Portabilidad

En esta vida hay metas difíciles, imposibles y luego está darse de baja de cualquier cosa. Ejemplos. Para activar tu servicio de internet basta una llamada que ni siquiera tienes que hacer tú. Lo mismo que para darte de alta en una empresa de telefonía móvil. Para darte de baja, sin embargo, se necesitan 56 llamadas, 23 faxes, dos buro faxes, un notario, un juez y, depende de qué casos, un mercenario y/o un fontanero. Afortunadamente, las compañías que se dedican a operar en estos sectores han ideado la fórmula perfecta para evitar tan engorrosa situación: la portabilidad. Es el mayor avance de la humanidad desde la aparición del papel higiénico. Ambos descubrimientos, añado, son flexibles, seguros y limpios a más no poder.

Cierto es que la portabilidad sólo es útil para quien quiera darse de baja en una compañía para contratar con otra el mismo servicio, no para quien quiera dejar de tener internet y/o telefonía. Pero algo es algo. Que se lo digan si no a quienes quieren apostatar, que no es más que darse de baja de una religión, en este caso la católica. Un coñazo. Seguro que los apóstatas echarán de menos que exista la portabilidad entre religiones para poder, llegado el caso, pasarse a la Iglesia Jedi, por ejemplo, que no contempla un infierno al que ir por no cumplir los preceptos del Maestro Yoda.La cosa sería así: muy buenas, ¿cuál es su nombre? Le llamo del Hinduismo balinés. Usted, como católico, tiene que estar pagando una misa a la semana, diez pecados capitales y un montón de prohibiciones más. Nosotros le ofrecemos una misa cada 66 días con banquete al final y manga ancha con el consumo de alcohol y la promiscuidad. Además, con una permanencia de 2 años le regalamos el pareo. Otro ejemplo notorio es el peñazo absoluto que supone el traumático proceso de divorcio. Cuánto más fácil sería que la jovencita de 25 años que te ligaste hará un par de semanas te tramitase una portabilidad. Tras un encame siempre le podrías decir “habla con mi parienta. Estoy dispuesto a firmar un contrato de permanencia”. Hay una gran oportunidad de negocio en este mundo. No entiendo cómo los liberales no se han lanzado a él.

Hay otros supuestos más complejos. Incluso peliagudos, me atrevería a decir. Me refiero, por ejemplo, a un cambio de nacionalidad. La portabilidad se presenta como el avance definitivo para acabar con nacionalismos baratos, al ofrecer la posibilidad a cualquier persona de convertirse en ciudadano del terruño que más le convenga. A saber: que eres un esforzado liberal que quiere un país con escasa o nula injerencia del Estado, pides una portabilidad a Somalia, como aconsejaría mi amigo Lordo; que eres un defensor del Castrismo, te buscas una portabilidad a Cuba, como diría mi amiga Esperanza (Aguirre). Y todo así. ¿Quieres bienestar social? Portabilidad a Nueva Zelanda. ¿Quieres un país con sol? Portabilidad a España. ¿Harto de que tus políticos sean unos mierdecillas honrados incapaces de engañar a una mosca? Portabilidad a España también.

Este es el concepto, más o menos. Hombre, lo suyo sería poder solicitar una portabilidad a otro planeta, pero este servicio es demasiado avanzado en la actualidad, aunque seguro que algún intrépido emprendedor ya está trabajando en esta línea de negocio. Yo, además, querría una portabilidad a otra vida, incluso a otra época. Cuanto más lejana, mejor.

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