Verde botella

Nota mental: no es necesario limpiar el coche antes de un viaje de 1.140 kilómetros. Al menos no es tan necesario como limpiarlo después de haber recorrido esa distancia. Con esa reflexión, y con un impoluto y brillante automóvil, recien adquirido de segunda mano, afrontaba yo mis vacaciones veraniegas a principios del siglo que hoy que nos ocupa y preocupa. Efectivamente, limpiar el vehículo antes del viaje fue una gilipollez como otra cualquiera, pero ¿y lo bonito y elegante que estaba el utilitario? ¿Qué decir de ese reluciente color verde botella digno de la más alta aristocracia automovilística? Nota mental: el color verde botella es indicativo de la clase y la distinción del vehículo; comprar siempre coches de color verde botella.

Lo tenía todo previsto. Había calculado la hora de la madrugada a la que debíamos salir para no atravesar Madrid durante las horas centrales del día y evitar el insufrible calor mesetario, que es letal de necesidad para todo asturiano de bien. El bólido carecía de aire acondicionado, un lujo totalmente innecesario que sólo sirve para incrementar el consumo de combustible. Aquella reflexión era fruto de una nota mental apuntada unos cuantos años atrás.

Al principio la travesía no sólo no fue incómoda sino que resultó hasta placentera. Al menos en su primera etapa, la que nos llevó hasta la gasolinera que hay en la autopista del Huerna: ya estábamos 100 kilómetros más cerca del la urbanización que nos acogería durante 15 días, un complejo de apartamentos y chalés que pasó a la historia por el famoso caso de Rocío Wanninkhof, un detalle que felizmente desconocíamos en aquel punto de nuestra odisea.

La alegría de haber acertado en la previsión horaria que nos libró del abrasador sol madrileño se fue apagando a medida que íbamos conociendo la soltura y el desparpajo del inclemente e infatigable sol jienense. Nota mental: pasar Madrid a mediodía supone entrar en Jaén a la hora de comer o, lo que es lo mismo, salir de Guatemala para entrar en Guatepeor. El asfixiante calor de la Andalucía interior me provocó desvaríos y despertó en mí un repentino odio hacia el aceite de oliva que sólo fue superado cuando comencé a detestar las aceitunas y las pipas de girasol. Nota mental: anular la nota mental de hace unos años y comprar coches sólo con aire acondicionado.

Después de 12 horas de viaje llegamos a nuestro destino y nos acomodamos en el minúsculo apartamento que nos daría cobijo las siguientes 2 semanas. Un lujo. Estábamos a en Mijas costa, a medio camino de Fuengirola y Marbella, en un complejo con piscina y a 7 minutos de la playa caminando despacito. Un lujo, insisto. El primer día, en el supermercado, me tomaron por guiri. Asumí el papel empáticamente y decidí comportarme como un inglés más. Rules Britannia.

Nuestra estancia estaba siendo satisfactoria y mejoraba en la medida en que yo avanzaba en mi proceso de mimetización. El color rojizo de mi nariz acentuaba mi aspecto anglosajón y la ingesta de cerveza atenuaba la poca vergúenza que me quedaba y distorsionaba algunas de mis notas mentales que empezaron a hacer referencia a “comprar sandalias y calcetines blancos” o “esconder la crema protectora factor 50”. Completado el proceso de metamorfosis descarté cenar todos los días en el estudio y opté por salir a testar los restaurantes de la urbanización o de las localidades cercanas, como si me sobraran las pesetas, que eran lo más por aquel entonces.

Fuengirola. Mitad de vacaciones más o menos. No encontramos sitio para aparcar. Da igual, estacionamos en un barrio lleno de alegres lugareños que hoy habrían protagonizado cualquier episodio de Callejeros con sus mobiletes, sus pitbuls y sus tatuajes. Nota mental: regresar al coche rápido y tratando de nos ser vistos. Caminamos hacia la parte turística. Antojo de restaurante chipriota. Mesa en la terraza con cervecita. Levantamos el veto a las olivas. Es el paraíso. Pedimos musaca y hojas de parra rellenas de arroz. Acertamos. Rebajo la cerveza con gaseosa, que hay que conducir. “Camarero, un par de cafés”. Nos pregunta si lo queremos normal o chipriota. Desconocía que las islas mediterráneas fueran zona cafetera. El camarero revela que es el mismo café, pero si lo pides “chipriota” el dueño del restaurante te lee los posos. Café chipriota sin duda. Y porque no hay puro chipriota.

