El día que pasó un ángel

No es tanto evitar que te rompan el corazón, como recomponer todas sus piezas cada una de las mil veces que reviente, sin perder un ápice de humanidad. No es tanto vivir libre, como luchar cada día por la libertad, sin perder la esperanza.

Recuerdo el día que pensé y apunté estas palabras. No tengo una imagen mental concreta de mí mismo anotándolas en un cuaderno, pero sé dónde y cómo quedaron inmortalizadas en una cuadrícula. Recuerdo que aquel era un día que entonces no quise vivir. Hoy suspiro por volver a sentir la mitad de la emoción que me produjo, entonces, mi primera rueda de prensa, cuando ni siquiera había terminado la carrera. Os advierto que esta es una historia triste. De las que acaban con un casi cuarentón sentado ante su escritorio con un atísbo de lágrimas de añoranza en los ojos, meciendo un Priorato de 2010.

El hombre es ajeno a su memoria. Ésta almacena lo que le viene en gana y la mía optó por quedarse con los detalles y desterrar lo relevante en el día en el que perdí mi virginidad periodística sin profiláctico alguno. No recuerdo el motivo por el que se convocó la rueda de prensa, pero ahora entiendo que a ninguno de los redactores que no estaban de vacaciones en aquella semana le apetecía un carajo ir a cubrir lo que fuera que se iba a presentar en el Teatro Campoamor una buena mañana del mes de julio de no sé qué año de la década de los noventa.

Por un lado, me alegraba de que hubieran decidido confiar en mí para desempeñar la labor. Por otro, me aterraba la posibilidad de fallar. De ser incapaz de satisfacer la demanda. De no estar a la altura. Cuando los nervios atenazan es mejor no pensar. Es mejor actuar. Primero: saber a dónde hay que ir y a qué hora hay que estar. Segundo: preparar el equipo. Tercero: un pis, que luego me dará corte preguntar por el baño. Cuarto: revisar el equipo. Cinta de cassette, grabadora, micro, pie de micro, cable, libreta y boli. Y como es verano, paraguas, por si acaso. No sé si hacer otro pis. No, mejor reviso el equipo again.

Ya podía haber preguntado en qué lugar concreto del teatro se daban las ruedas de prensa. Decido esperar en la puerta. Acechando. Como dando un paseo distraído. Ajá, qué buena pinta tiene esta obra de ballet clásico. Por el rabillo del ojo intuyo a otro despistado. Bien, otro de prácticas. Entra al teatro. Comienzo a seguirle. Perfecto, ahora en lugar de uno, somos dos los perdidos. ¿Vas a la rueda de prensa? Sí. ¿Sabes dónde es? No. ¿Subimos las escaleras? Vale. Me dieron ganas de preguntarle si ahorraba palabras para después escribirlas, pero estaba demasiado agusto con la recién adquirida compañía y me tragué el sarcasmo sin masticar. Eso sí, una vez que llegamos al punto de encuentro decidí sentarme lo más lejor posible de él.

Porque llegar, llegamos. Y a la primera. Y sin preguntar. Como los veteranos. No éramos los primeros. Había varias personas más. Todas jóvenes, aunque me resultaba difícil distinguir si de prácticas o no. Opté por instalar el campamento junto a una chica. Una distraída que no había levantado la vista de su bloc desde que llegamos. Saqué los bártulos y los dispuse para la faena. Micro, pie de micro, cable, libreta y boli. Perfecto. Y no he molestado para nada a mi compañera. Sigue con la mirada perdida en la libreta. Sospecho que se ha dormido. Podría estar muerta. No, gracias al cielo, mueve una sandalia medio descalza en su pie. Sí, está viva. Y ahora no me voy a cambiar de sitio porque sería un cantazo seguir separándome de todos. Llegan el resto de periodistas en ciernes o en ejercicio. Sigo sin distinguirlos. Sólo faltan los comparecientes.

