Con el agua al cuello

No me parece que haya que linchar a nadie -linchamiento 2.0, se entiende- por decir que las pasa canutas para vivir con 5.100€ al mes. No creo que sea para ofenderse. A mí es que me da igual lo que ganen unos y otros. Lo que cobres tú o lo que reciba él por su labor. Cada uno tiene un sueldo. Unos más alto y otros más bajo. Y yo no sé, ni me importa, lo que cada uno hace con él. Qué se yo. Igual Guillermo Collarte dona 4.700 eurazos al mes para salvar el Amazonas y por eso llega apretado al día 31. Todo puede ser. Además, el salario de Collarte se lo hemos puesto nosotros votando o dejando de votar (que los que no votan también tienen la culpa). Pero, han sido nuestros representantes, entre ellos el mismísimo Collarte, los que han aprobado esa remuneración.

Lo que no me parece de recibo es que, si las pasa canutas con 5.100€ al mes, tenga los huevazos de votar en el Congreso a favor de que se retiren los 400 pavos del plan PREPARA para parados de larga duración que vivan con sus padres en una unidad familiar en la que se sumen ingresos equivalentes a 481 euros por cabeza. Ese es el problema desde mi punto de vista. Que este individuo que llega asfixiado a fin de mes con media decena de miles de euros sea capaz de retirarle un subsidio a un joven que tiene que volver al redil porque su partido, entre otros, ha sido incapaz de estimular la economía para que ésta genere puestos de trabajo.

Sí, ese es para mí el meollo de la cuestión. Eso me reconcome. Y también que ahora vaya de víctima plañidera. Que si “me están dando hasta en el carné de identidad y de manera injusta”, que si bla, bla, bla. Pero, vamos a ver, alma de cántaro, ¿no has sido elegido por el Partido Popular -el partido en el que confiaron la mayoría de los votantes- para formar parte de una lista electoral? Y ¿formar parte de una lista no significa que tu partido te considera una persona cualificada para representar a los españoles en las Cortes? Y ¿una persona cualificada para dirigir los designios de un país con sus votos en el Parlamento no es capaz de medir sus palabras? ¿En serio que no?

Aquí hay un problema de fondo y es que el clientelismo crónico vigente en algunos partidos hace que estén en el Parlamento y en el Senado individuos que no están capacitados para ello, se apelliden Collarte, Fabra o Pérez García. Y las amplísimas mayorías, que de vez en cuando algún partido consigue en las urnas, permiten que el número de parlamentarios o senadores incapaces sea mayor. Y yo sólo veo una solución al problema: que los diputados del grupo que sustente al ejecutivo no cobren nada. Porque, ya lo dijo Collarte: los congresistas que forman parte del partido que manda ni siquiera presentan mociones “porque normalmente el grupo que está en el Gobierno no hace eso”.

De verdad que sólo pido que se pueda salvar el Amazonas.

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Con jota de toda la vida (II)

Me desperté todavía aturdido por el episodio voráz de la noche anterior. Un chupetón de seis centímetros de diámetro daba fe de que no había sido un sueño. Estaba intranquilo. Excitado. No en el plano sexual, a pesar de que tenía la promesa de que ese día triunfaría por todo lo alto. Era una exitación emocional. Una mezcla de sentimientos inconexos aderezados con la resaca, agitados pero no batidos. Siete segundos después de encender el móvil recibí el primero de los veintitrés mensajes que Jessi me mandaría durante la mañana. A mediodía decidí llamarla porque calculé que ponerle una conferencia desde Ontario saldría más barato que tanto sms. Además no entendía la mitad de las cosas que me escribía. Que si KDMS, que si MXA, que si SMTHA. No había dios que entendiera aquel lenguaje. Empecé a pensar que igual no me había percatado de que le faltaban dedos. Luego recordé la pinza que me aplicó en la nuca y descarte esa posibilidad.

