En defensa de Ana Mato

Me solidarizo con Ana Mato. Lo tiene que estar pasando fatal. O sea: fa-tal. En estos momentos está sufriendo la incomprensión propia de la diferente longitud de onda crítica de las distintas clases sociales. Sí, amigos, el de Mato es un problema de clase social. Y no tiene más solución que la empatía, siempre y cuándo el sujeto que se quiera poner en el lugar de la Ministra tenga un conocimiento medio-avanzado del complejo sistema social pijo. En dicho ecosistema la excusa se pronuncia una sola vez y a modo de concesión extravagante y ociosa. Más que nada porque al pijo común le da igual que, por ejemplo, una red corrupta te haya sufragado parte de un viaje a Eurodisney. Y mucho menos le importan los motivos. El pijo leerá la noticia en la prensa y preguntaría: ¿Y esto, Ana? Y la Mato sólo tendría que responder: No tenía ni idea, fíjate. Y ya está. Asunto concluido. Podemos pasar a tomar el vermú a la salita azul. Esto no quita que luego, cuando tú ya no estés delante, el pijo te ponga a parir delante del resto de ejemplares del grupo. Pero el principal argumento que usarán para la crítica no será que los corruptos te hayan pagado el viaje, sino que éste haya sido a Eurodisney, pudiendo haber elegido cualquier otro destino exótico. Pero, a lo que vamos, pronunciada la excusa no habrá más preguntas sobre el tema y Mato y sus acompañantes podrán empezar a calentarle la oreja a algún nuevo rico que se haya mudado a la urbanización.

La cuestión es que la Ministra ha asimilado ese complejo código social, propio de una clase que todavía no sé si es la suya, hasta el punto de considerar que es el único que existe. Ana Mato se cree que todo el país es una salita azul en la que puede dar una excusa peregrina para explicar cualquier asunto. Entiende que todos los españoles razonan igual, que asumirán sus argumentos a la primera y después seguirán con su partido de pádel con una sonrisa. Incluso acepta que después la pondrán a parir por detrás, porque eso es parte del juego. Por eso me solidarizo con Mato. Porque si de verdad es una pija jamás le habrá interesado ponerse a pensar que igual hay gente que piensa de otro modo que ella y, por tanto, en estos momentos podría estar confusa y aturdida ante los agudos ataques que está sufriendo. Si de verdad es una pija jamás aceptará que haya ciudadanos escandalizados que quieran saber los detalles de su vida familiar y achacará todo el embrollo a un ataque político. De los socialistas, seguramente, que ya no saben qué hacer para atacar a la gente de bien.

Para saber cómo acabará todo esto es necesario saber si la Ministra es pija de verdad o sólo nueva rica. O sólo aspirante. Si es pija, aunque el caso Gürtel le estalle en la cara, siempre será aceptada por los suyos (aunque por detrás, ya se sabe…). Si es nueva rica lo tiene jodido, ya que no es éste un colectivo dado a defender a los suyos, sino más bien a alimentarse de ellos. Por eso pido solidaridad con Ana Mato. Y sobre todo, una vez más, pido empatía.

JMA

Aznar creó un monstruo sin saberlo y sin quererlo. Puso su democrático dedo sobre Rajoy, le hizo, presidente del PP -y, por tanto, máximo aspirante a la presidencia del Gobierno- y ni se imaginó que el talante huidizo, esquivo y a la expectativa de Mariano sería, precisamente, la mejor arma del gallego para aferrarse a la poltrona a la que Jose Mari se quiere subir ahora de repente. Que no digo yo que Aznar buscara en Rajoy un pelele que le calentara el asiento hasta que a su señoría le diese por volver a liderar el partido y el país. Que yo no estoy diciendo eso, ni mucho más. Más bien creo que el egocentrismo exacerbado hizo pensar a Jose Mari que su destino era ser un líder con más proyección que el Presidente de un trozo tierra entre África y Europa, pero como a día de hoy todavía nadie le ha llamado suplicándole que lidere el mundo para salvarlo de la decadencia, comienza sopesar la posibilidad de retomar el caudillaje de los españoles, como sólo él lo puede hacer; como si de un hobby se tratara; como quien necesita hacer algo entre abdominal y abdominal. Claro que, curiosamente, esta necesidad irrefrenable de salvar a la patria le ha entrado justo cuando se estaba empezando a relacionar su apellido con el de los más altísimos representantes de la nobleza de Gürtel y a la vez que se mancilla la calidad y la blancura de la iluminación de la boda de su hija. Seamos justos, Jose Mari: para criticar la subida de impuestos de Rajoy llegas como un año tarde; para criticar que no hace ni el huevo llegas tarde casi dos; para reivindicar tu legado llegas tarde casi 5 años, ya que hace ya un lustro que hemos asumido que la burbuja inmobiliaria no fue tan buena idea como tú creías.

