PVNI

Sólo una árida resaca puede hacer más insoportable un viaje de casi 500 kilómetros en coche con mis padres cruzando la meseta castellana en una tarde de verano a chorrecientos grados centígrados. Y sólo el avistamiento de un OVNI puede hacer más surrealista la travesía. De la primera reflexión era yo bien consciente la noche anterior, cuando no opuse resistencia en un intercambio dialéctico breve pero preciso con uno de mis amigos madrileños. Vamos a por la última, dije yo. Que sea la penúltima, dijo él. Me quedé sin argumentos ante su incontestable exposición. A partir de ahí todo fue “con tres piedras de hielo”, “no me lo cargues mucho” o “vaya cómo está tu amiga”. Y todo lo que obtuve por respuesta fue “esta la pago yo”, “a esta nos han invitado” y “mi novia, querrás decir”. Hay un momento de lucidez en toda borrachera en el que estás a punto de tomar la decisión siempre acertada de irte para casa, pero basta que te distraigas un segundo para que el instante pase sigiloso y desaparezca para siempre en el olvido más absoluto ¿A qué hora decías que llegaban tus padres? ¿Que viene quién?

Mis padres no son puntuales, porque en ese concepto se engloba a los individuos que llegan a la hora prevista al lugar acordado, no a los que llegan con una hora de adelanto subiendo persianas y abriendo ventanas. Habría que inventar una palabra para describir ese incomodísmo comportamiento. Hasta que una mente privilegiada lo haga yo he optado por denominarlo suprapuntualidad o tocahuevings, con la esperanza de que la RAE incluya alguno de los dos términos en su diccionario y yo sea recordado en la posteridad como el creador de un neologismo de moda. Si salimos ya, comemos en Arévalo. Por mí bien mientras no cuente chistes. ¿El qué? No, nada, que voy a intentar dormir.

Sé que hablar, hablaban. Y apostaría un brazo a que lo hacían conmigo. Pero, tumbado a lo largo del asiento trasero, las palabras se confundían con la música y ésta con el ruido del coche y éste con las voces satánicas que rebotaban en mi cabeza clamando por una botella de agua. Pero hablar, hablaban. Y parar, paramos. A comer, quiero decir. En Arévalo, como estaba previsto. Menú del día, dos litros de agua y nada de café. Mi padre tarda en decidir lo que quiere el mismo tiempo que emplea en comérselo. Escruta las opciones buscando escoger la que cree que será la especialidad de la casa, mientras sondea a mi madre para que pida ella lo que a él realmente le apetece. Al final su comida es tan mala como la del resto. De vuelta al coche planeo inventar el asiento trasero de 1’85cm para gente alta que viaja de resaca con sus padres. Me voy a forrar. Es lo último que pienso antes de dormirme.

El sol aturdidor que entra por la ventanilla y la deceleración del vehículo me despiertan. Paramos en una gasolinera. Señora, hay algo que se mueve en el asiento de atrás. Sí, es mi hijo, el mayor. Es que acaba de terminar los exámenes. Bravo, mamá. Si el gasolinero nació ayer se lo habrá tragado. Pido al progenitor que se ha bajado del coche que me compre algo de beber, si es que quiere que algo se siga moviendo en el asiento trasero en la siguiente parada. Fantástico, agua con gas. Me vengaré con un eructo de doce segundos. Me vuelvo a dormir.

Tengo la boca tan seca que si tratara de despegar los labios me provocaría un desgarro. Aún así intento abrirla. Sin éxito. Este fracaso me desanima y decido permanecer en silencio, tumbado, mirando por la ventana el azul castellano. Muy azul. Muy castellano. Hay algo en el cielo. Lo observo distraído durante varios minutos mientras comienzo a prestar más atención a la música. Pero no le quito la vista de encima a eso que perturba el azul castellano. Más que nada porque se mueve en la misma dirección y a la misma velocidad que el coche, así que lo tengo siempre en el punto de mira por muchos kilómetros que avancemos (realmente no puede ir a la misma velocidad porque, al volar a mucha altura, la distancia que tiene que recorrer para estar siempre en el ángulo de mi visión es mucho mayor que la que recorre el automóvil. Luego, en verdad, el artilugio volador tiene que ir más rápido que nosotros. Fin de la explicación técnica. Casi científica). Después de un cuarto de hora me empieza a parecer sospechoso que el objeto siga ahí, en el mismo punto, en la misma posición. Empiezo a pensar que sigo dormido. Me doy un golpe. Me hago daño. Por fin despego los labios para soltar un “joder”. ¿Qué te pasa? Nada, se me ha dormido un brazo. Claro, te has pasado todo el viaje en la misma postura. Siéntate bien.