Quedamos para tomar un café a eso de las siete. Normalmente suelo pasar las tardes de los sábados perdiendo el tiempo en casa mientras me recupero de la juerga del viernes para poder volver a salir. Llego antes que ella. Concretamente cuarenta minutos antes. Que perdón por el retraso. Que qué bien me lo pasé anoche. Que qué hacemos hoy. Yo tenía previsto decirle que había sido un placer conocerla y que hasta otra, pero dos factores fundamentales me hicieron cambiar de idea: 1) Me dio miedo. 2) El cuerpazo de infarto que gastaba la Jessi no lo cataba yo desde que me abracé borracho a no sé qué estatua de una sirena en Copenhague. Al ver su indumentaria comprendí que se hubiese retrasado. Sólo para dibujarse ese pantalón en las piernas habría necesitado toda la mañana. Se lo comento y se ríe. Que no, tonto, que son pitillo. No lo discuto. Son pitillo. E intuyo que azules, porque las botas que calza le llegan casi hasta el culo. Enormes botas. Casi tan altas como los tacones. Y la cosa que llevaba a modo de blusa o top o vete a ser tú; la prenda esa, de diseño inabarcable e incomprensible para la mente humana; esa especie de venda fosforito que no sé cómo sabe la tía por dónde tiene que meter los brazos y por dónde la cabeza, me estaba volviendo loco. Porque dejaba ver casi todo, más que nada.

Levanté la mirada para cerciorarme definitivamente de que no tenía nuez. Todo en orden. A ella parecía no importarle que fuera incapaz -porque intentarlo, lo intenté- de mirarle a los ojos. Daba la impresión de que estaba acostumbra. Hasta cómoda. A la media hora dejé de disimular. Ella seguía concentrada en contarme toda su vida. Que si su madre tenía muy mala suerte con los hombres; que si Samantha podía tumbar a un buey bebiendo copas; que si el Yoni “había petao el M3 contra un peseto”; que si la Trini se había liado con un tío casado que era un gilipollas y que la dejó embarazada dos veces. Ahí sí que alcé la vista ¿Cómo? ¿Dos veces? ¿Quién era el gilipollas en esa relación? Anoté mentalmente hasta sesenta preguntas diferentes sobre aquel episodio concreto, pero las fui descartando a medida que mi cerebro asimilaba las distintas historias que Jessi me narró en apenas dos horas y que ya tendré tiempo de comentar, aunque sea fugazmente.

Yo poca cosa conté. Que si era periodista; que si vivía solo; que si odiaba las mascotas. Ahí me interrumpió para proclamarse amante de los perros, supongo que en sentido figurado. También me recomendó comprarme uno de no sé qué país oriental y auguró que un día tendríamos tres. Todos distintos. Todos de razas peligrosas. Entre los animales de pelea y las rupturas sentimentales de todas su amigas estuvimos entretenidos lo suficiente como para que nos diera la hora de cenar. Propuse un libanés. Rechazó, según confesó, porque no le gusta la comida sudamericana. Que tiene unos vecinos que no sabe muy bien de dónde provienen, pero que son machupichu, y que la invitaron un día a comer. Jura entre risas que regurgitó las viandas antes de abandonar la vivienda. Yo la creo a pies juntillas.

Total, que fuimos a un italiano. Uno de la cadena Telepizza. Aprovechamos no sé qué oferta que nos proporcionaba tres pizzas más de las que una cuadrilla de camioneros podría tragar a lo largo de dos días. Nos daban gratis una botella de Coca-cola de un litro. Un chollo. El servicio fenomenal. En la media hora que estuvimos allí, sobremesa incluida, siete de sus convecinos amagaron con sentarse a nuestra mesa. Jessi los rechazaba amable y con una sonrisa pícara les decía que estábamos empezando. Una chica que juraría que dijo que se llamaba Besamel -no entendí muy bien el nombre, la verdad- dijo “qué bonito” como siete veces antes de sentarse en la mesa contigua a devorar dos pizzas medianas, unas alitas de pollo y una lata de Fanta que le habían dado por la patilla. Otro chollo. En el telepizza, al menos en aquel, no tienen licores digestivos, por lo que pedimos un par de cervezas. Yo acabaría tirando la mía por el retrete. Que por qué te llevas la birra al váter. Para parecer una fuente. No lo coge. No intento explicarlo. A mi regreso del lavabo me espeta un “vamos a tomar una” y me saca en volandas del local.

La Jessi no coge un peseto ni aunque la maten viva. Lo dice ella, no yo. Son sus palabras literales. Debe ser por eso que me hace caminar 25 minutos hasta llegar al primer bar. Mi esperanza de que al ser temprano no haya tugurios en los que sólo pinchen reguetón se desvanece cuando todavía estamos a unos cien metros del antro en cuestión. Otra vez los gorilas que si voy vestido raro, pero no me impiden entrar. El local es horrible, con luces espantosas y música infernal. Hay poca gente, pero a pesar de ello distingo a los siete del Telepizza, a Samantha y su pareja y al que me robó el Swatch. Hoy se va a joder. Llevo un Lorus que me regaló mi tía cuando acabé la carrera. Chúpate esa.