Pero para el asunto que hoy nos concita dan igual las intenciones de Aznar. No importa ni su ambición, ni su egoísmo, ni su chulería castellana. La cuestión hoy es que un silente Rajoy, haciendo gala de la inacción que Aznar tanto critica, ha capeado la embestida y tengo miedo que haya, incluso, recuperado un par de votos de quien haya podido apreciar en Aznar la caricatura de sí mismo que siempre fue. Francisco Álvarez Cascos siempre lo tuvo claro: jamás hizo pública su intención de retomar responsabilidades políticas, sino que él siempre lo presentó como la asunción de una aclamación popular; como la obligación personal de responder a la solicitud de una multitud que le exigía liderar el PP en Asturias primero, y crear un partido de nuevo cuño después. Cascos siempre quiso reaparecer por aclamación. Ser el salvador añorado por todos. Cascos es más estratega que Aznar, quien se empeña en presentarse él como el salvador, aunque nadie le haya dado vela en este entierro, por mucho que el muerto sea en parte también suyo. Esa es la diferencia: Cascos quiso hacernos creer que volvía presionado por una marea de suplicantes que le rogaban salvar a Asturias y Aznar quiere hacernos creer que él puede salvar al país sin que nadie se lo haya pedido. Jose Mari, estás a tiempo de rectificar, de montar una plataforma que clame a voces tu regreso y, en caso de que no sirva de nada, montar un partido que se llame Justicia Milagrosa Aliada, o cualquier otra zarandaja que se pueda formar con tus siglas.

Portabilidad

En esta vida hay metas difíciles, imposibles y luego está darse de baja de cualquier cosa. Ejemplos. Para activar tu servicio de internet basta una llamada que ni siquiera tienes que hacer tú. Lo mismo que para darte de alta en una empresa de telefonía móvil. Para darte de baja, sin embargo, se necesitan 56 llamadas, 23 faxes, dos buro faxes, un notario, un juez y, depende de qué casos, un mercenario y/o un fontanero. Afortunadamente, las compañías que se dedican a operar en estos sectores han ideado la fórmula perfecta para evitar tan engorrosa situación: la portabilidad. Es el mayor avance de la humanidad desde la aparición del papel higiénico. Ambos descubrimientos, añado, son flexibles, seguros y limpios a más no poder.

Cierto es que la portabilidad sólo es útil para quien quiera darse de baja en una compañía para contratar con otra el mismo servicio, no para quien quiera dejar de tener internet y/o telefonía. Pero algo es algo. Que se lo digan si no a quienes quieren apostatar, que no es más que darse de baja de una religión, en este caso la católica. Un coñazo. Seguro que los apóstatas echarán de menos que exista la portabilidad entre religiones para poder, llegado el caso, pasarse a la Iglesia Jedi, por ejemplo, que no contempla un infierno al que ir por no cumplir los preceptos del Maestro Yoda.La cosa sería así: muy buenas, ¿cuál es su nombre? Le llamo del Hinduismo balinés. Usted, como católico, tiene que estar pagando una misa a la semana, diez pecados capitales y un montón de prohibiciones más. Nosotros le ofrecemos una misa cada 66 días con banquete al final y manga ancha con el consumo de alcohol y la promiscuidad. Además, con una permanencia de 2 años le regalamos el pareo. Otro ejemplo notorio es el peñazo absoluto que supone el traumático proceso de divorcio. Cuánto más fácil sería que la jovencita de 25 años que te ligaste hará un par de semanas te tramitase una portabilidad. Tras un encame siempre le podrías decir “habla con mi parienta. Estoy dispuesto a firmar un contrato de permanencia”. Hay una gran oportunidad de negocio en este mundo. No entiendo cómo los liberales no se han lanzado a él.

