Mayorías

Hay ciudadanos, de los de a pie de toda la vida, que no objetan cuando instituciones extranjeras o nacionales ponen en duda la productividad de los trabajadores españoles. Los hay también que no dudan que en este país hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Incluso alguno hay que asegura entender qué significa tal consideración. Un buen número asume como necesarios los recortes, que lo son de derechos sociales cuya consecución derramó sangre a lo largo de mucho tiempo. Otro grupo no menos generoso de personas incluso estaría dispuesto a cercenar el estado de bienestar con tal de conservar un salario mileurista. Minorías, diréis. Mayorías, responderé.

Con jota de toda la vida (IV)

Ponemos rumbo hacia el deseo. Lamenta que no haya traído mi Jazz para darnos un revolcón en él. No sé yo si cabríamos. La consuelo ofreciéndo mi apartamento. Acepta. Ahora soy yo el que lamenta no haber llevado el coche. Estamos como a mil kilómetros de mi barrio. Unos 40 minutos de recorrido en los que podemos seguir hablando durante los ratos que nos nos paramos a mantener encendida la llama. Una llama que ríete tú de la de Barcelona 92. Caminamos abrazados. Jessi me completa la información que me faltaba de su familia. Al igual que yo, es la mayor de tres hermanos. Es el destino. Está ella, Quevin (luego me enteré de que era Kevin, con Ka de toda la vida) y Sara. ¿Sara? ¿Seguro? Sí, Sara, qué pasa. Nada, nada.

Es poner un pie en el portal de mi edificio y nos volvemos a acoplar como un transbordador y la estación espacial internacional. Yo ahora juego a esquivar su lengua porque tengo agujetas en la mía. En el ascensor le sugiero que frene su ímpetu porque corremos el riesgo de quedarnos atrapados y a ver cómo explico yo la escena a los bomberos que nos rescaten. El séptimo. Por fin. El apartamento le parece pequeño, pero mono. Mini cocina, salón con balcón, baño y habitación. De sobra. La casa se ve rápido y ella tiene prisa por ir al domitorio. Que si no tengo un contenedor cerca para tirar toda esa antigüalla. Que un día viene con Kevin en su coche y se la llevan al basurero si quiero. No quiero. Mi colección de vinilos es sagrada. Repentinamente recuerda que en su casa tiene algunos discos de esos de plástico. Que ya me los dará la próxima semana cuando vaya a conocer a sus padres (luego me enteraría de que se refería a su madre y a su último novio). Ahí mi corazón dejó de latir. Pero si la acabo de conocer hace 24 horas. Decido aclararle un par de cosas pero antes de abrir la boca ya estoy tumbado sobre la cama con una felina invertebrada encima.

Las botas son fáciles de quitar porque una larguísmo cremallera las recorre de arriba a abajo por un lateral. Con la prenda inclasificable que usaba a modo de camiseta o lo que fuera hubo alguna complicación. Ahora, en aquel momento habría vendido mi alma por una espátula para despegarle los pantalones de la piel. Llegué a pensar que había nacido con ellos puestos. Después de veinte minutos Jessi decidió acertadamente que mejor se los quitaba ella. Asombroso. Dos movimientos y estaban fuera. Tenía que haberlo grabado. Estuve a punto de pedirle que lo repitiera, pero a ambos nos quedaba ya muy poca ropa encima.

Qué manera de moverse. No me extraña que esté en tan buena forma. Jessi lleva el tempo, el ritmo y hasta la melodía. Porque silenciosa no es. Yo soy muy torpe, pero a ella eso no la amedrenta lo más mínimo. Es concienzuda y está dispuesta a obtener su satisfacción aunque me tenga que exprimir. Y lo hace. Al menos un par de veces. Imagino que al acabar me dice que es su primera vez. Contengo la risa. Intento concentrarme pero se me han metido en la cabeza The boys con su First Time. Afortunadamente el último alarido de Jessi me saca del trance. Comienzo a desear que acabe cuanto antes porque físicamente no puedo más. Estoy literalmente exhausto. Cuando, finalmete, aplica su último contoneo se desploma sobre mí.