Samantha estaba con su novio. El Charly. Es imposible que sus pies rellenen esos playeros, a no ser que padezca elefantiasis. Pobre chaval. Tan jóven. Y a pesar de esa discapacidad trabaja de mecánico en el taller de su padre. Modelo de superación. Su buga es uno “to tuneao” que hay aparcado fuera. No es que me interese, pero pregunto cuál de ellos. El morado con la tapicería amarilla. Me lo temía. Que a cuánto se pone mi Jazz. Qué sé yo. A cien por hora fijo. A partir de ahí es un misterio. Se ofrece a hacerme un apaño en mi carro. Me lo pensaré, gracias, Carlos. Se ofende. Que cómo que Carlos. Saca el carnet de identidad y, efectivamente, es Charli. Con i latina de toda la vida. Presento mis disculpas y pido mi segundo ron con cola, el primero de Jessi, el cuarto vodka de Samantha y sexto botellín de Red Bull de Charli. Pago yo para descargar tensión. Todavía no es medianoche. El tiempo, cuando quiere, es un hijoputa.

Mientras yo estaba en la barra deciden cambiar de establecimiento hostelero. Es decir, ir a moverla por ahí. La Jessi en taxis no, pero en coches tuning bien agusto. Dice que Pichurri y ella irán atrás. Busco desconcertado al quinto acompañante durante los segundos que tardo en comprender que pichurri soy yo. Y subo al artefacto. Un tanto acojonado. Al menos el Charli no ha bebido alcohol. No estoy seguro, pero creo que el ovni que conduce antes era un Clio. O un Corsa. Afortunadamente el volumén de la música amortigua el ruido del motor. Desgraciadamente, el terciopelo de los asientos ha activado mi alergia. Jessi me acaricia la nuca y me tranquilizo unos segundos. Justo hasta que samantha dice “cari, por ahí no vayas que hay controles de drogas”.

Con jota de toda la vida (I)

No supe interpretar los mensajes que me envió casi desde el primer día. No conozco al hombre que pueda sustituirte, me decía. Está por llegar quien te supere en la cama, proclamaba. Lejos de tomarme esas expresiones como augurios, preferí asumirlas como halagos. Fue algo irracional, ya que estaba absolutamente cegado por la arrolladora personalidad, el impactante cuerpo y la fascinante locuacidad de aquella diosa de leggins imposibles, tacones improbables y top de leopardo inaudito.

Yo siempre había pensado que una mujer así jamás estaría a mi alcance, por lo que salir con ella inflaba mi autoestima de tal forma que me convertía en inmune a cualquier advertencia externa directa o indirecta. No es tu tipo, decían mis amigas. Allá tú, decían mis amigos. Tiene pinta de putuca, susurraba mi abuela. No te habrás hecho poligonero, inquirían mis hermanos. ¿Pensaban acaso que ella era una poligonera? Por dios. Imposible. Desconocían que la única vez que alguien osó llamarla “choni” no tuvo reparos en partirle la cara al chaval. Sin importarle que éste tuviera 8 años y fuera en silla de ruedas. Choni. Sí, hombre. El niño ese no volvió a pensar tal cosa. Al menos en alto. Que yo sepa.

Nos conocimos, como suele pasar con todas las grandes historias de amor, una noche de borrachera. Yo necesitaba ir al baño y decidí meterme en el primer garito que vi. Los porteros no querían dejarme pasar porque llevaba zapatos y calcetines grises con rayas azules a juego con mi “ropa de ligar”, la que me ponía todos los viernes. Ya me iba a otro bar cuando ella intercedió y los gorilas me abrieron la puerta, no sin antes llamarme “payo” unos de ellos y “trucha” el otro. Lo de payo lo entendí a la primera, pero lo de trucha me dejó a cuadros. Pasé seis horas buscando el significado de tal expresión en Google y sigo sin entender a qué carajo se refería aquel tipo de cuello inabarcable.

