Con jota de toda la vida (III)

Si hubiera ido andando a aquel tugurio habría tardado menos, pero me habría perdido las historias de Samantha y Charli. A destacar la de aquella vez que ella le practicó una felación mientras él conducía y casi se estrellan contra un camión de la basura. Todo esto contado con otras palabras y aportando todo lujo de detalles. También interesante la vez que discutieron, se pegaron, y acabaron ambos inconscientes. Jessi ya conocía esos episodios, pero se reía igualmente. Decoraba cada frase de Samantha y de Charli con un “de puta madre” que aveces recortaba para soltar un “de puta”. Después comprobaría que esa muletilla era aplicable a mis comentarios o, incluso a los suyos propios. Cuando llegamos a nuestro destino le recordé a Charli que apagara la música. Pero si ya lo hice, payo. Así era. Lo que sonaba salía directamente del establecimiento hostelero que estábamos a punto de visitar y que distaba 300 metros.

Como en el antro no había cobertura 3G tuve que salir a consultar en Google si la elefantiasis era contagiosa, porque allí casi todo el mundo tenía unos pies como los de Mazinguer Z un día de calor. Después de 10 minutos, conseguí que los porteros me dejaran entrar otra vez. Jessi y compañía se habían encontrado con otro grupo de su pandilla. Me los presentó y luego no separamos de ellos con la excusa de que “estamos empezando”. Jessi pronunciaba esa frase con una sonrisa impecable, que dejaba ver la perfección de sus dientes y que iluminaba su cara de forma que su belleza natural resplandecía. Era el único momento en el que podías evitar mirarle el escote. Total, que nos separamos como un metro y medio del resto de la banda. Yo quería conocer más cosas de su vida. Ella prefirió la guerra de lenguas. Sin cuartel. Sin prisioneros. A muerte. Perdió la mía. La suya era un músculo fomidable. Habría podido levantar un ternero con ella. Qué cosa. Era una lengua constrictor. Seguro.

En un receso pactado para pedir unas copas aproveché para tratar de conversar un poco. Le hablé de mi hermano, de mi hermana, de mis padres y de alguno de mis amigos. Como eran historias normales ella recuperó el liderazgo de la charla para darme los detalles de los recién incorporados al grupo.Por un lado estaba la pareja formada por Efrén y Déborah (después sabría que, en realidad, era Débora). Él era albañil y estaba en paro. Vestía unos pantalobnes super anchos, calzoncillos CK, camiseta de tirantes negra, playeros en los que cabría un setter irlandés, cadena que podría ser del mismo setter y gorra. Sólo había estado una vez en la cárcel. Débora trabajaba con niños. Los cuidaba en una guardería. Según Jessi, le encantaban los críos. De hecho, Efrén y ella tenían uno de dos años. Lo habían dejado en casa de unos vecinos porque la última vez que salieron de copas con él, la policía les detuvo por dejar al pequeño en el coche y por el tumulto que formaron después. Al parecer ni los padres del menor ni los amigos de éstos entendían por qué no se podía quedar el chiquillo durmiendo en el buga, si total estaba aparcado a 10 metros del garito donde estaban tomando copas. Putos maderos.

También estaba Rosa. Auxiliar de farmacia. Muy mona. Sin la exuberancia de Jessi, desde luego. Muy callada. A ella le tocó ir esa noche de chandal, parece ser. Sólo la chaqueta. Sobre las piernas un cinturon ancho que dejaba ver un tatuaje allí donde la espalda… En el culo, vamos. Lo tenía en el culo. Aún así, después resultaría ser la más normal. Junto a ella, Besamel. O algo así. Trabajaba en un supermercado del barrio. Medía con tacones un metro noventa centímetros y calculo que pesaba 100 kilos. Vamos a ver, la minifalda no le quedaba bien. Ya está. Ya lo he dicho. Tampoco la blusa transparente con un enorme escote en la espalda que cruzaba un sujetador negro en el que, atado a un par de árboles, podría haber dormido yo una siesta épica. Nos miraba constantemente con ojos dulzones. Creí que se iba a echar a llorar cuando Jessi me metió la lengua por la oreja derecha.

