Con jota de toda la vida (IV)

Ponemos rumbo hacia el deseo. Lamenta que no haya traído mi Jazz para darnos un revolcón en él. No sé yo si cabríamos. La consuelo ofreciéndo mi apartamento. Acepta. Ahora soy yo el que lamenta no haber llevado el coche. Estamos como a mil kilómetros de mi barrio. Unos 40 minutos de recorrido en los que podemos seguir hablando durante los ratos que nos nos paramos a mantener encendida la llama. Una llama que ríete tú de la de Barcelona 92. Caminamos abrazados. Jessi me completa la información que me faltaba de su familia. Al igual que yo, es la mayor de tres hermanos. Es el destino. Está ella, Quevin (luego me enteré de que era Kevin, con Ka de toda la vida) y Sara. ¿Sara? ¿Seguro? Sí, Sara, qué pasa. Nada, nada.

Es poner un pie en el portal de mi edificio y nos volvemos a acoplar como un transbordador y la estación espacial internacional. Yo ahora juego a esquivar su lengua porque tengo agujetas en la mía. En el ascensor le sugiero que frene su ímpetu porque corremos el riesgo de quedarnos atrapados y a ver cómo explico yo la escena a los bomberos que nos rescaten. El séptimo. Por fin. El apartamento le parece pequeño, pero mono. Mini cocina, salón con balcón, baño y habitación. De sobra. La casa se ve rápido y ella tiene prisa por ir al domitorio. Que si no tengo un contenedor cerca para tirar toda esa antigüalla. Que un día viene con Kevin en su coche y se la llevan al basurero si quiero. No quiero. Mi colección de vinilos es sagrada. Repentinamente recuerda que en su casa tiene algunos discos de esos de plástico. Que ya me los dará la próxima semana cuando vaya a conocer a sus padres (luego me enteraría de que se refería a su madre y a su último novio). Ahí mi corazón dejó de latir. Pero si la acabo de conocer hace 24 horas. Decido aclararle un par de cosas pero antes de abrir la boca ya estoy tumbado sobre la cama con una felina invertebrada encima.

Las botas son fáciles de quitar porque una larguísmo cremallera las recorre de arriba a abajo por un lateral. Con la prenda inclasificable que usaba a modo de camiseta o lo que fuera hubo alguna complicación. Ahora, en aquel momento habría vendido mi alma por una espátula para despegarle los pantalones de la piel. Llegué a pensar que había nacido con ellos puestos. Después de veinte minutos Jessi decidió acertadamente que mejor se los quitaba ella. Asombroso. Dos movimientos y estaban fuera. Tenía que haberlo grabado. Estuve a punto de pedirle que lo repitiera, pero a ambos nos quedaba ya muy poca ropa encima.

Qué manera de moverse. No me extraña que esté en tan buena forma. Jessi lleva el tempo, el ritmo y hasta la melodía. Porque silenciosa no es. Yo soy muy torpe, pero a ella eso no la amedrenta lo más mínimo. Es concienzuda y está dispuesta a obtener su satisfacción aunque me tenga que exprimir. Y lo hace. Al menos un par de veces. Imagino que al acabar me dice que es su primera vez. Contengo la risa. Intento concentrarme pero se me han metido en la cabeza The boys con su First Time. Afortunadamente el último alarido de Jessi me saca del trance. Comienzo a desear que acabe cuanto antes porque físicamente no puedo más. Estoy literalmente exhausto. Cuando, finalmete, aplica su último contoneo se desploma sobre mí.

Permanecemos abrazados como media hora. Después accede a desatarme. Amanece. Que no es poco, pienso. Nos vestimos y la llevo a casa. Le gusta mi Jazz. Es mono. Sólo le cambiaría la tapicería y el color. Y le añadiría un par de detalles para que parezca más deportivo. Que para qué quiero seis airbags. Que si tengo pensado estrellarme. Pues no, la verdad. El resto del viaje lo pasaría pensando si ese tipo de comentarios los hace en broma o en serio. Una duda que jamás vería satisfecha. Llegamos a su casa. Beso casto en el portal y un hasta luego. Que ya me mandará un sms. Mejor ya te llamo yo.

Vuelvo a casa como conduciendo una nube. Despacio. Cediendo el paso incluso a las palomas. En un semáforo me tiro diecisite minutos hasta que un yonki consigue cruzar. No importa. No hay prisa. Tengo una sonrisa que comunica mis dos orejas. Se borra cuando diviso a lo lejos a mis amigos, que vuelven caminando a casa con una moña de seis grados en la escala Yeltsin. No me encuentro en condiciones de explicar por qué no he llamado, por qué no he respondido a sus llamadas, por qué desaparecí el viernes ni qué carajo hago en coche a esas horas de la mañana. Aparco el pequeño Honda y reclino totalmente el asiento. Decido esperar tumbado a que se vayan. Supongo que lo consigo. No lo sé exactamente porque en el mismo segundo en el que adopto la posición horizontal me duermo profundamente y no me desperataré hasta que, tres horas más tarde, una señora intenta sacar su voluminoso Mercedes por la puerta de un garage cuyo vado permanente estoy obstaculizando. Arranco y me voy cantando oh, oh, oh, oh, please be kind. Ese domingo tendré un dolor de espalda legendario.

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