No obedezco. Prefiero seguir en la misma posición, vigilando al objeto volante. Intuyo que tiene forma cilíndrica y es de color gris, como el aluminio. Es una pila volante no identificada y está sobre mi cabeza. Me da por pensar que el pilón nos está siguiendo porque sabe que le estoy observando. Por primera vez aparto la vista de la ventanilla. Cuento hasta 30 y vuelvo a mirar. Ahí está. Sin dejar ninguna estela ni rastro de emisiones de combustión. Describiendo la misma órbita que antes. Será mamón. ¿Por qué nos sigue? De repente comienza a hacer giros espectaculares. En una décima de segudo se desplaza hacia atrás, luego hacia arriba, luego vuelve a la misma posición y finalmente continúa a la velocidad de crucero previamente establecida, como si no hubiera pasado nada.

Incógnitas que se me vienen a la cabeza después del fugaz episodio de las maniobras acrobáticas de mi compañero volante de viaje: a) ¿Qué clase de drogas consumirán los aliens? b) ¿Tendrán controles de alcoholemia? c) ¿Tendrán mañana una resaca como la mía? No, como la mía imposible. Quizá una más llevadera. Además, si son capaces de ingeniar aparatos voladores capaces de hacer las cabriolas que estaba observando, digo yo que tendrán analgésicos más avanazados que el paracetamol. Digo yo. Aunque, claro, que sean unos ingenieros de puta madre no implica que sean buenos en otras áreas del conocimiento o la creatividad. Porque, sí, la pila esa ha cruzado la galaxia y vuela a toda hostia, en todas direcciones y sin emisiones de Co2 que sepamos, pero los italianos, que lo más lejos que han llegado ha sido a Etiopía, diseñan vehículos mucho más espectaculares. De mano los pintan de rojo.

Un cilindro, macho. Sólo habría sido peor un cubo. Y de color gris aluminio. Hasta un cono con cuadros escoceses es más original. O las alkalinas son lo más en el planeta de origen de estos tipos o el diseñador del Seat 127 tiene papeletas para ser nombrado creativo del año en el universo conocido. Qué sé yo, un alerón para el cilindro ese, ¿no? Aunque sólo sirva de adorno, como el que los tuneros ponen a sus enjendros. Esta última reflexión me lleva a pensar que allá de donde venga esta gente el tuning no ha triunfado, lo que confirma que son seres superiores. No hay más que añadir. Definitivamente es una cultura avanzada.

Aquí un dibujo de la nave:

Cada vez estoy más preocupado por la presencia impertérrita de la pila sónica. Sigue al alcance de mi vista y yo no le quito ojo. Me intranquilizan varias cosas: 1) Que los tripulantes del cilindro sean telépatas y estén flipando con lo que me pasa por la cabeza. 2) Que me sigan hasta Oviedo y luego resulte que son hostiles. 3) Que me sigan, sean amigables, y les partan la cara en el primer chigre de Asturias en el que entren a hacer amigos. Casi prefiero que se queden en Castilla y que sea lo que dios quiera. Vuelven los giros y cambios de dirección súbitos y radicales. No describe curvas, vira dibujando ángulos imposibles hasta que, en un segundo, desaparece a toda velocidad. Así, sin más. Sin un mensaje telepático. Sin una despedida luminosa. Sin dejar un número de móvil. Nada.

Comienzo a pensar que si han finalizado su misión en la tierra y vuelven a su planeta, a llevar los datos obtenidos, les va a caer una bronca monumental. Porque trabajo de campo, lo que se dice de campo, no es que hayan hecho mucho. Señor comandante, hemos seguido durante 100km (dudo que midan las distancias según el sistema métrico decimal, pero bueno) a un vehículo gris ocupado por terrícolas. Curiosamente la hembra de los humanos es la que conduce la nave. El que parecía el comandate dormitaba mientras un líquido pastoso le caía por la comisura de los labios. En la parte de atrás del artefacto algo se movía. No sabemos qué.

Me incorporo para tratar de ampliar mi ángulo de visión y localizar a la PVNI. Nada. Ha desaparecido. Me apoyo en la ventanilla y descubro que me siento mucho mejor. Abro y cierro la boca con facilidad y desparpajo. No me duele la cabeza y estoy empezando a sentirme despejado. Estoy listo para salir otra vez por la noche. El analgésico de los tripulantes de la pila es mejor que el paracetamol.

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