Permanecemos abrazados como media hora. Después accede a desatarme. Amanece. Que no es poco, pienso. Nos vestimos y la llevo a casa. Le gusta mi Jazz. Es mono. Sólo le cambiaría la tapicería y el color. Y le añadiría un par de detalles para que parezca más deportivo. Que para qué quiero seis airbags. Que si tengo pensado estrellarme. Pues no, la verdad. El resto del viaje lo pasaría pensando si ese tipo de comentarios los hace en broma o en serio. Una duda que jamás vería satisfecha. Llegamos a su casa. Beso casto en el portal y un hasta luego. Que ya me mandará un sms. Mejor ya te llamo yo.

Vuelvo a casa como conduciendo una nube. Despacio. Cediendo el paso incluso a las palomas. En un semáforo me tiro diecisite minutos hasta que un yonki consigue cruzar. No importa. No hay prisa. Tengo una sonrisa que comunica mis dos orejas. Se borra cuando diviso a lo lejos a mis amigos, que vuelven caminando a casa con una moña de seis grados en la escala Yeltsin. No me encuentro en condiciones de explicar por qué no he llamado, por qué no he respondido a sus llamadas, por qué desaparecí el viernes ni qué carajo hago en coche a esas horas de la mañana. Aparco el pequeño Honda y reclino totalmente el asiento. Decido esperar tumbado a que se vayan. Supongo que lo consigo. No lo sé exactamente porque en el mismo segundo en el que adopto la posición horizontal me duermo profundamente y no me desperataré hasta que, tres horas más tarde, una señora intenta sacar su voluminoso Mercedes por la puerta de un garage cuyo vado permanente estoy obstaculizando. Arranco y me voy cantando oh, oh, oh, oh, please be kind. Ese domingo tendré un dolor de espalda legendario.

Heroínas

Pocas cosas tan dadas a la literatura como la masturbación. Estaría escribiendo horas. Pero del caso de Los Yébenes lo que más me preocupa es lo de la dimisión. Se somete a pleno este jueves, por cierto. He visto el vídeo erótico de Olvido Hormigos (erótico, sí, de pornográfico no tienen nada, al menos la parte que yo vi) y confieso que he sido incapaz de apreciar en él delito alguno. Sí es verdad que el balance de blancos no estaba bien hecho y que el encuadre no es el más adecuado, pero no creo que eso sea para ir a la cárcel. No hay rastro, sin embargo, de prevaricación, tráfico de influencias, cohecho, apropiación indebida o cualquier delito de los que están a la orden del día en cualquier ayuntamiento de bien. Vamos, que la única infracción de la ley es la de quienes hicieron pública la grabación. A éstos si que habría que sancionarles. Y, en caso de ser personajes públicos, se esperaría de ellos la dimisión en el mismo momento de su imputación, como tantos y tantos políticos no han hecho en España en los últimos años. Desde mi punto de vista, el único conflicto que ha podido generar el plano fijo del cuerpo desnudo de la concejala se restringe al ámbito de lo privado. Y tendrá que ser en su casa, reunida con su marido e hijos, donde dé las explicaciones que le parezcan oportunas.

 

A la edil sólo le reprocho dos cosas. Una, que tenga la cobardía de dimitir. El vídeo nunca debió trascender, pero si ocurrió en parte fue por su culpa, ya que fue la primera emisora de la grabación, además de la autora de la secuencia. Sin embargo, una vez que se ha hecho público y que lo he visto hasta yo; una vez que ya no hay más opciones que levantar la cabeza y asumir lo ocurrido, Hormigos prefiere desaparecer de la vida pública. Dimite voluntariamente sin tener en cuenta que  la atención de los medios y de las redes sociales hacia su caso se disipará con la misma rapidez tanto si sigue trabajando como si no. Olvido, querida, ya da igual. Todos hemos visto tus bonitos pechos, déjanos ver ahora tu orgullo, mujer. Que no te pisoteen.

 

También le reprocho que no haya solicitado la concejalía de turismo del Excelentísimo Ayuntamiento de Los Yébenes. Porque ha hecho por su localidad más que cualquier subvención para la promoción del municipio. Nos lo ha puesto en el mapa de España de la misma forma que Cecilia puso a Borja en boca de medio mundo. A ambas les criticaron por alumbrar sendas obras de arte. La de la zaragozana sólo el tiempo dirá cuánto llegará a cotizarse. La de la toledana dejará sus beneficios a una web pornográfica. Las dos fueron objeto de burla. A las dos se las acabará respetando más que a quienes las insultaron. Más que a quienes vieron sus pajas (en el ojo ajeno, se entiende) en lugar de las vigas propias. Las críticas feroces convierten a ambas en improvisadas heroínas.

