Con jota de toda la vida (I)

No supe interpretar los mensajes que me envió casi desde el primer día. No conozco al hombre que pueda sustituirte, me decía. Está por llegar quien te supere en la cama, proclamaba. Lejos de tomarme esas expresiones como augurios, preferí asumirlas como halagos. Fue algo irracional, ya que estaba absolutamente cegado por la arrolladora personalidad, el impactante cuerpo y la fascinante locuacidad de aquella diosa de leggins imposibles, tacones improbables y top de leopardo inaudito.

Yo siempre había pensado que una mujer así jamás estaría a mi alcance, por lo que salir con ella inflaba mi autoestima de tal forma que me convertía en inmune a cualquier advertencia externa directa o indirecta. No es tu tipo, decían mis amigas. Allá tú, decían mis amigos. Tiene pinta de putuca, susurraba mi abuela. No te habrás hecho poligonero, inquirían mis hermanos. ¿Pensaban acaso que ella era una poligonera? Por dios. Imposible. Desconocían que la única vez que alguien osó llamarla “choni” no tuvo reparos en partirle la cara al chaval. Sin importarle que éste tuviera 8 años y fuera en silla de ruedas. Choni. Sí, hombre. El niño ese no volvió a pensar tal cosa. Al menos en alto. Que yo sepa.

Nos conocimos, como suele pasar con todas las grandes historias de amor, una noche de borrachera. Yo necesitaba ir al baño y decidí meterme en el primer garito que vi. Los porteros no querían dejarme pasar porque llevaba zapatos y calcetines grises con rayas azules a juego con mi “ropa de ligar”, la que me ponía todos los viernes. Ya me iba a otro bar cuando ella intercedió y los gorilas me abrieron la puerta, no sin antes llamarme “payo” unos de ellos y “trucha” el otro. Lo de payo lo entendí a la primera, pero lo de trucha me dejó a cuadros. Pasé seis horas buscando el significado de tal expresión en Google y sigo sin entender a qué carajo se refería aquel tipo de cuello inabarcable.

Satisfecha mi imperiosa necesidad fisiológica me precipité hacia la salida perseguido por el reguetón, que sonaba a un volumen tan alto que supuse que dios estaría perreando con algún ángel, clamando por más gasolina. Justo entre la puerta y la máquina de tabaco estaba ella. Despampanante. Llevaba unos shorts justo por encima de la ingle. Rejilla. Un top blanco atado como con cuerdas a la espalda. Y unos taconazos de color fucsia. Su aspecto me pareció más que correcto al lado del pantalón de chandal Adidas de su amiga. Sopesé decirle algo varonil, pero preferí liquidar el asunto con un escueto gracias. Lo dije casi de la que salía por la puerta esquivando a los gorilas porque suponía que ella me mandaría al carajo, pero, lejos de eso, soltó un “de nada, hombre. Tómate una”.

Tómate una. Toma ya. Estoy on fire. Antes de lanzar alguna de mis célebres frases de ligar me aseguro de que no tiene nuez. Lo hago de forma disimulada. Es fácil porque con esas agujas prácticamente me saca la cabeza. Perfecto, es hembra. Entro suave. La clásica presentación. Su amiga es Samanta (días después sabría que, en realidad, era Samantha) y ella Yesi. Como Boris, bromeé yo. Con la reproducción exacta que cualquier actor de método querría adoptar de una cara de extrañeza ella dijo “no, Yesi de Yésica”. Me habría gustado contar que esa fue mi única chanza incomprendida con su nombre, pero es que acto seguido, no me preguntéis por qué, dije “Yesi, con y griega”. Ahí la mueca se tornó ligeramente en lo que se podría calificar de desprecio. O asco, tal vez. Pero en seguida recuperó la sonrisa para explicar que no, que con jota de toda la vida.