Satisfecha mi imperiosa necesidad fisiológica me precipité hacia la salida perseguido por el reguetón, que sonaba a un volumen tan alto que supuse que dios estaría perreando con algún ángel, clamando por más gasolina. Justo entre la puerta y la máquina de tabaco estaba ella. Despampanante. Llevaba unos shorts justo por encima de la ingle. Rejilla. Un top blanco atado como con cuerdas a la espalda. Y unos taconazos de color fucsia. Su aspecto me pareció más que correcto al lado del pantalón de chandal Adidas de su amiga. Sopesé decirle algo varonil, pero preferí liquidar el asunto con un escueto gracias. Lo dije casi de la que salía por la puerta esquivando a los gorilas porque suponía que ella me mandaría al carajo, pero, lejos de eso, soltó un “de nada, hombre. Tómate una”.

Tómate una. Toma ya. Estoy on fire. Antes de lanzar alguna de mis célebres frases de ligar me aseguro de que no tiene nuez. Lo hago de forma disimulada. Es fácil porque con esas agujas prácticamente me saca la cabeza. Perfecto, es hembra. Entro suave. La clásica presentación. Su amiga es Samanta (días después sabría que, en realidad, era Samantha) y ella Yesi. Como Boris, bromeé yo. Con la reproducción exacta que cualquier actor de método querría adoptar de una cara de extrañeza ella dijo “no, Yesi de Yésica”. Me habría gustado contar que esa fue mi única chanza incomprendida con su nombre, pero es que acto seguido, no me preguntéis por qué, dije “Yesi, con y griega”. Ahí la mueca se tornó ligeramente en lo que se podría calificar de desprecio. O asco, tal vez. Pero en seguida recuperó la sonrisa para explicar que no, que con jota de toda la vida.

Samantha trabajaba en un videoclub. Aseguraba que aquel era el trbajo perfecto para ella, porque como se bajaba todas las películas antes de que se estrenaran, cuando un cliente quería alquilar alguna les podía contar de qué iba. Además, hacía full contact y, según comprobé, no apeaba el chicle ni para tomar su vodka con naranja. Jesi (dias después sabría que, en realidad, era Jessi) era diferente. No trabajaba, pero estudiaba peluquería por las mañanas y se había apuntado a un curso de CCC de auxiliar de clínica veterinaria que todavía no había empezado. Era una mujer con las ideas claras. Y con aspiraciones. Soñaba con conducir un Porsche Carrera S y me pareció ver un ápice de desilusión en su mirada cuando le dije que yo poseía un Honda Jazz. De hecho estuve a punto de joder la velada cuando añadí que era Jazz con jota de toda la vida.

Afortunadamente no fue así. Jessi soltó un “que mono” y Samantha le dio el segundo y definitivo sorbo a su destornillador. Acto seguido liberó un eructo y se dirigió al baño. Por el rabilló del ojó intenté comprobar si al de señoras o al de caballeros, pero abandoné el esfuerzo para concentrarme en aquella jabata de pelazo rubio teñido y recogido en una coleta atada con una goma con eslabones de color verde eléctrico. Yo opté por no decir ninguna estupidez más y dejé que ella se soltara la melena. Que llevara las riendas un rato. Ya sabéis, para domarla. Que si Chiqui era una envidiosa; que si su madre tenía las mejores tetas del barrio; que si el pitbul de su hermano se había comido al canario… Todo vanalidades. Sólo carraspeé un poco cuando dijo que era votante de derechas, como todos sus conocidos. El capítulo dedicado a la política lo concluyó con un “Tú no serás un rojo de esos”. ¿Quién, yo? Hombre, qué te voy a decir. ¿Yo? Hombre, si te refieres a mí y eso. Yo no voto, zanjé después de hacer el gilipollas durante 43 segundos de reloj. Pues votarás a la derecha, que no me gusta que mi chico sea comunista.

¿Su chico? Se me paró el corazón. Intenté hablar, pero luego pensé que era mejor intentar respirar. A punto estaba de exhalar y de pronunciar una palabra cuando su lengua se introdujo con furia en mi boca, como buscando el frenillo para darle su merecido. Luego me pareció que se dirigía a las amigdalas para, finalmente, recogerse en una décima de segundo. Sólo para coger fuerzas porque, según comprobé, su siguiente misión era recorrer mis labios y mi barbilla. Por si acaso se dirigía a mi nariz, intenté retraerme un poco. Observé que, a pesar de que ella asía con sus dos manos de largos dedos de verdes uñas mi cabeza, sujetandola cual cepo, de tal forma que me era imposible moverla sin morir desnucado, yo mantenía mis brazos semi abiertos sobre su figura, de manera que mis manos permanecían en la postura que habrían adoptado si hubieran entrado en contacto con sus caderas, pero sin tocarlas. Se mantenían como a diez centímetros de ellas. Un detalle que Jessi corrigió liberando mi nuca fugazmente para coger mis extremidades y posarlas sobre su trasero perfecto.