Había tres personas más. Otra pareja, formada por Adrián y Rebeca, famosos por haber copulado en los baños del McDonalds. Varias veces. Si no estáis impresionados es porque no sabéis que los aseos de esa hamburguesería están en la zona infantil. Habían tenido un Astra que luego reconvirtieron en una altavoz con ruedas naranja y verde. Gran combinación. Él era ingeniero químico y ella trabajaba en El Corte Inglés. El que me queda por presentar es Senén. Un tipo callado. Peligroso. Ese día había dejado los playeracos en casa para lucir unos zapatos de simil-piel-cocodrilo de puntera imposible. Casi afilados. Camisa blanca, cuellos subidos, mangas desabotonadas y dragón dorado y negro en la espalda. Cadena de setter. Gomina a frasco por noche. Hasta en la perilla. Un donjuán. Sin ocupación conocida. Conduce un TT con poco tuning. El justito, dice él. Para no llamar la atención.

Avanzaba la noche entre anécdotas y magreos y decidimos cambiar de ambiente. Menos mal , pensé, otro tipo de bar es justo lo que más me apetece. Según estaba discurriendo la velada, y ante la certeza de que iba a tener sexo, dudé entre dejar de beber alcohol, para tener buena disponibilidad para la faena, o emborracharme hasta las trancas y que fuera lo que el cielo quisiera. Acordé conmigo mismo que mejor un término medio. De todas formas lo iba a decidir Jessi por mí. Al llegar al nuevo pub advertí que en el exterior estaban aparcados los mismos coloridos coches y en el mismo orden exacto que en el anterior lupanar. Intuí que el cambio de ambiente iba a ser ligero. Puntual. Inexistente, vamos.

Y acerté. Reguetón. Luces de emergencia vibrantes y, eso sí, menos zapatillas voluminosas y más calzado chupamelapunta. Camisas con dibujos irracionales para ellos y amplia gama de tops, blusas y minicamisetas ceñidísmas para ellas. Jessi quiere bailar un poco. Me lo temía. Se mueve como si careciera de columna vertebral. Me toma de la mano y me lleva hasta la pista. Doy gracias a dios de que las probabilidades de que esté presente algún conocido son nulas o negativas. Intento moverme, pero no sé cómo. Sospecho que si hago la gracia de bailar a lo Toni Manero voy a hacer más el ridículo y me van a sacar a hostias de allí. Una gota de sudor comienza a recorrer mi frente cuando Jessi pega su espectacular trasero a mi entrepierna. Se restriega. Con afán. Yo ya dejo de moverme, porque para qué. Si ya da igual. La canción es interminable. Supuestamente cantan en castellano pero yo no entiendo nada. Me concentro en la letra del tema para no pensar en lo mal que lo estoy pasando. Pero no hay manera, no distingo ni una palabra. Ojalá pincharan la de la gasolina. Jessi se da la vuelta para agitarse arriba y abajo mientras se frota contra mi muslo. Dónde quedaron las composiciones de dos minutos y medio. Nadie lo sabe. Para no parecer la barra sobre la que baila una estriper opto por cogerla por las caderas o algo. Qué sé yo. Cualquier cosa excepto imitar a Adrián y Rebeca, que simulan un coito. O no. Con ellos nunca se sabe.

A pesar de que Jessi quiere ejecutar su danza salvaje durante otra canción más, la arrastro hacia la barra con la excusa de otra copa. Vuelvo a pagar otra ronda. Nos separamos un metro y medio del grupo que no baila y volvemos a intentar hacer un doble Wilson con nuestras lenguas. Lo que sea antes de volver a la pista. Hasta le pongo las manos en el culo antes de que me obligue ella a hacerlo. Mientras me besa se mueve como una anguila. Se aprieta. No, se espachurra. Estoy cachonda, susurra. Quién lo diría, pienso. No lo digo, claro. Ya tengo bastantes pruebas de que nuestros sentidos del humor distan uno o dos años luz. Vámonos, sugiere. Ni dos segundos tardo en quitarle las zarpas del trasero para cogerla de la mano y salir por la puerta mientras ella lanza una sonrisa a sus amigas a la vez que se despide con la mano en plan infanta.

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