JMA

Aznar creó un monstruo sin saberlo y sin quererlo. Puso su democrático dedo sobre Rajoy, le hizo, presidente del PP -y, por tanto, máximo aspirante a la presidencia del Gobierno- y ni se imaginó que el talante huidizo, esquivo y a la expectativa de Mariano sería, precisamente, la mejor arma del gallego para aferrarse a la poltrona a la que Jose Mari se quiere subir ahora de repente. Que no digo yo que Aznar buscara en Rajoy un pelele que le calentara el asiento hasta que a su señoría le diese por volver a liderar el partido y el país. Que yo no estoy diciendo eso, ni mucho más. Más bien creo que el egocentrismo exacerbado hizo pensar a Jose Mari que su destino era ser un líder con más proyección que el Presidente de un trozo tierra entre África y Europa, pero como a día de hoy todavía nadie le ha llamado suplicándole que lidere el mundo para salvarlo de la decadencia, comienza sopesar la posibilidad de retomar el caudillaje de los españoles, como sólo él lo puede hacer; como si de un hobby se tratara; como quien necesita hacer algo entre abdominal y abdominal. Claro que, curiosamente, esta necesidad irrefrenable de salvar a la patria le ha entrado justo cuando se estaba empezando a relacionar su apellido con el de los más altísimos representantes de la nobleza de Gürtel y a la vez que se mancilla la calidad y la blancura de la iluminación de la boda de su hija. Seamos justos, Jose Mari: para criticar la subida de impuestos de Rajoy llegas como un año tarde; para criticar que no hace ni el huevo llegas tarde casi dos; para reivindicar tu legado llegas tarde casi 5 años, ya que hace ya un lustro que hemos asumido que la burbuja inmobiliaria no fue tan buena idea como tú creías.

Pero para el asunto que hoy nos concita dan igual las intenciones de Aznar. No importa ni su ambición, ni su egoísmo, ni su chulería castellana. La cuestión hoy es que un silente Rajoy, haciendo gala de la inacción que Aznar tanto critica, ha capeado la embestida y tengo miedo que haya, incluso, recuperado un par de votos de quien haya podido apreciar en Aznar la caricatura de sí mismo que siempre fue. Francisco Álvarez Cascos siempre lo tuvo claro: jamás hizo pública su intención de retomar responsabilidades políticas, sino que él siempre lo presentó como la asunción de una aclamación popular; como la obligación personal de responder a la solicitud de una multitud que le exigía liderar el PP en Asturias primero, y crear un partido de nuevo cuño después. Cascos siempre quiso reaparecer por aclamación. Ser el salvador añorado por todos. Cascos es más estratega que Aznar, quien se empeña en presentarse él como el salvador, aunque nadie le haya dado vela en este entierro, por mucho que el muerto sea en parte también suyo. Esa es la diferencia: Cascos quiso hacernos creer que volvía presionado por una marea de suplicantes que le rogaban salvar a Asturias y Aznar quiere hacernos creer que él puede salvar al país sin que nadie se lo haya pedido. Jose Mari, estás a tiempo de rectificar, de montar una plataforma que clame a voces tu regreso y, en caso de que no sirva de nada, montar un partido que se llame Justicia Milagrosa Aliada, o cualquier otra zarandaja que se pueda formar con tus siglas.

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