Abrí los ojos y allí estaban Jessi y su sonrisa. Aparté un segundo la mirada y allí estaban Samantha, su chicle y el quinto vodka. Volví a concentrarme en Jessi, pero entonces fue ella la que miró a Samantha para decirle un “me lo quedo”. Y así fue. Cuando consideró que ya me había lamido lo suficiente me pidió que la acompañara a casa. Vivía con sus padres en el barrio geográficamente más alejado del mío. Se empeñó en ir andando, asida a mi brazo. Pasé un poco de miedo, pero aquellos delincuentes parecían conocerla y nos saludaban según nos cruzábamos. Al llegar a su portal sus brazos se tornaron en grapas y volvimos a fundirnos en un solo paladar. Así durante una hora. Después miró el reloj y decidió subir a dormir. No sin antes decirme “no creas que nos vamos a acostar en la primera cita. No soy una chica fácil. Tendrás que esperar a mañana”.

En condiciones normales una proposición para mantener relaciones sexuales me habría llenado de alegría y orgullo. Sin embargo, no sé por qué, en aquel momento tenía un poco de temor y congoja. La congoja permaneció durante todo el trayecto de vuelta a casa, después de comprobar que por aquellos lares no circulaban los taxis. El miedo se me quitó una vez completado el tercer atraco, cuando ya no tenía nada que entregar, y después de que el último yonki se llevara mi Swatch automático.

Paredes imaginarias

Muchas de las grandes decisiones, la mayoría de los inventos más innovadores y la mayor parte de las ideas más audaces se han gestado a raíz de situaciones desesperadas, traumáticas o estresantes. Esto es así. Pongamos algún ejemplo. El teléfono móvil. Nadie pone en duda que quien lo inventó derrochó imaginación y talento, pero ¿por qué puso tanto empeño en esa tarea? Esa es la cuestión. El supuesto más probable, o al menos el que a mí se me antoja más lógico, es que Martin Cooper tuviera entre ceja y ceja inventar ese aparato porque nunca pudo superar el impacto que le supuso llamar por primera vez a la chica que le gustaba, cuando ambos tenían 15 años, desde el salón de su casa, rodeado de sus familiares, abuela materna incluída. Por si esta situación era poco incómoda, al otro lado de la línea encontraría el 50% de las ocasiones al padre de la damisela quien, con tono poco amistoso, le espetaría un “y tú quién coño eres”. Un 40% de las llamadas habrían sido recibidas en primera instancia por la madre de la criatura, quien no habría podido resistir la tentación de interrogar al interlocutor para cotillear sobre su vida. El 10% restante de los telefonazos habrían ido a parar a algún hermano guasón, alguna hermana borde, al perro, al gato o a la empleada del hogar. Jamás a la chica de sus sueños, quien daba la impresión de evitar coger el teléfono, aun si se había concertado una hora exacta para la conferencia. No es de extrañar que Cooper inventara años más tarde el móvil. Si no lo hubiera hecho él, lo habría inventado yo, vive dios.

Y qué decir del dineral que se tuvo que gastar en manutención de niños el que inventó el preservativo. Pudo ser un hombre rico, si lo llega a crear antes, no por los ingresos provenientes de la venta del útil en cuestión, sino porque se habría ahorrado un pastón en pagas de fin de semana. Pero tuvo que ser la desesperación por la cantidad de reclamaciones de paternidad el detonante para que su cerebro generase la idea. Desconozco cuál fue el futuro de aquel insaciable caballero, pero el más irónico de todos habría sido el de padecer disfunción eréctil una vez ingeniado el condón. Perra vida.