Hay otros supuestos más complejos. Incluso peliagudos, me atrevería a decir. Me refiero, por ejemplo, a un cambio de nacionalidad. La portabilidad se presenta como el avance definitivo para acabar con nacionalismos baratos, al ofrecer la posibilidad a cualquier persona de convertirse en ciudadano del terruño que más le convenga. A saber: que eres un esforzado liberal que quiere un país con escasa o nula injerencia del Estado, pides una portabilidad a Somalia, como aconsejaría mi amigo Lordo; que eres un defensor del Castrismo, te buscas una portabilidad a Cuba, como diría mi amiga Esperanza (Aguirre). Y todo así. ¿Quieres bienestar social? Portabilidad a Nueva Zelanda. ¿Quieres un país con sol? Portabilidad a España. ¿Harto de que tus políticos sean unos mierdecillas honrados incapaces de engañar a una mosca? Portabilidad a España también.

Este es el concepto, más o menos. Hombre, lo suyo sería poder solicitar una portabilidad a otro planeta, pero este servicio es demasiado avanzado en la actualidad, aunque seguro que algún intrépido emprendedor ya está trabajando en esta línea de negocio. Yo, además, querría una portabilidad a otra vida, incluso a otra época. Cuanto más lejana, mejor.

Stúpidos

Que en un libro de cocina puedas encontrar una receta para preparar un sándwich de jamón y queso o una tabla de embutidos dice mucho del bajo concepto que tenemos los unos de los otros. Página 434: “Coloca una loncha de jamón de York y una loncha de queso entre dos rebanadas de pan de molde” dice textualmente mi manual de cocina, en lo que se me antoja un alarde de fina ironía culinaria. Treinta y seis páginas más allá podemos leer “Coloca en una fuente el jamón, el lomo, el chorizo, el fuet y el queso”. Meticuloso. No se ha olvidado ni del fuet. Y te dice el orden exacto en el que tienes que ubicar cada elemento para lograr un maridaje armonioso y todo. Conste que no es mi intención utilizar este espacio que WordPress me ha dado para diseccionar las fantásticas recetas del libro de Canal cocina, sino para analizar por qué no nos sorprende el hecho de estar rodeados de idiotas.

Sí, mi libro de Canal cocina me considera algo tarado. Acudí a él para prepararme unos ñoquis, y su primera recomendación fue “Cuece los ñoquis en una olla”. Acabáramos. Hay que ser mendrugo para pensar que puedes degustar comida italiana sin tener que comprarla envasada. Esta observación vespertina sobre el desprecio del recetario en cuestión hacia el cocinillas de a pie me llevó de reflexión en reflexión hasta el infinito y más allá, entre tragos de Mahou caducada, ingeridos a la salud de Cañete. Los productos tóxicos, por ejemplo, como el matarratas o el insecticida, incluyen una recomendación explícita de “no ingerir”. Hasta ahí todo bien, teniendo en cuenta que los fabricantes de estos venenos también catalogan a sus posibles clientes como unos perfectos cretinos. La duda que me asalta es que si tan imbéciles creen que somos, ¿por qué el aviso de “no ingerir” lo ponen en pequeño en una parte poco visible del continente? Mejor no pensar en ello.

Pero vayamos al grano. Si hay alguien que nos considera tan estúpidos como para necesitar una receta para preparar una tabla de embutidos, no es de extrañar que aquellos que tienen la capacidad necesaria para dirigir un país nos tengan también por un poco memos. Yo no se lo voy a echar en cara. Hay alguien por ahí que me recomienda no beber veneno, así que no me voy a enfadar porque un individuo tan preparadísimo y con tantísima experiencia vital como para dirigir los designios de cincuenta millones de personas me trate como a un gilipollas. Es de sentido común. Si toleras que vete a saber que mindundi te cobre equis euros por aconsejarte que coloques una loncha de jamón de York y una loncha de queso entre dos rebanadas de pan de molde, lo lógico es que aplaudas con las orejas cuando un altísimo estadista de talla internacional te trata como a un patán. Esto es así. Y así vamos tragando sin masticar la Ley del aborto más retrógrada de Europa, la inclusión de religión como asignatura curricular de primera fila o el abaratamiento del despido, mientras nos dicen que las medidas que aplica el gobierno no son ideológicas. Que a mí lo que me jode no es que a mis descendientes les obliguen a estudiar que dios existe, sino que de verdad haya gente tan borrega como para creer que todo esto lo hacen por nuestro bien.  Al menos ahora ya sé que cuando un candidato asegura tener la receta para el paro se refiere a cómo generarlo. En fin, mejor sigo con los ñoquis. Segundo paso: “Una vez se hayan cocido, escúrrelos”.