Mis primeras sospechas de que allí éramos todos de prácticas las despertó el hecho de que nadie hablara con nadie. Había un silencio tal, que daba miedo respirar. A uno se le cayó el boli. Cuando el instrumento tocó el suelo, en el mismísimo instante del impacto, todas las miradas se clavaron en él. Se puso tan rojo que creí se había defecado encima. Y aún hoy no descarto que así haya sido. Yo, por si acaso, guardé mi bic en el bolsillo y me aseguré de que todos los ojos volvían a sus rutinas previas al incidente. La única que no se había girado para sondear al escandaloso del bolígrafo había sido mi colega de al lado, que seguía impertérrita, a lo suyo, con el pelo que le tapaba la cara de tal forma que sólo intuías sus impulsos vitales por el zarandeo de la chancleta. Qué destreza. La sandalia bailaba en su pie como un funambilista en el alambre. Era una danza hipnótica. Sensual. Desenfrenada. Un contoneo que me evadía a tierras extrañas pobladas por rizosas sinuosas sin rostro que se movían al ritmo frenético de una percusión exótica. Podía intuir, incluso, una melodía seductora.

La llegada de los convocantes me sacó del trance, gracias a dios. Eran cuatro o cinco. Miré el reloj. ¿No irán a hablar todos? A ver si no me va a dar tiempo a escribir la crónica. Que sea lo que dios quiera. Y lo que quiso es que los conferenciantes fueran tan inexpertos como los registradores de la actualidad. Se ve que en verano hasta los que ofrecen las ruedas de prensa son de prácticas. Al igual que yo, ellos no sabían si quienes estábamos enfrente éramos novatos o curtidos reporteros. Se sentaron cuchicheando, nerviosos. Mi colega de la sandalia comenzó a escribir. El pelo le llegaba hasta la libreta, así que no pude saber qué, pero epezó a anotar. Comparecientes y periodistas nos miramos. ¿Sabéis esos momentos de silencio incómodo en los que alguien dice que pasó un ángel? Pues, en aquel instante, por el primer piso del Teatro Campoamor pasó uno de esos trenes de mercancías de 800 metros, cuyo tránsito se hace interminable, cargado de querubines. De ángeles hasta la bandera iba. Calculo que dos minutos de reloj en silencio es poco. Probad a estar ese tiempo en silencio. Es imposible. Es como jugar a ver quién se ríe antes. Pierdes a los 7 segundos. Pues pasó. Como os lo cuento. Dos minutos de reloj en los que sólo se escuchaba el baile de la alpargata.

Mi ya casi amiga de la izquierda seguía anotando vete a saber qué. Si era capaz de describir el silencio quizá acabaría ganado un Pulitzer. O un Nobel. Otros empezaron a imitarla, así que me vi obligado a quitar el capuchón y empezar a escribir. Puse la fecha. El lugar. Dibujé un avión. Luego un cubo. Puse la hora. Esbocé una cara. dibujé otro cubo. Actualicé la hora. Miré de reojo y la tía seguía escribiendo. Decidí rendirme. Ella ganaba. Mi cabeza no daba para sabér qué narices había que apuntar en una rueda de prensa antes de que nadie abriera la boca. Eso no se enseña en la facultad. ¿Era un fracasado? ¿Había dilapidado mi vida? Podía ser. No estaba seguro. Y, mientras mi angustia rasgaba mis tripas, a mi lado una mujer sin cara empuñana en su mano derecha un Pilot azul que se contoneaba al ritmo que marcaba la sandalia en equilibrio sobre su pie izquierdo. Una azaña. Una heroicidad. Quién era yo para codearme con aquella gente. Quién para vivir.

Justo cuando el primer orador iba a tomar la palabra, lo que anunció con un carraspeo, llegó el último de mis compañeros mediáticos. Este, de prácticas, seguro. De una Radio. Montó el equipo antes de descubrir que no había llevado el pequeño trípode. Puso el instrumento sobre los que ya estaban instalados y los tiró todos. La intensidad del rojo que adquirió la cara del que precipitó su boli contra el suelo fue un atisbo del color que adquiriría la faz del recién llegado. Me levanto a poner en su sitio mi instrumental y ayudo al mozo a recomponer el desaguisado. Me lo agradece. No pasa nada, chaval, le espeto. Como si llevara un lustro poniendo y quitando micros. Aprovecho mi nueva posición junto a la mesa central para tratar de distinguir la cara de mi adlater. Nada. Una cortina de rizos me impide todo contacto visual, y apostaría que hasta carnal. Con el silencio que hay, y con ese parapeto visual, si nos fuéramos todos ella seguiría ahí, sentada, sin enterarse de que está sola, escribiendo quién sabe qué, agotando páginas y cuadernos y meciendo su calzado veraniego hasta la extenuación.

