Permítanme presentarme

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Hace miles de años dos individuos tomaron una decisión aparentemente irrelevante cuyas consecuencias perduran hoy en día. El más que posible rescate a España es una de ellas. Ocurrió en la época pre Homo sapiens. Cuando los Neanderthales y los Neandercuales. Dos ejemplares -probablemente de sexo masculino- se encontraron en el bosque y se vieron en la obligación de inventar el convencionalismo social que luego vendría a denominarse, “saludo y presentación”, algo tan interiorizado hoy que lo asumimos con total naturalidad. Pero, ¿y la primera vez que dos individuos se presentaron formalmente? Nadie presta atención a estas cosas. Pues bien, los dos inventores de esta costumbre, si bien es cierto que pudieron pasar unos minutos olisqueándose el trasero, girando sobre sí mismos, no es menos cierto que, una vez completada esa tarea, algo tendrían que decir. Hola, soy Mariano. Saludos, soy Senén. Encantado. Yo es que soy cazador y estoy persiguiendo a un manatí. Pues yo soy recolector y ando buscando ciruelas. Vaya, hombre, recolector. Un perroflauta.

La costumbre de confesar a qué nos dedicamos continuó en los siguientes milenios y contribuyó a la distribución social y geográfica de las personas. Un ejemplo muy claro lo tenemos en las comunidades gremiales de las que el medievo nos deja constancia, pero que son muy anteriores en el tiempo. Hola, soy Mariano, señor de estas tierras y caballero de la orden de las cabezas aplastadas. Hola, soy Senén, soy bardo. Vaya, hombre, uno de los de la ceja. Rápidamente el saludo y la presentación ubicaban a cada cual en su estrato y de ahí ya no salías hasta que te tocaba la primitiva, en unos casos, o hasta que te arruinabas, en otros. El gesto también te facilitaba información de la zona del pueblo en la que residía el otro. En este caso uno viviría en un coqueto castillo lleno de pequeñas cabezas aplastadas y el otro en un adosado en la calle de los trovadores.

Hoy en día nos empeñamos en sacar el tema de nuestra profesión en todas y cada una de las presentaciones a las que nos enfrentamos. Quizá podamos excusarnos en que con un desconocido de poco más se puede hablar. Es posible. Pero esta ridícula costumbre continúa alimentando nuestra avaricia y nuestra envidia. Nos sigue separando. Claro que no se puede generalizar y que hay muchas personas a las que se la trae al pairo la ocupación de cada cual o los ingresos que se suponen de esa labor. Pero basta que dos tipos en todo el mundo padezcan estos defectillos para que sean capaces de arrasar todo un planeta con el resto de humanoides dentro, con tal de que en la siguiente presentación no haya quien les dispute ocupar el estrato más alto de la sociedad.

Por eso, si queremos conseguir un mundo más justo; si queremos lograr un planeta sostenible; si deseamos alcanzar una sociedad más unida, menos rencorosa y más amable; si añoramos una existencia más pacífica lo que tenemos que hacer es cambiar de forma de saludarnos. Así de fácil. Empezar de cero. Coger un día, acercarse a alguien, olisquearle el trasero y expresar una presentación distinta. Mi propuesta es la siguiente: seamos sinceros y apostemos por un rotundo Hola, qué tal, ¿cuánto eres de gilipollas?. Pregunta sencilla. Respuesta clara. Nueva distribución de la sociedad e, incluso, de la riqueza.

Yo propongo la escala bolanueve para medir la intensidad de un gilipollas, siendo el 1 lo más bajo (porque todo el mundo es un poco gilipollas) y 10 el más alto. De esta forma, al igual que pasa ahora, que nos solemos relacionar con gente de nuestro mismo estrato, la selección natural haría que nuestros vecinos acabaran teniendo nuestro mismo nivel de gilipollez y que nuestros esfuerzos estuvieran dedicados no a ganar más que el otro, sino a ser algo menos gilipollas. Un ejemplo:  Hola, soy Mariano y soy un gilipollas de nivel 8. Qué tal, soy Senén y apenas rozo el 3 en la escala de gilipollez. Venga, hasta otra, capullo. Adios, amigo.

Cuánto daño hicieron aquellos dos neanderthales a la humanidad, condicionándola para siempre a una vida de trabajo para tener más y ser más que el otro. Hoy tenemos la oportunidad de volver a empezar. De levantar una sociedad en la que todos queramos ser menos que el prójimo. Menos gilipollas. En esta nueva era dará igual que tu padre sea rico, que sea pobre o que haya tenido un nivel de gilipollez 1 en la escala bolanueve. Lo único que importará es cuánto eres tú de gilipollas y cuánto eres capaz de rebajar esa cifra. Tampoco serán relevantes tus filiaciones, sean éstas políticas o empresariales. Tú nivel de gilipollez siempre te precederá.

Al igual que ocurre en la actual época de predominio económico, en la nueva etapa de preeminencia gilipollesca habrá una clase alta de gente poco gilipollas, dará igual su dinero. Habrá, por supuesto, una gran clase media, en la que estaremos englobados la mayoría y, para empezar, una gigantesca clase baja en la que habrá gilipollas que se salgan de la tabla. Con el tiempo es de esperar que este estrato mengüe.

Espero que esta idea triunfe algún día. Yo, de momento, llevo meses tratando de bajar ni nivel de gilipollez y he conseguido estabilizarlo en el 6,8. Así me presento ante el mundo. Soy bolanueve. Gilipollas en un 6,8 sobre 10 y bajando. ¿Alguien quiere olisquear mi trasero?

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