Con jota de toda la vida (III)

Si hubiera ido andando a aquel tugurio habría tardado menos, pero me habría perdido las historias de Samantha y Charli. A destacar la de aquella vez que ella le practicó una felación mientras él conducía y casi se estrellan contra un camión de la basura. Todo esto contado con otras palabras y aportando todo lujo de detalles. También interesante la vez que discutieron, se pegaron, y acabaron ambos inconscientes. Jessi ya conocía esos episodios, pero se reía igualmente. Decoraba cada frase de Samantha y de Charli con un “de puta madre” que aveces recortaba para soltar un “de puta”. Después comprobaría que esa muletilla era aplicable a mis comentarios o, incluso a los suyos propios. Cuando llegamos a nuestro destino le recordé a Charli que apagara la música. Pero si ya lo hice, payo. Así era. Lo que sonaba salía directamente del establecimiento hostelero que estábamos a punto de visitar y que distaba 300 metros.

Como en el antro no había cobertura 3G tuve que salir a consultar en Google si la elefantiasis era contagiosa, porque allí casi todo el mundo tenía unos pies como los de Mazinguer Z un día de calor. Después de 10 minutos, conseguí que los porteros me dejaran entrar otra vez. Jessi y compañía se habían encontrado con otro grupo de su pandilla. Me los presentó y luego no separamos de ellos con la excusa de que “estamos empezando”. Jessi pronunciaba esa frase con una sonrisa impecable, que dejaba ver la perfección de sus dientes y que iluminaba su cara de forma que su belleza natural resplandecía. Era el único momento en el que podías evitar mirarle el escote. Total, que nos separamos como un metro y medio del resto de la banda. Yo quería conocer más cosas de su vida. Ella prefirió la guerra de lenguas. Sin cuartel. Sin prisioneros. A muerte. Perdió la mía. La suya era un músculo fomidable. Habría podido levantar un ternero con ella. Qué cosa. Era una lengua constrictor. Seguro.

En un receso pactado para pedir unas copas aproveché para tratar de conversar un poco. Le hablé de mi hermano, de mi hermana, de mis padres y de alguno de mis amigos. Como eran historias normales ella recuperó el liderazgo de la charla para darme los detalles de los recién incorporados al grupo.Por un lado estaba la pareja formada por Efrén y Déborah (después sabría que, en realidad, era Débora). Él era albañil y estaba en paro. Vestía unos pantalobnes super anchos, calzoncillos CK, camiseta de tirantes negra, playeros en los que cabría un setter irlandés, cadena que podría ser del mismo setter y gorra. Sólo había estado una vez en la cárcel. Débora trabajaba con niños. Los cuidaba en una guardería. Según Jessi, le encantaban los críos. De hecho, Efrén y ella tenían uno de dos años. Lo habían dejado en casa de unos vecinos porque la última vez que salieron de copas con él, la policía les detuvo por dejar al pequeño en el coche y por el tumulto que formaron después. Al parecer ni los padres del menor ni los amigos de éstos entendían por qué no se podía quedar el chiquillo durmiendo en el buga, si total estaba aparcado a 10 metros del garito donde estaban tomando copas. Putos maderos.

También estaba Rosa. Auxiliar de farmacia. Muy mona. Sin la exuberancia de Jessi, desde luego. Muy callada. A ella le tocó ir esa noche de chandal, parece ser. Sólo la chaqueta. Sobre las piernas un cinturon ancho que dejaba ver un tatuaje allí donde la espalda… En el culo, vamos. Lo tenía en el culo. Aún así, después resultaría ser la más normal. Junto a ella, Besamel. O algo así. Trabajaba en un supermercado del barrio. Medía con tacones un metro noventa centímetros y calculo que pesaba 100 kilos. Vamos a ver, la minifalda no le quedaba bien. Ya está. Ya lo he dicho. Tampoco la blusa transparente con un enorme escote en la espalda que cruzaba un sujetador negro en el que, atado a un par de árboles, podría haber dormido yo una siesta épica. Nos miraba constantemente con ojos dulzones. Creí que se iba a echar a llorar cuando Jessi me metió la lengua por la oreja derecha.