El hombre es garrapata para el hombre

Ya es tarde para rectificar. Ya hemos asimilado que la habitación en la que reside la locura es blanca, sin ventanas y está perfectamente acolchada. Como las paredes internas de mi cráneo, contra las que rebota mi cerebro en movimiento perpetuo con reserva de marcha hasta 24 horas después de mi muerte. Asumimos como cierta cualquier proposición bien vestida, como si la comprobación empírica fuera pura conspiranoia. Aceptamos la vida que se nos plantea como un dogma de fe; como quien ingresa en un club sin saber que el hecho de intentar buscar la salida sólo te confirmará como miembro eterno. Señalamos a los traidores para librarnos de la etiqueta de desleales. Marcamos a los locos para evitar que no cataloguen como perturbados. Buscamos enemigos para que nos incluyan entre los amigos. Así somos. Hemos incorporado a nuestro catálogo de términos y expresiones liberadoras las palabras que nos esclavizan. Hemos olvidado que nuestro mundo no nos pertenece, sólo lo tenemos en usufructo. Quien no lo haya olvidado es porque nunca lo ha sabido. Por eso hemos llegado a creer que la forma adjetivada de la palabra humanidad denota y connota positividad. Y dando estos pequeños pasos, hemos claudicado ante la modernidad y renunciado a la evolución, no biológica, sino emocional y cognitiva. Ayudados, por supuesto, de discursos teóricos interesados que alientan la libertad individual, hasta el punto de denostar la cooperación asociativa, supeditando las relaciones humanas a la consecución de metas personales cuantificables en términos tangibles.

Pero hoy no voy a llorar por eso. Hoy yo soy esa otra persona. La que no se angustia cuando el mecanismo de la sociedad humana funciona en contra de los cánones de la lógica; la que no sufre con el comportamiento cotidiano y mezquino del hombre menos humano; la que empatiza. Es la empatía la que nos hace humanos. Ningún otro animal tiene la capacidad de ponerse en el lugar de los demás; de pensar de forma abstracta y plantear en esbozos, de forma hipotética, el estado de ánimo, el pensamiento o, incluso, los sentimientos de cualquier individuo de cualquier especie. No hay mayor diferencia entre un ser humano y cualquier otro animal que la capacidad de pensamiento abstracto. Y ésta no se manifiesta de forma más común y notoria que mediante la empatía. Cuando dos tribus de pre hombres primitivos se enfrentaron en dura rivalidad por la posesión de unas tierras y una de ellas superó a la otra porque su líder supo ponerse en el lugar de su oponente y se adelantó a sus movimientos: ese es el origen de la estrategia. ¿Quieres saber por qué alguien hace algo que te perjudica? Ponte en su lugar. Busca sus motivos. Entiéndelos y acéptalos. Verás más claro tu papel en el mundo. Te evitarás remordimientos y sufrimientos. Percibirás nítidos los engranajes del mecanismo de la vida humana y por fin podrás vivir en paz. El único precio que deberás pagar es el de pasar el resto de tus días sabiendo que la sociedad humana no es simbiótica, sino parasitaria, y que es necesario que pocos vivan a costa de muchos para que todo encaje en el molde preconcebido.