Samantha trabajaba en un videoclub. Aseguraba que aquel era el trbajo perfecto para ella, porque como se bajaba todas las películas antes de que se estrenaran, cuando un cliente quería alquilar alguna les podía contar de qué iba. Además, hacía full contact y, según comprobé, no apeaba el chicle ni para tomar su vodka con naranja. Jesi (dias después sabría que, en realidad, era Jessi) era diferente. No trabajaba, pero estudiaba peluquería por las mañanas y se había apuntado a un curso de CCC de auxiliar de clínica veterinaria que todavía no había empezado. Era una mujer con las ideas claras. Y con aspiraciones. Soñaba con conducir un Porsche Carrera S y me pareció ver un ápice de desilusión en su mirada cuando le dije que yo poseía un Honda Jazz. De hecho estuve a punto de joder la velada cuando añadí que era Jazz con jota de toda la vida.

Afortunadamente no fue así. Jessi soltó un “que mono” y Samantha le dio el segundo y definitivo sorbo a su destornillador. Acto seguido liberó un eructo y se dirigió al baño. Por el rabilló del ojó intenté comprobar si al de señoras o al de caballeros, pero abandoné el esfuerzo para concentrarme en aquella jabata de pelazo rubio teñido y recogido en una coleta atada con una goma con eslabones de color verde eléctrico. Yo opté por no decir ninguna estupidez más y dejé que ella se soltara la melena. Que llevara las riendas un rato. Ya sabéis, para domarla. Que si Chiqui era una envidiosa; que si su madre tenía las mejores tetas del barrio; que si el pitbul de su hermano se había comido al canario… Todo vanalidades. Sólo carraspeé un poco cuando dijo que era votante de derechas, como todos sus conocidos. El capítulo dedicado a la política lo concluyó con un “Tú no serás un rojo de esos”. ¿Quién, yo? Hombre, qué te voy a decir. ¿Yo? Hombre, si te refieres a mí y eso. Yo no voto, zanjé después de hacer el gilipollas durante 43 segundos de reloj. Pues votarás a la derecha, que no me gusta que mi chico sea comunista.

¿Su chico? Se me paró el corazón. Intenté hablar, pero luego pensé que era mejor intentar respirar. A punto estaba de exhalar y de pronunciar una palabra cuando su lengua se introdujo con furia en mi boca, como buscando el frenillo para darle su merecido. Luego me pareció que se dirigía a las amigdalas para, finalmente, recogerse en una décima de segundo. Sólo para coger fuerzas porque, según comprobé, su siguiente misión era recorrer mis labios y mi barbilla. Por si acaso se dirigía a mi nariz, intenté retraerme un poco. Observé que, a pesar de que ella asía con sus dos manos de largos dedos de verdes uñas mi cabeza, sujetandola cual cepo, de tal forma que me era imposible moverla sin morir desnucado, yo mantenía mis brazos semi abiertos sobre su figura, de manera que mis manos permanecían en la postura que habrían adoptado si hubieran entrado en contacto con sus caderas, pero sin tocarlas. Se mantenían como a diez centímetros de ellas. Un detalle que Jessi corrigió liberando mi nuca fugazmente para coger mis extremidades y posarlas sobre su trasero perfecto.

Abrí los ojos y allí estaban Jessi y su sonrisa. Aparté un segundo la mirada y allí estaban Samantha, su chicle y el quinto vodka. Volví a concentrarme en Jessi, pero entonces fue ella la que miró a Samantha para decirle un “me lo quedo”. Y así fue. Cuando consideró que ya me había lamido lo suficiente me pidió que la acompañara a casa. Vivía con sus padres en el barrio geográficamente más alejado del mío. Se empeñó en ir andando, asida a mi brazo. Pasé un poco de miedo, pero aquellos delincuentes parecían conocerla y nos saludaban según nos cruzábamos. Al llegar a su portal sus brazos se tornaron en grapas y volvimos a fundirnos en un solo paladar. Así durante una hora. Después miró el reloj y decidió subir a dormir. No sin antes decirme “no creas que nos vamos a acostar en la primera cita. No soy una chica fácil. Tendrás que esperar a mañana”.

En condiciones normales una proposición para mantener relaciones sexuales me habría llenado de alegría y orgullo. Sin embargo, no sé por qué, en aquel momento tenía un poco de temor y congoja. La congoja permaneció durante todo el trayecto de vuelta a casa, después de comprobar que por aquellos lares no circulaban los taxis. El miedo se me quitó una vez completado el tercer atraco, cuando ya no tenía nada que entregar, y después de que el último yonki se llevara mi Swatch automático.

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