Había tres personas más. Otra pareja, formada por Adrián y Rebeca, famosos por haber copulado en los baños del McDonalds. Varias veces. Si no estáis impresionados es porque no sabéis que los aseos de esa hamburguesería están en la zona infantil. Habían tenido un Astra que luego reconvirtieron en una altavoz con ruedas naranja y verde. Gran combinación. Él era ingeniero químico y ella trabajaba en El Corte Inglés. El que me queda por presentar es Senén. Un tipo callado. Peligroso. Ese día había dejado los playeracos en casa para lucir unos zapatos de simil-piel-cocodrilo de puntera imposible. Casi afilados. Camisa blanca, cuellos subidos, mangas desabotonadas y dragón dorado y negro en la espalda. Cadena de setter. Gomina a frasco por noche. Hasta en la perilla. Un donjuán. Sin ocupación conocida. Conduce un TT con poco tuning. El justito, dice él. Para no llamar la atención.

Avanzaba la noche entre anécdotas y magreos y decidimos cambiar de ambiente. Menos mal , pensé, otro tipo de bar es justo lo que más me apetece. Según estaba discurriendo la velada, y ante la certeza de que iba a tener sexo, dudé entre dejar de beber alcohol, para tener buena disponibilidad para la faena, o emborracharme hasta las trancas y que fuera lo que el cielo quisiera. Acordé conmigo mismo que mejor un término medio. De todas formas lo iba a decidir Jessi por mí. Al llegar al nuevo pub advertí que en el exterior estaban aparcados los mismos coloridos coches y en el mismo orden exacto que en el anterior lupanar. Intuí que el cambio de ambiente iba a ser ligero. Puntual. Inexistente, vamos.

Y acerté. Reguetón. Luces de emergencia vibrantes y, eso sí, menos zapatillas voluminosas y más calzado chupamelapunta. Camisas con dibujos irracionales para ellos y amplia gama de tops, blusas y minicamisetas ceñidísmas para ellas. Jessi quiere bailar un poco. Me lo temía. Se mueve como si careciera de columna vertebral. Me toma de la mano y me lleva hasta la pista. Doy gracias a dios de que las probabilidades de que esté presente algún conocido son nulas o negativas. Intento moverme, pero no sé cómo. Sospecho que si hago la gracia de bailar a lo Toni Manero voy a hacer más el ridículo y me van a sacar a hostias de allí. Una gota de sudor comienza a recorrer mi frente cuando Jessi pega su espectacular trasero a mi entrepierna. Se restriega. Con afán. Yo ya dejo de moverme, porque para qué. Si ya da igual. La canción es interminable. Supuestamente cantan en castellano pero yo no entiendo nada. Me concentro en la letra del tema para no pensar en lo mal que lo estoy pasando. Pero no hay manera, no distingo ni una palabra. Ojalá pincharan la de la gasolina. Jessi se da la vuelta para agitarse arriba y abajo mientras se frota contra mi muslo. Dónde quedaron las composiciones de dos minutos y medio. Nadie lo sabe. Para no parecer la barra sobre la que baila una estriper opto por cogerla por las caderas o algo. Qué sé yo. Cualquier cosa excepto imitar a Adrián y Rebeca, que simulan un coito. O no. Con ellos nunca se sabe.

A pesar de que Jessi quiere ejecutar su danza salvaje durante otra canción más, la arrastro hacia la barra con la excusa de otra copa. Vuelvo a pagar otra ronda. Nos separamos un metro y medio del grupo que no baila y volvemos a intentar hacer un doble Wilson con nuestras lenguas. Lo que sea antes de volver a la pista. Hasta le pongo las manos en el culo antes de que me obligue ella a hacerlo. Mientras me besa se mueve como una anguila. Se aprieta. No, se espachurra. Estoy cachonda, susurra. Quién lo diría, pienso. No lo digo, claro. Ya tengo bastantes pruebas de que nuestros sentidos del humor distan uno o dos años luz. Vámonos, sugiere. Ni dos segundos tardo en quitarle las zarpas del trasero para cogerla de la mano y salir por la puerta mientras ella lanza una sonrisa a sus amigas a la vez que se despide con la mano en plan infanta.