Yo ya vivo en paz porque ya soy esa otra persona, la que entiende que el ser humano de hoy en día está consagrado a sobrevivir, en la mayor parte de los casos, y a progresar, en el supuesto de pertenecer a las élites; la que comprende que la verdadera diferencia entre los seres racionales y el resto de animales está en que al hombre no le interesa el progreso de la manada, de la sociedad, ni el de la especie, sino el individual. En el mundo animal, cada paso adelante de un individuo es un avance del resto de su grupo. Sin embargo los seres humanos, consciente o inconscientemente, sobrevivimos y progresamos a costa de otros seres humanos. Pretencioso me parece ahora Hobbes. El hombre no es un lobo para el hombre. Porque el lobo, al contrario que el ser humano, no es un parásito, ni un virus. El lobo caza a una presa hoy, y mañana cazará otra, contribuyendo al mantenimiento de un ecosistema, de un entorno social y natural y, en última instancia, de su propia estructura familiar. La garrapata, el piojo, la tenia… Éstas sí son criaturas cuyo modo de vida se ajusta a los parámetros en los que se encauzan el comportamiento y las relaciones humanas. Porque estos parásitos, como los virus, viven destruyendo, ajenos a que el desenlace fatal de su víctimas desembocará en su propia destrucción. Y esto es así porque el hombre parásito no es capaz de empatizar, jamás se pone en el lugar del resto. Vivo más tranquilo desde que sé qué pasará. Sólo me agita (y no demasiado) el cuándo.

La verdad, es mentira

No es tan preocupante la mentira como la incertidumbre de si alguna vez habrá una verdad. Y no quiero con esto justificar engaño alguno, ojo, sino alertar de la posibilidad de que el embuste sea perpetuo. Por poner un ejemplo al azar, fijémonos en una de las últimas confesiones del poco dado a responder preguntas en persona Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy: “subimos impuestos para evitar el crack de España”. El Presidente de Todos los Españoles en general y de los populares en particular entona un mea culpa después de año y medio de incumplimientos (que es la palabra fina para sustituir a mentiras). Sí, amigos, Rajoy nos abre su corazoncito para reconocer que a lo mejor no está haciendo las cosas que prometió, mientras hace las que prometió que no iba a hacer, pero nos jura que todo es por el bien común: por evitar el hundimiento del país. Y ya está, debemos creer y aplaudir su valentía porque si su talla de estadista le capacita para pasarse por el forro las ideas de su partido plasmadas en un programa electoral imprimido y repartido por todo el país, cómo no le va a otorgar la potestad de que las ideas de los demás le resbalen como mantequilla sudorosa. Sin embargo, hoy no quiero poner en tela de juicio las decisiones de gobierno de Mariano, sino destacar que en el momento en el que aceptemos que nos pueden mentir para garantizar el bien común, el embuste podría no acabar nunca. Es decir, si asumimos la excusa de Rajoy sin protestar, si le damos un cheque de falacias en blanco, ¿cómo sabremos cuándo acabará el engaño? ¿Existe alguna señal como en el mus? ¿Ha pasado ya el riesgo de que España se hunda? Si la respuesta a esta última cuestión es sí ¿Es un sí de verdad o es una mentira para evitar otro crack de España? Nada volverá a ser real si aceptamos como buenas las mentiras por el bien común. Seremos unos conspiranoicos perpetuos que desconfiaran de otros conspiranoicos y nos enzarzaremos en brutales discusiones dialécticas sobre quién es el más conspiranoico de todos. Estamos condenados a vivir eternamente en una serie de ficción, lo cual, no obstante, es mejor que hacerlo en la tragicomedia en la que estamos inmersos.

Por otra parte, la alegre confesión de Mariano me ha devuelto a la memoria uno de los episodios más negros del odiado por todos menos por los turcos ex presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. No citaré su nombre tres veces porque invocaría a Belcebú, pero sí recordaré el inicio de la crisis y su enorme reticencia a reconocer que había empezado. Tampoco diré tres veces la palabra crisis porque invocaría a Rodrigo Rato, pero sí pediré a quien tenga conocimientos económicos avanzados que explique si haber reconocido de forma rápida y alarmista que estábamos en tan profunda depresión financiera habría propiciado una contracción del consumo interno que habría acelerado el proceso destructivo de la recesión. En resumen, que quizá Zapatero (sólo le he citado dos veces de momento) pudo engañarnos a todos en los asuntos económicos con el fin de evitar un crack aún mayor de España. ¿Lo ves, Mariano? He aquí otro pernicioso uso de tu incomparable excusa: no eres el primer presidente del gobierno ni serás el último; cualquiera podría utilizar tu pretexto “lo hice para evitar un mal a España”. Qué miedo me dan las próximas elecciones generales. Lo explicaré en otro texto. Gracias por la atención.