El hombre es garrapata para el hombre

Ya es tarde para rectificar. Ya hemos asimilado que la habitación en la que reside la locura es blanca, sin ventanas y está perfectamente acolchada. Como las paredes internas de mi cráneo, contra las que rebota mi cerebro en movimiento perpetuo con reserva de marcha hasta 24 horas después de mi muerte. Asumimos como cierta cualquier proposición bien vestida, como si la comprobación empírica fuera pura conspiranoia. Aceptamos la vida que se nos plantea como un dogma de fe; como quien ingresa en un club sin saber que el hecho de intentar buscar la salida sólo te confirmará como miembro eterno. Señalamos a los traidores para librarnos de la etiqueta de desleales. Marcamos a los locos para evitar que no cataloguen como perturbados. Buscamos enemigos para que nos incluyan entre los amigos. Así somos. Hemos incorporado a nuestro catálogo de términos y expresiones liberadoras las palabras que nos esclavizan. Hemos olvidado que nuestro mundo no nos pertenece, sólo lo tenemos en usufructo. Quien no lo haya olvidado es porque nunca lo ha sabido. Por eso hemos llegado a creer que la forma adjetivada de la palabra humanidad denota y connota positividad. Y dando estos pequeños pasos, hemos claudicado ante la modernidad y renunciado a la evolución, no biológica, sino emocional y cognitiva. Ayudados, por supuesto, de discursos teóricos interesados que alientan la libertad individual, hasta el punto de denostar la cooperación asociativa, supeditando las relaciones humanas a la consecución de metas personales cuantificables en términos tangibles.

Pero hoy no voy a llorar por eso. Hoy yo soy esa otra persona. La que no se angustia cuando el mecanismo de la sociedad humana funciona en contra de los cánones de la lógica; la que no sufre con el comportamiento cotidiano y mezquino del hombre menos humano; la que empatiza. Es la empatía la que nos hace humanos. Ningún otro animal tiene la capacidad de ponerse en el lugar de los demás; de pensar de forma abstracta y plantear en esbozos, de forma hipotética, el estado de ánimo, el pensamiento o, incluso, los sentimientos de cualquier individuo de cualquier especie. No hay mayor diferencia entre un ser humano y cualquier otro animal que la capacidad de pensamiento abstracto. Y ésta no se manifiesta de forma más común y notoria que mediante la empatía. Cuando dos tribus de pre hombres primitivos se enfrentaron en dura rivalidad por la posesión de unas tierras y una de ellas superó a la otra porque su líder supo ponerse en el lugar de su oponente y se adelantó a sus movimientos: ese es el origen de la estrategia. ¿Quieres saber por qué alguien hace algo que te perjudica? Ponte en su lugar. Busca sus motivos. Entiéndelos y acéptalos. Verás más claro tu papel en el mundo. Te evitarás remordimientos y sufrimientos. Percibirás nítidos los engranajes del mecanismo de la vida humana y por fin podrás vivir en paz. El único precio que deberás pagar es el de pasar el resto de tus días sabiendo que la sociedad humana no es simbiótica, sino parasitaria, y que es necesario que pocos vivan a costa de muchos para que todo encaje en el molde preconcebido.

Yo ya vivo en paz porque ya soy esa otra persona, la que entiende que el ser humano de hoy en día está consagrado a sobrevivir, en la mayor parte de los casos, y a progresar, en el supuesto de pertenecer a las élites; la que comprende que la verdadera diferencia entre los seres racionales y el resto de animales está en que al hombre no le interesa el progreso de la manada, de la sociedad, ni el de la especie, sino el individual. En el mundo animal, cada paso adelante de un individuo es un avance del resto de su grupo. Sin embargo los seres humanos, consciente o inconscientemente, sobrevivimos y progresamos a costa de otros seres humanos. Pretencioso me parece ahora Hobbes. El hombre no es un lobo para el hombre. Porque el lobo, al contrario que el ser humano, no es un parásito, ni un virus. El lobo caza a una presa hoy, y mañana cazará otra, contribuyendo al mantenimiento de un ecosistema, de un entorno social y natural y, en última instancia, de su propia estructura familiar. La garrapata, el piojo, la tenia… Éstas sí son criaturas cuyo modo de vida se ajusta a los parámetros en los que se encauzan el comportamiento y las relaciones humanas. Porque estos parásitos, como los virus, viven destruyendo, ajenos a que el desenlace fatal de su víctimas desembocará en su propia destrucción. Y esto es así porque el hombre parásito no es capaz de empatizar, jamás se pone en el lugar del resto. Vivo más tranquilo desde que sé qué pasará. Sólo me agita (y no demasiado) el cuándo.

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