Stúpidos

Que en un libro de cocina puedas encontrar una receta para preparar un sándwich de jamón y queso o una tabla de embutidos dice mucho del bajo concepto que tenemos los unos de los otros. Página 434: “Coloca una loncha de jamón de York y una loncha de queso entre dos rebanadas de pan de molde” dice textualmente mi manual de cocina, en lo que se me antoja un alarde de fina ironía culinaria. Treinta y seis páginas más allá podemos leer “Coloca en una fuente el jamón, el lomo, el chorizo, el fuet y el queso”. Meticuloso. No se ha olvidado ni del fuet. Y te dice el orden exacto en el que tienes que ubicar cada elemento para lograr un maridaje armonioso y todo. Conste que no es mi intención utilizar este espacio que WordPress me ha dado para diseccionar las fantásticas recetas del libro de Canal cocina, sino para analizar por qué no nos sorprende el hecho de estar rodeados de idiotas.

Sí, mi libro de Canal cocina me considera algo tarado. Acudí a él para prepararme unos ñoquis, y su primera recomendación fue “Cuece los ñoquis en una olla”. Acabáramos. Hay que ser mendrugo para pensar que puedes degustar comida italiana sin tener que comprarla envasada. Esta observación vespertina sobre el desprecio del recetario en cuestión hacia el cocinillas de a pie me llevó de reflexión en reflexión hasta el infinito y más allá, entre tragos de Mahou caducada, ingeridos a la salud de Cañete. Los productos tóxicos, por ejemplo, como el matarratas o el insecticida, incluyen una recomendación explícita de “no ingerir”. Hasta ahí todo bien, teniendo en cuenta que los fabricantes de estos venenos también catalogan a sus posibles clientes como unos perfectos cretinos. La duda que me asalta es que si tan imbéciles creen que somos, ¿por qué el aviso de “no ingerir” lo ponen en pequeño en una parte poco visible del continente? Mejor no pensar en ello.

Pero vayamos al grano. Si hay alguien que nos considera tan estúpidos como para necesitar una receta para preparar una tabla de embutidos, no es de extrañar que aquellos que tienen la capacidad necesaria para dirigir un país nos tengan también por un poco memos. Yo no se lo voy a echar en cara. Hay alguien por ahí que me recomienda no beber veneno, así que no me voy a enfadar porque un individuo tan preparadísimo y con tantísima experiencia vital como para dirigir los designios de cincuenta millones de personas me trate como a un gilipollas. Es de sentido común. Si toleras que vete a saber que mindundi te cobre equis euros por aconsejarte que coloques una loncha de jamón de York y una loncha de queso entre dos rebanadas de pan de molde, lo lógico es que aplaudas con las orejas cuando un altísimo estadista de talla internacional te trata como a un patán. Esto es así. Y así vamos tragando sin masticar la Ley del aborto más retrógrada de Europa, la inclusión de religión como asignatura curricular de primera fila o el abaratamiento del despido, mientras nos dicen que las medidas que aplica el gobierno no son ideológicas. Que a mí lo que me jode no es que a mis descendientes les obliguen a estudiar que dios existe, sino que de verdad haya gente tan borrega como para creer que todo esto lo hacen por nuestro bien.  Al menos ahora ya sé que cuando un candidato asegura tener la receta para el paro se refiere a cómo generarlo. En fin, mejor sigo con los ñoquis. Segundo paso: “Una vez se hayan cocido, escúrrelos”.

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