No sucede porque el hombre de antes, subsanado el incidente, prosigue con su discurso de apertura. Ya sin carraspeo, que está muy visto. Que si buenos días; que si estamos aquí reunidos; que si es un placer para nosotros… Todavía no ha dicho nada que no esté incluído en la convocatoria, pero la dama sin sonrisa ya ha tenido que pasar dos o tres páginas de su libreta. Me tenso. Algo estoy haciendo mal. Ojalá tuviera melena rizosa. Ojalá llevara sandalias. Perra vida. Con lo bien que estaba yo limitándome a hacer entrevistas telefónicas. Hola, qué tal. Bien, y usted. Bien, le llamo para hacerle una entrevista. Ya sabe, por lo de su premio. Ese que le dieron. Porque es usted, ¿verdad?

Pue sí que van a hablar todos. Menudo coñazo. Hay uno de una televisión que tiene prisa. Se levanta para recoger su micro. Tira el que no tiene pie. Nuevo receso para ponerlo todo en orden. Sopeso largarme también, pero quién sabe si lo interesante de esta presentación lo dejan para el final. A ver cómo se lo explico al Jefe de informativos. No, es que era un tostón. Me sentía abrumado por una redactora infatigable y me fui. No sabía que anunciarían el fin del mundo. Quién iba a decir que confesarían el atraco del tren de Glasgow. Mejor me quedo. Por si acaso. Además, he superado el estado de dibujar cubos para alcanzar el de escribir tonterías. Espero poder aprovchar el momentazo para escribir alguna línea que en el futuro me sirva para comenzar algún relato. Uno de ficción. Pero, eso sí, una cosa es segura, podría gastar tres cuadernos completos intentando escribir correctamente la palabra clinex, pero me veo incapaz de anotar nada de lo que esa buena gente me está contando hasta el momento. Nada interesante. Nada que no venga especificado en la convocatoria. Y la colega no baja el ritmo. Qué mano de hiero. A ese ritmo a mí me habrían dado calambres hace diez minutos. Tranquila, compañera, que si se te acaba la tinta aquí tienes mi bic. Intacto. O casi.

Clinex. Clines. Klinex. Klenes. Klenix. Kleinix. No hay manera. Podría escribirse de cualquier forma. Sólo dios sabe cómo. Acaban la exposición y abren el tiempo para las preguntas. Yo tengo una, pero espero a ver si otro la enuncia antes. Es relativa al nombre y cargo de los que han intervenido. Por aquello de dar paso al corte, más que nada. Podría jurar que es un dato que no han dicho. Y si lo hicieron tuvo que ser cuando estaba hipnotizado por la danzing-chancla. Quizá pueda preguntárselo a la extensión de mi ser sandálico y sin rostro. Cualquiera la interrumpe. Albricias. El que no llevó pie de micro expresa en voz alta mis dudas y el presentador del evento las resuleve. Por mí apagamos y nos vamos, que estos hoy no exculpan a Biggs. Se despiden. Prueba superada. Es decir gracias los convocantes y mi compañera deja de escribir, cierra la libreta, recoge sus cosas y se va sin decir adiós. Ha tardado cuatro segundos en completar la acción. Juraría que hasta deja una estela fugaz. Un suspiro y se va con sus andalitas. Sin dejarme ver sus rasgos. Minutos después yo haría una pieza de sesenta segundos que se podría calificar, con suerte, como correcta. Pero ella, con todo lo que escribió, seguro que pudo contar una gran historia. Larga, al menos.

Yo guardé mi cuaderno, como hice con todos los que vinieron después. Los acumulo en el trastero y, de vez en cuando, desempolvo uno para tratar de recordar alguna de las muchas ruedas de prensa que vinieron y se fueron. En algunas ocasiones sí alcanzo a rememorar el momento en el que escribí segun qué líneas. En otras, me parecen trazos garabateados por un desconocido. La mayoría de las veces me asombro de lo escrito. Todas echo de menos participar en el ritual. La joven de los rizos impenetrables podría ser cualquiera. Podría se un ángel

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