Objetivo vital

Después de pasar diez años trabajando en distintas empresas, para diversos jefes y con diferentes sueldos, tan sólo había podido ahorrar 5.000 euros. Media decena de miles de euros que se me antojaban escasos ahora que estaba en el paro. Al principio pensaba que esa cantidad era suficiente para vivir bien un tiempo. Me parecía toda una fortuna, sobre todo porque creía que encontraría otro trabajo rápidamente. Pero, cuando me paré a pensar en lo que se me venía encima, comprendí con enorme pesar y dolorosa aflicción que mis caudales eran una miseria raquítica, y que tendría que reducir mi ritmo de vida hasta límites que desconocía hasta ese momento. Mi perspectiva de mis propias posibilidades económicas sufrió un súbito y riguroso ajuste, de la misma forma que mi consideración del tiempo pasado: diez años parecen una eternidad cuando se plantea la obligación de tener que pasarlos trabajando, estudiando o, incluso, disfrutando, pero, una vez finalizada la etapa, ésta nos deja el recuerdo de un tiempo efímero, casi anecdótico. Hoy, camino de cumplir cuatro décadas y media, me parece que fue hace dos días cuando salí del colegio para meterme de lleno y con total desconocimiento en una vida de mentira de la que no fui poseedor ni un solo instante, aunque sí fui poseído.

Comencé a tomar las riendas de mi propia existencia cuando renací, es decir, justo después de ingresar en las listas del paro. Todo lo acontecido hasta ese momento se tornó turbio cuando volví a ser parido, cuando me desperté y me encontré aguardando paciente una cola para solicitar el subsidio de desempleo. De repente abrí los ojos y respiré. La bofetada, más metafórica que física, en este caso, no me la dio un médico sino un funcionario del Servicio Público de Empleo. Un golpe de bienvenida a la realidad que me pareció una patada en el trasero cuando abandoné la oficina y pisé la calle por primera vez en mi flamante condición de desempleado. Me detuve en la acera, cerré los ojos y contemplé mi renacer. Parido parado, pensé. Esbocé una medio sonrisa y decidí pasar la jornada entera celebrando mi reciente alumbramiento paseando por la ciudad hasta el anochecer. Incluso acepté como buena la idea de comprarme algún disco o algún libro como gesto de compensación por el trabajo perdido. Mañana sería otro día. Podría pasarlo leyendo, escuchando música, cogiendo fuerzas, en definitiva, y buscando inspiración para ponerme a escribir las más bellas páginas de la literatura contemporánea, dignas de ser llevadas a la gran pantalla en una película protagonizada por mí. Y dando vueltas a esos pensamientos me perdí a media mañana por las calles durante una hora, hasta que puse rumbo fijo a una de mis dos tiendas de discos de cabecera, a la que llegué después de pasar por una librería, no sin antes pararme a degustar un botellín de cerveza acompañado de un pincho de chipirones en un céntrico local hostelero de cocina gallega. Después de haber gastado 57 euros en El mapa y el territorio, una recopilación en vinilo de Takeshi Terauchi y un directo de Davila 666, me fui a casa con remordimientos de conciencia por el derroche, dispuesto a encerrarme en la austeridad con el fin de que mis escasos ahorros no menguaran mucho mientras me durara el subsidio por desempleo. Súbitamente, retomé la urgencia de encontrar un trabajo, por miserable que éste fuera, que me permitiera llegar con dinero a la jubilación. Una vez alcanzada ésta, la siguiente meta sería no caer en la mendicidad hasta que me sobreviniera la muerte. Todo un reto. Mi único objetivo vital.

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