Paredes imaginarias

Muchas de las grandes decisiones, la mayoría de los inventos más innovadores y la mayor parte de las ideas más audaces se han gestado a raíz de situaciones desesperadas, traumáticas o estresantes. Esto es así. Pongamos algún ejemplo. El teléfono móvil. Nadie pone en duda que quien lo inventó derrochó imaginación y talento, pero ¿por qué puso tanto empeño en esa tarea? Esa es la cuestión. El supuesto más probable, o al menos el que a mí se me antoja más lógico, es que Martin Cooper tuviera entre ceja y ceja inventar ese aparato porque nunca pudo superar el impacto que le supuso llamar por primera vez a la chica que le gustaba, cuando ambos tenían 15 años, desde el salón de su casa, rodeado de sus familiares, abuela materna incluída. Por si esta situación era poco incómoda, al otro lado de la línea encontraría el 50% de las ocasiones al padre de la damisela quien, con tono poco amistoso, le espetaría un “y tú quién coño eres”. Un 40% de las llamadas habrían sido recibidas en primera instancia por la madre de la criatura, quien no habría podido resistir la tentación de interrogar al interlocutor para cotillear sobre su vida. El 10% restante de los telefonazos habrían ido a parar a algún hermano guasón, alguna hermana borde, al perro, al gato o a la empleada del hogar. Jamás a la chica de sus sueños, quien daba la impresión de evitar coger el teléfono, aun si se había concertado una hora exacta para la conferencia. No es de extrañar que Cooper inventara años más tarde el móvil. Si no lo hubiera hecho él, lo habría inventado yo, vive dios.

Y qué decir del dineral que se tuvo que gastar en manutención de niños el que inventó el preservativo. Pudo ser un hombre rico, si lo llega a crear antes, no por los ingresos provenientes de la venta del útil en cuestión, sino porque se habría ahorrado un pastón en pagas de fin de semana. Pero tuvo que ser la desesperación por la cantidad de reclamaciones de paternidad el detonante para que su cerebro generase la idea. Desconozco cuál fue el futuro de aquel insaciable caballero, pero el más irónico de todos habría sido el de padecer disfunción eréctil una vez ingeniado el condón. Perra vida.

El siguiente ejemplo es un supuesto imaginario, porque el aparato no se ha inventado todavía, aunque no tardará en nacer. A ver si adivináis de qué se trata. Una pista. Lo inventará un hombre o una mujer a quien le gustó mucho salir por la noche siendo joven. Se trata de una persona de escasos recursos que se bebía hasta el último euro/peseta de su paga y luego, a las 06:00 volvía andando a casa pasando frío tanto en verano como en invierno. En ocasiones caminaba tres cuartos de hora para llegar al hogar ebrio/a y cansado/a. Seguramente es un habitante de una región lluviosa. No descarto que sea asturiano/a. Sin duda será alguien que tuvo que regresar a casa de madrugada con una cogorza como un calcetín bajo un aguacero que ríete tú del diluvio universal. A estas alturas ya habréis adivinado que me estoy refiriendo al inventor del teletransportador. Otro aparato que vendrá al mundo de la mano de un trauma, en este caso juvenil. Si nadie se me adelanta, este sí que será mío. Más ejemplos.

Además de objetos útiles y entretenimientos absurdos, la desesperación también ha alumbrado decisiones arriesgadas que hoy hemos asimilado como normales. A saber qué hambre habrá pasado el primero que se comió un centollo. Ni me lo quiero imaginar. Vete tú a saber que le pasó por la cabeza a quien por primera vez hizó paté de hígado de pato. Orate, como diría el crucigrama. Qué clase de indisposición mental tuvo que sufrir el creador del reguetón. Inimaginable su sufrimiento. Pero lo más seguro es que el hambre, la fatiga, la angustia o la ansiedad hayan sido la chispa que encendió el motor del ingenio que impulsó estas y otras decisiones. Otras que podríamos calificar de más audaces. A las revoluciones me refiero. Los franceses, gente pacífica y amante del pan poco cocido, tomaron la decisión de cortarle la cabeza a un rey. La desesperación por las penurias que les provocaba la pobreza fue el principal acicate. El tranquilo pueblo ruso, aficionado a las bebidas incoloras, sólo decidió aniquilar a su emperador cuando el desfallecimiento de la plebe llegó a un límite insoportable. En ambos casos -el galo y el bolchevique- las decisiones adoptadas por la ciudadanía desembocaron en situaciones que obligaron a otros ciudadanos a seguir tomando decisiones a la desesperada. Nada es perfecto.

Afortunadamente, los españoles podemos seguir sin tener iniciativas y permanecer con nuestro modo de vida porque la coyuntura actual es una balsa de aceite. Baste con decir que la mayoría de la gente en edad de trabajar tiene un empleo. La mayoría. Y algunos menores también. Y el salario mínimo interprofesional es apenas unos euros más bajo que el de Grecia. Qué sé yo, unos euros de nada. Y en cuanto se privaticen la sanidad y la educación, ambos servicios van a funcionar tal y como quiere el gobierno. Es decir, bien. Por eso en este país nadie toma decisiones intrépidas. Por eso y porque somos unos aburridos. Pero también el aburrimiento ha contribuído a la gestación de buenas ideas en todo el mundo. El curling, la petanca, la masturbación… Son deportes que nacen del tedio. El germen de la poda del bonsay, el mundial de fútbol y los concursos caninos emana de la apatía. También los mimos surgen del hastío. O de la locura, nunca lo sabremos, aunque sus paredes imaginarias podrían ser un parapeto de contención simbólico para ocultar algún trauma o para esconder una realidad que, de llegar nítida a nuestros sentidos, nos obligaría a tomar decisiones. Mimos, una de las peores ideas que ha parido la abulia.

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