Feliz cumpleaños

Lo peor de la exitosa reforma laboral vigente desde hace un año es que pretende que asumamos como nuestra la paradójica idea de algunos empresarios de que los derechos laborales son nefastos para el mercado de trabajo y que los trabajadores son perjudiciales para la empresa cuando ésta no genera ingentes beneficios. Estos conceptos subyacen en el fondo de la norma, porque el texto, creado para flexibilizar el mercado laboral y vendido a los ciudadanos como medio para crear empleo, relaciona directamente el acceso a los puestos de trabajo con la facilidad para despedir a quien ocupe esos puestos y con la posibilidad de precarizar los convenios colectivos. Es decir, que cuando la cosa vaya mal, da igual que la gestión sea o haya sido nefasta; da igual que lo que se necesite sean medidas de estímulo o inversiones, la solución pasará por echar a la calle a algunos o a todos los trabajadores y/o establecer acuerdos laborales con menos concesiones para los empleados.

 

Cuando el despido se plantea como única solución se insinúa que el trabajador es el único culpable. Así, el empresario podrá ir el domingo a su club de campo a reunirse con algunos de sus colegas y tener la certeza de que nadie le señalará como un mal gestor, sino por haber tenido mala suerte escogiendo a los obreros que hundieron su negocio. Sobre esta idea, además, gira una perversión que la Reforma pretende que asumamos como dogma: la mera reducción de beneficios es detonante suficiente para aplicar un ERE a la plantilla, de la misma forma que el piloto de un globo aerostático suelta lastre cuando su cesta desciende, aunque la solución más eficiente sea echar más combustible al motor. Por alguna razón, la reforma elimina la inversión en capital humano como medio de regenerar la capacidad productiva de una empresa. Quién sabe por qué.

 

La máxima de que “contratamos porque podemos despedir” tiene otras connotaciones, todas ellas bastante negativas, porque otorga de forma indirecta a los empresarios un estatus socialmente superior como creadores de empleo y como garantes de los puestos de trabajo de sus cada vez más temerosos empleados. De esta forma, la clase empresarial quiere que se la reconozca en el mismo nivel que, por ejemplo, un cirujano. Uno sería el dador de vida y el otro el otorgador de empleos. Lo malo es que no haya una reforma laboral para despedir a los empresarios de su puesto honorífico de “creadores de puestos de trabajo” para quitarles tan pesada responsabilidad, porque la están ejerciendo bastante mal, hasta el punto de que los parados son cinco millones y subiendo.

 

En resumen, tal parece que, en la primera década del presente siglo, los empresarios, pudiendo contratar a muchos trabajadores, no lo hicieron por culpa de las condiciones de despido. Se trata de una argumento patético, pero muchos podrían haberlo asumido como válido si la tasa de paro descendiera, en lugar de continuar con su escalofriante tendencia alcista. Tras un año de vigencia, da la sensación de quienes dictaron la norma y quienes disfrutaron de su contenido pretenden que la asumamos como un techo que se podría rebajar, no como una base sobre la que construir. De hecho, han dejado de hablar de sus nulos o negativos efectos y se concentran en desviar nuestra atención a base de tijeretazos, de forma que no nos podamos concentrar en protestar contra un solo recorte en concreto. Feliz cumpleaños, reforma.

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