La batalla del abuelo

Una de las peores consecuencias indirectas de la crisis económica en general y de la burbuja inmobiliaria en particular es que se ha perdido para siempre el sentido de la frase “antes todo esto eran prados (léase praos)”. Vacía de contenido se ha quedado esta expresión que antaño usaran los abuelos, fuera cual fuera la zona de ciudad/villa/pueblo donde se encontraran con sus nietos, para demostrar cuánta experiencia vital habían adquirido y cuán en forma se mantenía su memoria. El abuelo recurría a esta magnífica exclamación para encontrar, además, un aspecto positivo a la siempre fastidiosa e incesante acumulación de años. Pronunciar esa frase era como decir “gracias a que tengo muchos años yo vi los bosques que aquí se levantaban, orgullosos, desafiantes y luego derrotados por un polideportivo, dos bloques de pisos a medio construir y un mini parque infantil cada vez menos frecuentado”. La escena solía ser más o menos así: un abuelo ase el hombro de su nieto con su brazo derecho, mientras con el izquierdo, dispuesto en ángulo recto, describe un movimiento lento de este a oeste y de vuelta al este otra vez, de tal forma que si en vez de palabras sonara música nos encontraríamos ante un Danny Zuko de la tercera edad. Ahora, sin embargo, la expresión ha perdido todo su glamur desde que cualquier chiquillo de más de 8 años la puede usar con la misma autoridad que el padre de su padre. A la velocidad a la que se desarrollaron las poblaciones desde principios del siglo XXI, cualquier zagal con edad suficiente para retener imágenes en su cerebro puede acercarse a la zona de expansión urbanística que le quede más a mano y decir con conocimiento empírico que “antes todo esto eran praos”. Y no asombraría a nadie.

Otra de las sentencias que la crisis económica ha dejado obsoletas, y que afecta también de lleno a la capacidad de los mayores para contar batallas, es la que hace referencia a la cantidad de cosas que se podían hacer en distintas épocas con la misma cantidad de dinero. Un ejemplo: “cuando yo era joven, con esos euros (pero en pesetas, claro) iba al teatro, me compraba una revista, me tomaba dos cervezas y volvía a casa en taxi”. Era ésta una frase que solían usar padres y abuelos para evocar tiempos pasados que antes eran siempre peores, al contrario de lo que va a pasar a partir de ahora. Esta expresión también se ha quedado fuera de juego por las mismas razones, es decir, porque la puede usar con criterio cualquiera que tenga 20 años. Un adolescente puede narrar a su hermanito pequeño esta anécdota, porque hoy con 10€ a duras penas podría ir a ver al Caballero oscuro a la gran pantalla, pero si tiene buena memoria recordará que en 2001 con 1.600 pesetas pudo ver a Harry Potter, comerse unas palomitas y puede que un menú en un establecimiento de comida basura. Ningún abuelo impresionará a sus nietos ya con esta anécdota monetaria. Sobre todo porque, además, casi ningún nieto en edad infantil sabe ya lo que es una peseta.

Son sólo dos ejemplos, pero nos esbozan de qué cruel manera la crisis está afectando a nuestros mayores, recortándoles los temas de conversación con sus nietos. Y es sólo un aviso, porque cuando la generación que vivió la guerra civil pase a mejor vida, los nuevos yayos que ocupen su lugar en la cúspide de la cadena añeja tampoco podrán narrar a sus sucesores lo mal que lo pasaron y el hambre que sufrieron cuando eran jóvenes, ya que es posible que los nietos vivan bastante peor que sus abuelos. Y qué niño iba a querer escuchar a su abuelo contarle lo bien que éste vivía cuando era joven porque tenía acceso a la sanidad y a la educación, al ser éstos servicios públicos esenciales. No va a haber nieto que quiera aguantar estas anécdotas referentes a los tiempos de bonanza en los que hubo niños que tuvieron ordenadores en las aulas. Afortunadamente a muchos de los pequeños eso del “Estado del bienestar” les sonará como a mí lo de las “Cartillas de racionamiento”: a cosas del pasado que probablemente sean invenciones del abuelo.

Sí, amigos, corren malos tiempos para los yayos. Ahora ya no tienen ni siquiera obras en marcha para ir a escrutar o, incluso, corregir. Y en medio de tan nefasto panorama surge una nueva amenaza para la relación abuelo-nieto: Los pensionistas podrían perder poder adquisitivo. Sí, lo sé, este aspecto es insignificante comparado con la perversión de quedarse sin tema de conversación con un niño. No es comparable, por supuesto, a que las frases que el destino te obligará a usar pierdan completamente su sentido. Pero es una piedra -pequeña pero piedra al fin y al cabo- en el camino que los abuelos deben recorrer en un mundo que cada vez les es más hostil. El Gobierno mantiene el suspense sobre si incumplirá o no la Ley para actualizar la capacidad de consumo de los pensionistas. Esta es la realidad. A día de hoy ninguno sabe si verán compensado en sus pagas el IPC. Y lo peor es que cuánto más alto sea ese índice de precios, menos posibilidades tienen los pensionistas de actualizar sus nóminas. En caso, probable, de que acaben sin adecuarse a la inflación habrá algunos que pasen serias dificultades para llegar a fin de mes. No pocos tendrán que depender de sus familias y otros tendrán que mantener a la suya con lo escaso que ingresen. Y a pesar de este negro panorama, lo peor de todo es que estos abuelos pueden contarles a sus nietos que cobran una pensión, algo que no es seguro que los jóvenes y no tan jóvenes de hoy en día podamos narrar a nuestros sucesores. Tendremos que contarles otras batallas que seguro están por venir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s