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Cualquiera me llamaría engreído petulante si me escuchara decir que he podido prever algunas de las modas juveniles que se han impuesto en las últimas décadas. Nadie me llamaría hipster, desde luego, pero ya a principios de los años 90 intuí algunos de los derroteros por los que discurrirían las tendencias y estilismos que hoy hemos aceptado no sin alguna objeción y con no pocas críticas. Y subrayo lo de “intuí”, no vaya a ser que al capítulo de calificativos se tengan que unir los clásicos “fanfarrón” y “embustero”. Sí, amigos, hubo una época en mi veinteañerismo en la que me pareció innovador, por ejemplo, apostar por el bigote a lo Greg Norton, adelantándome varios años a lo que luego se confirmaría como una de las modas más ridículas del nuevo siglo XXI, por detrás, sin duda, de la de enseñar los calzoncillos/bragas/tanga/hucha. Fue una época en la que abastecía mi armario en las tiendas de ropa más carcas de Madrid, rebuscando entre cajones de camisas de manga corta baratas, de las que usaban entonces los abuelos, y cuyos estampados y cuadros están hoy de rabiosa actualidad. Esa deriva “llámalo trendsetter, llámalo inconsciencia” me llevó, por supuesto, a apostar por prendas de apariencia descuidada pero sin caer en el hipster homeless. Una indumentaria que lo mismo me permitía pasar desapercibido delante de los padres de un amigo, que no desentonar en el peor de los antros musicales de la capital. Antros que, por otra parte, frecuentaba en la medida de mis posibilidades económicas. Si por capacidad temporal fuera, habría estado en los bares las 24 horas del día. Pero el dinero mandaba y ordenaba mis prioridades, por lo que sólo podía gastar en tugurios unas 8 horas diarias, cinco días a la semana. Mi asignación mensual y mi salario como trabajador a media jornada en una empresa de teleoperadores no me permitían más lujos. Y eso que reduje al mínimo mi gasto en comida merced a un estudiado plan que establecía de forma aleatoria los alimentos  a ingerir en cada jornada, en función de lo que ese día encontrara más barato, y limitando el número de ingestas por día a dos: comida y cena. La necesidad de encontrar más tiempo y dinero que derrochar en las incontables barras madrileñas, por una parte, y mi incansable búsqueda de la modernidad más alternativa, por otra, me llevaron a sopesar, incluso, la posibilidad de acudir a la Cocina económica para solventar una de las dos grandes cuestiones que se interponían entre la juerga y yo: el dinero. No pensaba en los comedores sociales como una opción permanente, sino, más bien, como una alternativa puntual que saciara mi apetito físico en beneficio de mi ocio, a la vez que elevaba mi ego un peldaño en el momento en el que narrara entre risas a mis amigos, cualquier noche de borrachera, mi aventura como improvisado vagabundo. Sólo se trataba de eso, de echar unas risas. Y no creáis que no fui hasta la Cocina económica. Por supuesto que me acerqué hasta allí. Pero no entré. Por una parte, creo (y no me llaméis engreído otra vez), que porque en el fondo no soy tan gilipollas como quise aparentar. Creo, insisto. Es cierto que me planté en la cola con mi camiseta verde y amarilla de Hüsker Dü, mis converse rojas rotas, mis Levi’s y una cazadora raída de ante. Es cierto. Pero también lo es que el único motivo por el que finalmente habría entrado al comedor habría sido para compartir un plato de lentejas con aquella gente. Un plato furtivo y anónimo del que jamás hablaría a ninguno de mis amigos en el transcurso de una velada alcohólica en Malasaña. Es más. Ese día me juré que negaría hasta en tres ocasiones haber almorzado en la cocina económica junto a familias que se esforzaban por aparentar que todavía formaban parte de la clase semi acomodada, y que se escabullían con sigilo, ventiladas las viandas, mientras miraban con recelo el local en el que acaban de saciar su hambre, en un gesto irónico de desprecio hacia quienes compartieron su estatus social en el almuerzo. Sí, me lo juré. Y también que negaría haber compartido anécdotas de mesa y mantel con transeúntes, empresarios venidos a menos, abogados hundidos por el alcohol o ingenieros devastados por el juego. Me juré que jamás reconocería haberle dado dos mil pesetas a un tipo francés que contaba a quien quisiera escucharle una enrevesada teoría vital basada en la física cuántica. Aseguré que nunca le diría a nadie, además, que ese hombre me confesó un crimen. Me dije a mí mismo una y mil veces que negaría, sí, negaría hasta en tres ocasiones haberle regalado la cajetilla de tabaco y el mechero a un drogadicto amante del arte y enfermo de Sida. Más que nada porque jamás lo hice. Jamás. Nunca.

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2 pensamientos en “Trending

  1. Y me entero ahora de esto! En los pisos en los que vivi aquellos anios siempre habia algo que echarse a la panza, pasta o arroz, pero siempre habia. Nunca te hubiera faltado un platillo y mas si era por la causa…

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