a dormir. Nota mental: si vuelvo a escuchar a un maldito guiri pondré aceite a hervir.

Me despierto alegre a pesar de haber soñado con gordos bigotudos danzarines montados en tazas de café. Me asomo al balcón. El día es azul y ha refrescado. Jornada óptima. Miro hacia abajo. ¿No había aparcado ahí esta noche? El coche no está ni donde lo había aparcado ni en ninguna otra parte. Como me lo haya robado el semigriego zampabollos se va a enterar. La indignación me hace tomar decisiones rápidas. 1- poner una denuncia 2-llamar al seguro 3- dejar de poner acento inglés porque ya no estoy de humor. Una noticia buena y otra mala. La buena es que el seguro se hace cargo de nuestro regreso. La mala es que el puesto móvil de la Guardia Civil cierra los domingos. O vamos a Mijas sin coche o ponemos la denuncia mañana. No pasa nada por esperar un día.

El lunes se firma la denuncia y se pacta con Mapfre el regreso en avión si no aparece el aristocrático utilitario de jodido color verde botella de mierda. Nota mental: cálmate; si tiene remedio no tienes por qué preocuparte y si no lo tiene tampoco tiene sentido angustiarse. Gran nota mental. Como no nos podemos desplazar nos avituallamos con cerveza, Martini y aceitunas. Piscina on the rocks.

Un martes suena el móvil. Quién es. La policía. Que qué hicimos el domingo. Nada, nos robaron el coche. Ya, es que ese día alguien robó una gasolinera con un elegante automóvil verde botella, color digno de la más alta alcurnia automovilística. Pues yo no he sido, mire usted. Estoy en una piscina con una copa de Martini con dos olivas. No una, sino dos. No es mi culpa que el puesto móvil de la Guardia Civil cierre los domingos. Que ya nos llamarán.

Faltan tres días para la fecha de regreso y suena el móvil otra vez. Han encontrado nuestro coche. Gracias al cielo. Que vayamos a buscarlo a Málaga. El seguro paga el taxi y el autobus en el que viajamos. En comisaría nos recibe un indivíduo que bien podría haber sido el hermano pequeño del maldito chipriota por estatura y forma física. Nos conduce al aparcamiento y allí está. Verde botella, aristocrático, elegante y destrozado. Dice el poli que tenemos suerte, que se han estrellado contra un muro y que por eso no lo han quemado. No veo motivos para celebrarlo. El coche está casi de siniestro total. Abro el maletero. Me han robado la colchoneta hinchable. Es el colmo. A cambio me han dejado decenas de cartones de tabaco. Sopeso empezar a fumar. También hay botellas de alcohol, bolsas de patatas y demás porquerías de la estación de servicio asaltada. No veo sangre en el salpicadero. Nota mental: se han accidentado pero no se han hecho mucho daño; porca miseria.

Le doy al conductor de la grúa el nombre del taller en el que repararán mi coche. ¿En Torremolinos? Pregunta él. En Oviedo, contesto yo. Flipa y no me extraña. A ver cómo disfrutamos el poco tiempo que nos queda de vacaciones. Con dificultad y a la sombra, que me he quemado por hacer el imbecil. Rules Britania tu padre.

El taxi llega puntual para llevarnos al aeropuerto. Cargamos las maletas. Me siento sin apoyar la espalda. El viaje en automóvil más incómodo de mi vida a excepción del que hice conduciendo desde Galicia con los pies quemados por el sol. Revuelo en el aeropuerto. Vuelos cancelados. Saldremos mañana. ETA ha puesto una bomba. Nota mental: llama a la policía y diles que el chipriota es etarra; seguro que tiene un apellido que da el pego. De vuelta al apartamento. No deshacemos las maletas. Me he gastado en dos semanas tres veces mi salario. Me encojo en una esquina del sofá. Me hago pequeño, muy pequeño. Desaparezco.

Esta historia es real. Tan real como que el color verde botella es indicativo de la clase y la distinción de un vehículo. El coche llegó días más tarde. El gruísta se quedó con el botín del asalto que todavía quedaba en el maletero. En Oviedo fue reparado por segunda vez. La primera había sido un año antes, en verano de 2000, cuando tuvimos un accidente por culpa de un borracho. Poco tiempo después mi hermano tuvo el último accidente de ese vehículo: no sabe cómo una ventanilla estalló en plena marcha cuando circulaba por Mondoñedo. Dio un volantazo y se estrello dando vueltas de campana. Tuvo suerte de que no vinieran coches en el sentido contrario. De allí al desguace. Jamás he vuelto a tener un percance con otro automóvil. Nota mental: no comprar nunca un coche verde, por barato, aristocrático o distinguido que éste sea.