El siguiente ejemplo es un supuesto imaginario, porque el aparato no se ha inventado todavía, aunque no tardará en nacer. A ver si adivináis de qué se trata. Una pista. Lo inventará un hombre o una mujer a quien le gustó mucho salir por la noche siendo joven. Se trata de una persona de escasos recursos que se bebía hasta el último euro/peseta de su paga y luego, a las 06:00 volvía andando a casa pasando frío tanto en verano como en invierno. En ocasiones caminaba tres cuartos de hora para llegar al hogar ebrio/a y cansado/a. Seguramente es un habitante de una región lluviosa. No descarto que sea asturiano/a. Sin duda será alguien que tuvo que regresar a casa de madrugada con una cogorza como un calcetín bajo un aguacero que ríete tú del diluvio universal. A estas alturas ya habréis adivinado que me estoy refiriendo al inventor del teletransportador. Otro aparato que vendrá al mundo de la mano de un trauma, en este caso juvenil. Si nadie se me adelanta, este sí que será mío. Más ejemplos.

Además de objetos útiles y entretenimientos absurdos, la desesperación también ha alumbrado decisiones arriesgadas que hoy hemos asimilado como normales. A saber qué hambre habrá pasado el primero que se comió un centollo. Ni me lo quiero imaginar. Vete tú a saber que le pasó por la cabeza a quien por primera vez hizó paté de hígado de pato. Orate, como diría el crucigrama. Qué clase de indisposición mental tuvo que sufrir el creador del reguetón. Inimaginable su sufrimiento. Pero lo más seguro es que el hambre, la fatiga, la angustia o la ansiedad hayan sido la chispa que encendió el motor del ingenio que impulsó estas y otras decisiones. Otras que podríamos calificar de más audaces. A las revoluciones me refiero. Los franceses, gente pacífica y amante del pan poco cocido, tomaron la decisión de cortarle la cabeza a un rey. La desesperación por las penurias que les provocaba la pobreza fue el principal acicate. El tranquilo pueblo ruso, aficionado a las bebidas incoloras, sólo decidió aniquilar a su emperador cuando el desfallecimiento de la plebe llegó a un límite insoportable. En ambos casos -el galo y el bolchevique- las decisiones adoptadas por la ciudadanía desembocaron en situaciones que obligaron a otros ciudadanos a seguir tomando decisiones a la desesperada. Nada es perfecto.

Afortunadamente, los españoles podemos seguir sin tener iniciativas y permanecer con nuestro modo de vida porque la coyuntura actual es una balsa de aceite. Baste con decir que la mayoría de la gente en edad de trabajar tiene un empleo. La mayoría. Y algunos menores también. Y el salario mínimo interprofesional es apenas unos euros más bajo que el de Grecia. Qué sé yo, unos euros de nada. Y en cuanto se privaticen la sanidad y la educación, ambos servicios van a funcionar tal y como quiere el gobierno. Es decir, bien. Por eso en este país nadie toma decisiones intrépidas. Por eso y porque somos unos aburridos. Pero también el aburrimiento ha contribuído a la gestación de buenas ideas en todo el mundo. El curling, la petanca, la masturbación… Son deportes que nacen del tedio. El germen de la poda del bonsay, el mundial de fútbol y los concursos caninos emana de la apatía. También los mimos surgen del hastío. O de la locura, nunca lo sabremos, aunque sus paredes imaginarias podrían ser un parapeto de contención simbólico para ocultar algún trauma o para esconder una realidad que, de llegar nítida a nuestros sentidos, nos obligaría a tomar decisiones. Mimos, una de las peores ideas que ha parido la abulia.

Carpe diem

Prefiero no verlo. Prefiero no saberlo. Nuestro cerebro envía una rápida y precisa orden como autodefensa. No mires. No lo sepas. Hay cosas que es mejor dejar ocultas en lo más hondo del subconsciente. Latentes, sí. Vivas, también. Pero escondidas. Tapadas una y otra vez en cada ocasión que quieran ver la luz. Sepultadas por angustia disfrazada de ignorancia; por mentiras disfrazadas de verdad. Unas veces preferimos evitar nimiedades: emiten una corrida de toros por televisión, cambiemos de canal; el perro está enfermo, dejémosle en el veterinario. Otras, nos blindamos ante nuestro propio futuro, el de nuestros hijos. Nos están empobreciendo. No será hoy. No será mañana. Pero será. Mejor no saber cuándo ni cómo. Mejor no vivir por adelantado. Carpe diem, nos dijeron en el cine. Mejor no empezar a decidir ahora entre las dos únicas salidas que pronto nos van a quedar. Sólo dos. Una es claudicar implorando. La otra la verás cuando abras los ojos.