Con jota de toda la vida (II)

Me desperté todavía aturdido por el episodio voráz de la noche anterior. Un chupetón de seis centímetros de diámetro daba fe de que no había sido un sueño. Estaba intranquilo. Excitado. No en el plano sexual, a pesar de que tenía la promesa de que ese día triunfaría por todo lo alto. Era una exitación emocional. Una mezcla de sentimientos inconexos aderezados con la resaca, agitados pero no batidos. Siete segundos después de encender el móvil recibí el primero de los veintitrés mensajes que Jessi me mandaría durante la mañana. A mediodía decidí llamarla porque calculé que ponerle una conferencia desde Ontario saldría más barato que tanto sms. Además no entendía la mitad de las cosas que me escribía. Que si KDMS, que si MXA, que si SMTHA. No había dios que entendiera aquel lenguaje. Empecé a pensar que igual no me había percatado de que le faltaban dedos. Luego recordé la pinza que me aplicó en la nuca y descarte esa posibilidad.

Quedamos para tomar un café a eso de las siete. Normalmente suelo pasar las tardes de los sábados perdiendo el tiempo en casa mientras me recupero de la juerga del viernes para poder volver a salir. Llego antes que ella. Concretamente cuarenta minutos antes. Que perdón por el retraso. Que qué bien me lo pasé anoche. Que qué hacemos hoy. Yo tenía previsto decirle que había sido un placer conocerla y que hasta otra, pero dos factores fundamentales me hicieron cambiar de idea: 1) Me dio miedo. 2) El cuerpazo de infarto que gastaba la Jessi no lo cataba yo desde que me abracé borracho a no sé qué estatua de una sirena en Copenhague. Al ver su indumentaria comprendí que se hubiese retrasado. Sólo para dibujarse ese pantalón en las piernas habría necesitado toda la mañana. Se lo comento y se ríe. Que no, tonto, que son pitillo. No lo discuto. Son pitillo. E intuyo que azules, porque las botas que calza le llegan casi hasta el culo. Enormes botas. Casi tan altas como los tacones. Y la cosa que llevaba a modo de blusa o top o vete a ser tú; la prenda esa, de diseño inabarcable e incomprensible para la mente humana; esa especie de venda fosforito que no sé cómo sabe la tía por dónde tiene que meter los brazos y por dónde la cabeza, me estaba volviendo loco. Porque dejaba ver casi todo, más que nada.

Levanté la mirada para cerciorarme definitivamente de que no tenía nuez. Todo en orden. A ella parecía no importarle que fuera incapaz -porque intentarlo, lo intenté- de mirarle a los ojos. Daba la impresión de que estaba acostumbra. Hasta cómoda. A la media hora dejé de disimular. Ella seguía concentrada en contarme toda su vida. Que si su madre tenía muy mala suerte con los hombres; que si Samantha podía tumbar a un buey bebiendo copas; que si el Yoni “había petao el M3 contra un peseto”; que si la Trini se había liado con un tío casado que era un gilipollas y que la dejó embarazada dos veces. Ahí sí que alcé la vista ¿Cómo? ¿Dos veces? ¿Quién era el gilipollas en esa relación? Anoté mentalmente hasta sesenta preguntas diferentes sobre aquel episodio concreto, pero las fui descartando a medida que mi cerebro asimilaba las distintas historias que Jessi me narró en apenas dos horas y que ya tendré tiempo de comentar, aunque sea fugazmente.

Yo poca cosa conté. Que si era periodista; que si vivía solo; que si odiaba las mascotas. Ahí me interrumpió para proclamarse amante de los perros, supongo que en sentido figurado. También me recomendó comprarme uno de no sé qué país oriental y auguró que un día tendríamos tres. Todos distintos. Todos de razas peligrosas. Entre los animales de pelea y las rupturas sentimentales de todas su amigas estuvimos entretenidos lo suficiente como para que nos diera la hora de cenar. Propuse un libanés. Rechazó, según confesó, porque no le gusta la comida sudamericana. Que tiene unos vecinos que no sabe muy bien de dónde provienen, pero que son machupichu, y que la invitaron un día a comer. Jura entre risas que regurgitó las viandas antes de abandonar la vivienda. Yo la creo a pies juntillas.