1,65. 200 kilos. Pantalón con tirantes justo por debajo de los sobacos. Camisa de manga corta por dentro hasta de los calzoncillos. Sombrero sobre una cabeza redonda adornada en el centro con un simpático bigote. Camina con dificultad ayudado por un bastón. Se sienta en nuestra mesa, le da la vuelta a la taza, espera unos segundos y empieza a soltar por esa boca que dios le ha dado. Al principio todo vanal y genérico. Habría acertado con cualquier otra pareja diciendo las mismas cosas. A pesar de ello daba en el clavo. La bomba se la reservó para el final: “mucho cuidado con el coche verde”.

Imposible que hubiera visto que nuestro coche es verde botella de alcurnia y abolengo. Le revelo el color del automóvil. Él dice que no puede decirnos nada más, pero que tengamos mucho cuidado. Nota mental: este tío no se ha enterado de que a) el color verde botella es indicativo de la clase y la distinción del vehículo y b) el color verde botella es digno de la más alta aristocracia automovilística. Pagamos y nos vamos. Acojonados, todo hay que decirlo. Antes de coger el coche esperamos a que un pitbul acabe de orinar sobre el tapacubos. Por el camino nos decimos que a lo mejor se refería a que tengamos cuidado con el resto de coches verdes. Es de noche y no se distinguen. Llegamos sin problemas al apartamento, listos para tomar un Martini.

A medianoche me despierta un grupo de británicos o irlandeses (soy incapaz de distinguirlos desde la cama) armando un monumental escáncalo en la calle. No importa, sigo mimetizado. Britannia rules the waves. Hasta mañana, camaradas.

Al día siguiente comprobamos los efectos del vendaval etílico de la comunidad angloparlante: todos los coches aparcados en la calle tenían rota una luna, un retrovisor, las dos cosas o varias lunas y los dos retrovisores. Dependía un poco de la suerte. A mí me tocó retrovisor del lado izquierdo, el imprescindible para circular. Putadón. Perdón, quería decir gran putada. Perdí la jornada en las páginas amarillas buscando un taller donde me pudieran poner un recambio. Lo encontré en Málaga, a 50 kilómetros, pero no abrían por la tarde. Al día siguiente, jugándonos una multa por ir sin espejos exteriores, partimos hacia la capital de la provincia.

Sólo puedo calificar de milagro inexplicable que sin mapas ni GPS encontráramos el taller en una recóndita calle del extrarradio de la ciudad boquerón. Sí, tenemos su retrovisor; son 21.500 pesetah. Es que es mucho. Es que es electrónico. Es que eso no me importa. Es que es el que tengo. Reprimo una lágrima. ¿21.500? Como estas. Al menos podré volver a casa dentro de unos días. Reprimo otra lágrima y las ganas de llamar a mis padres para pedirles dinero. El retrovisor me ha costado más de un tercio de lo que gano al mes como periodista honrado. La tercera lágrima es irreprimible. Me acuerdo del chipriota, pero sobre todo de su madre y sus muertos. ¡Ataturk!

Nuevo día. Decidimos ahogar las penas con una excursión a Ronda, hermosa población de la serranía. Habrá 50 ó 60 grados. El coche se calienta. Se calienta mucho. Paramos en medio del puerto. Nos hemos quedado sin refrigerante. Qué día más guapo para no llevar el móvil. Tras una espera prudencial abro el depósito del agua para que salga el vapor. Eso me da para tirar hasta un taller. Llego por los pelos. Hay una fuga en el circuito del líquido. Me lo pueden arreglar. Serán 13.000. Como estas. En dos días el 50% de mi sueldo y dos lágrimas. Puto chipriota. Al menos ya nada puede ir peor. Es imposible. Volvemos al cubil parando en una gasolinera. Lavo el coche y lleno el depósito. Al zulo a dormir. Nota mental: si vuelvo a escuchar a un maldito guiri pondré aceite a hervir.