Total, que fuimos a un italiano. Uno de la cadena Telepizza. Aprovechamos no sé qué oferta que nos proporcionaba tres pizzas más de las que una cuadrilla de camioneros podría tragar a lo largo de dos días. Nos daban gratis una botella de Coca-cola de un litro. Un chollo. El servicio fenomenal. En la media hora que estuvimos allí, sobremesa incluida, siete de sus convecinos amagaron con sentarse a nuestra mesa. Jessi los rechazaba amable y con una sonrisa pícara les decía que estábamos empezando. Una chica que juraría que dijo que se llamaba Besamel -no entendí muy bien el nombre, la verdad- dijo “qué bonito” como siete veces antes de sentarse en la mesa contigua a devorar dos pizzas medianas, unas alitas de pollo y una lata de Fanta que le habían dado por la patilla. Otro chollo. En el telepizza, al menos en aquel, no tienen licores digestivos, por lo que pedimos un par de cervezas. Yo acabaría tirando la mía por el retrete. Que por qué te llevas la birra al váter. Para parecer una fuente. No lo coge. No intento explicarlo. A mi regreso del lavabo me espeta un “vamos a tomar una” y me saca en volandas del local.

La Jessi no coge un peseto ni aunque la maten viva. Lo dice ella, no yo. Son sus palabras literales. Debe ser por eso que me hace caminar 25 minutos hasta llegar al primer bar. Mi esperanza de que al ser temprano no haya tugurios en los que sólo pinchen reguetón se desvanece cuando todavía estamos a unos cien metros del antro en cuestión. Otra vez los gorilas que si voy vestido raro, pero no me impiden entrar. El local es horrible, con luces espantosas y música infernal. Hay poca gente, pero a pesar de ello distingo a los siete del Telepizza, a Samantha y su pareja y al que me robó el Swatch. Hoy se va a joder. Llevo un Lorus que me regaló mi tía cuando acabé la carrera. Chúpate esa.

Samantha estaba con su novio. El Charly. Es imposible que sus pies rellenen esos playeros, a no ser que padezca elefantiasis. Pobre chaval. Tan jóven. Y a pesar de esa discapacidad trabaja de mecánico en el taller de su padre. Modelo de superación. Su buga es uno “to tuneao” que hay aparcado fuera. No es que me interese, pero pregunto cuál de ellos. El morado con la tapicería amarilla. Me lo temía. Que a cuánto se pone mi Jazz. Qué sé yo. A cien por hora fijo. A partir de ahí es un misterio. Se ofrece a hacerme un apaño en mi carro. Me lo pensaré, gracias, Carlos. Se ofende. Que cómo que Carlos. Saca el carnet de identidad y, efectivamente, es Charli. Con i latina de toda la vida. Presento mis disculpas y pido mi segundo ron con cola, el primero de Jessi, el cuarto vodka de Samantha y sexto botellín de Red Bull de Charli. Pago yo para descargar tensión. Todavía no es medianoche. El tiempo, cuando quiere, es un hijoputa.

Mientras yo estaba en la barra deciden cambiar de establecimiento hostelero. Es decir, ir a moverla por ahí. La Jessi en taxis no, pero en coches tuning bien agusto. Dice que Pichurri y ella irán atrás. Busco desconcertado al quinto acompañante durante los segundos que tardo en comprender que pichurri soy yo. Y subo al artefacto. Un tanto acojonado. Al menos el Charli no ha bebido alcohol. No estoy seguro, pero creo que el ovni que conduce antes era un Clio. O un Corsa. Afortunadamente el volumén de la música amortigua el ruido del motor. Desgraciadamente, el terciopelo de los asientos ha activado mi alergia. Jessi me acaricia la nuca y me tranquilizo unos segundos. Justo hasta que samantha dice “cari, por ahí no vayas que hay controles de drogas”.

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