Me despierto alegre a pesar de haber soñado con gordos bigotudos danzarines montados en tazas de café. Me asomo al balcón. El día es azul y ha refrescado. Jornada óptima. Miro hacia abajo. ¿No había aparcado ahí esta noche? El coche no está ni donde lo había aparcado ni en ninguna otra parte. Como me lo haya robado el semigriego zampabollos se va a enterar. La indignación me hace tomar decisiones rápidas. 1- poner una denuncia 2-llamar al seguro 3- dejar de poner acento inglés porque ya no estoy de humor. Una noticia buena y otra mala. La buena es que el seguro se hace cargo de nuestro regreso. La mala es que el puesto móvil de la Guardia Civil cierra los domingos. O vamos a Mijas sin coche o ponemos la denuncia mañana. No pasa nada por esperar un día.

El lunes se firma la denuncia y se pacta con Mapfre el regreso en avión si no aparece el aristocrático utilitario de jodido color verde botella de mierda. Nota mental: cálmate; si tiene remedio no tienes por qué preocuparte y si no lo tiene tampoco tiene sentido angustiarse. Gran nota mental. Como no nos podemos desplazar nos avituallamos con cerveza, Martini y aceitunas. Piscina on the rocks.

Un martes suena el móvil. Quién es. La policía. Que qué hicimos el domingo. Nada, nos robaron el coche. Ya, es que ese día alguien robó una gasolinera con un elegante automóvil verde botella, color digno de la más alta alcurnia automovilística. Pues yo no he sido, mire usted. Estoy en una piscina con una copa de Martini con dos olivas. No una, sino dos. No es mi culpa que el puesto móvil de la Guardia Civil cierre los domingos. Que ya nos llamarán.

Faltan tres días para la fecha de regreso y suena el móvil otra vez. Han encontrado nuestro coche. Gracias al cielo. Que vayamos a buscarlo a Málaga. El seguro paga el taxi y el autobus en el que viajamos. En comisaría nos recibe un indivíduo que bien podría haber sido el hermano pequeño del maldito chipriota por estatura y forma física. Nos conduce al aparcamiento y allí está. Verde botella, aristocrático, elegante y destrozado. Dice el poli que tenemos suerte, que se han estrellado contra un muro y que por eso no lo han quemado. No veo motivos para celebrarlo. El coche está casi de siniestro total. Abro el maletero. Me han robado la colchoneta hinchable. Es el colmo. A cambio me han dejado decenas de cartones de tabaco. Sopeso empezar a fumar. También hay botellas de alcohol, bolsas de patatas y demás porquerías de la estación de servicio asaltada. No veo sangre en el salpicadero. Nota mental: se han accidentado pero no se han hecho mucho daño; porca miseria.

Le doy al conductor de la grúa el nombre del taller en el que repararán mi coche. ¿En Torremolinos? Pregunta él. En Oviedo, contesto yo. Flipa y no me extraña. A ver cómo disfrutamos el poco tiempo que nos queda de vacaciones. Con dificultad y a la sombra, que me he quemado por hacer el imbecil. Rules Britania tu padre.

El taxi llega puntual para llevarnos al aeropuerto. Cargamos las maletas. Me siento sin apoyar la espalda. El viaje en automóvil más incómodo de mi vida a excepción del que hice conduciendo desde Galicia con los pies quemados por el sol. Revuelo en el aeropuerto. Vuelos cancelados. Saldremos mañana. ETA ha puesto una bomba. Nota mental: llama a la policía y diles que el chipriota es etarra; seguro que tiene un apellido que da el pego. De vuelta al apartamento. No deshacemos las maletas. Me he gastado en dos semanas tres veces mi salario. Me encojo en una esquina del sofá. Me hago pequeño, muy pequeño. Desaparezco.

Esta historia es real. Tan real como que el color verde botella es indicativo de la clase y la distinción de un vehículo. El coche llegó días más tarde. El gruísta se quedó con el botín del asalto que todavía quedaba en el maletero. En Oviedo fue reparado por segunda vez. La primera había sido un año antes, en verano de 2000, cuando tuvimos un accidente por culpa de un borracho. Poco tiempo después mi hermano tuvo el último accidente de ese vehículo: no sabe cómo una ventanilla estalló en plena marcha cuando circulaba por Mondoñedo. Dio un volantazo y se estrello dando vueltas de campana. Tuvo suerte de que no vinieran coches en el sentido contrario. De allí al desguace. Jamás he vuelto a tener un percance con otro automóvil. Nota mental: no comprar nunca un coche verde, por barato, aristocrático o distinguido que éste sea.

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