El intérprete

Superada la etapa crucial de la evolución en la que los homínidos elegían a sus cabecillas a hostias, en las comunidades humanas empezaron a prosperar como líderes aquellos ejemplares que demostraron tener una mayor capacidad para interpretar el mundo que les rodeaba: su ecosistema y su sociedad. El pensamiento abstracto como capacidad única y selectiva permitía a los primeros hombres intuir el rastro de una presa, adelantarse a las crecidas de los ríos, prever el resultado de las cosechas y urdir las mejores estrategias en los conflictos a palos. Aquellos que desarrollaban de forma más eficiente tan ventajosa cualidad acostumbraban a erigirse como líderes, ya que solían adivinar cuándo iba a abandonar su puesto su antecesor por algún imprevisto puñal en la espalda. También había quien, siendo incapaz de augurar el fallecimiento del cabecilla en ejercicio, supo interpretar los signos que la naturaleza emitía a modo de mensajes cifrados y asumió el papel de líder espiritual y/o religioso. Después de milenios de especialización, hoy en día el líder nato hace uso de su capacidad de interpretación de forma instintiva, casi sin esfuerzo, a pesar de que con cada vez menos frecuencia son requeridas artes específicas para liderar a un grupo de humanos, ya que cada vez con más frecuencia estos colectivos se dejan gobernar por cualquier pazguato venido un poquito a más.

Lo cierto es que la aceptación general de la democracia participativa, en la que se incluye la elección del líder mediante el sufragio -restringido al principio, pero universal después-, obligó a los aspirantes a mandamás a aprender a interpretar lo que la sociedad quería, necesitaba o repudiaba. Al principio, la interpretación acertada de los anhelos del ciudadano -y, sobre todo, la satisfacción de dichos deseos- otorgaba al proyecto del líder la capacidad de ejercer como tal durante un periodo de tiempo concreto. Fueron los felices tiempos de la política, que en unos países duraron más que en otros, y que llevaron al homo sapiens a pensar que vivía en un sistema aceptable en términos sociales. Pero todo eso se desvaneció en un estallido en determinados Estados. Hubo en algunos lugares un punto de inflexión que desvió el devenir de la sociedad hacia una ruta que a día de hoy se nos antoja todavía incierta. Y en esa tesitura, los líderes y aspirantes a líderes tuvieron que evolucionar para seguir medrando. Fue entonces cuando dejaron de interpretar aquello que los ciudadanos querían y pasaron a decir qué era lo que la sociedad requería. Ya no necesitaban el pensamiento abstracto para ponerse en la piel del ciudadano, sino que les bastaba con poseer una voz de mando para asegurar con rotundidad que ellos eran el ciudadano. Y, entonces, los líderes impusieron su discurso a sus votantes.

En esta coyuntura, por ejemplo, un aspirante a líder podía ver en el abucheo a un gobernante por parte de cientos de personas el rechazo de todo un país a ese presidente en cuestión. Y, de la misma forma, si el aspirante se convertía en líder, podía considerar que una manifestación de decenas de miles de personas en contra de sus decisiones no eran nada en comparación con el silencio de los millones que no salieron a las calles. La situación se tornó tan absurda que incluso aparecieron personas que esperaban que el líder o aspirante a líder de turno les dijera qué tenían que pensar y qué argumentos debían utilizar. Es más, ante tal docilidad de las masas, alguno líderes salpicados por episodios de corruptelas llegaron a proclamar como excusas algunos argumentos espurios que de puro surrealismo rozaron la categoría de guión de vodevil de éxito. Así, en determinados estados se hizo creer a la población que 13 de las personas que habían logrado aprobar las oposiciones más duras de la administración pública se habían confundido al escribir un número de dos cifras, en un episodio redondeado por el supuesto desconocimiento del mismo por parte del titular de las responsabilidades fiscales del país.

En definitiva, esta degeneración de la capacidad de interpretación de los líderes no parece haber tocado fondo y podría derivar en una regresión al origen de la elección de jefes. Es decir, superado el antes citado punto de inflexión, nos acercamos peligrosamente a otra etapa en la que los cabecillas se ponen, se quitan y se mantienen a base de hostias.

Jóvenes

El pescadero de mi barrio, en distendido debate con el charcutero, había concluido que el Gobierno recortaría las pensiones. Sin embargo, el ejecutivo, en lugar de preguntarle a él, prefirió encomendar la tarea de “explorar” este peliagudo asunto a un grupo de expertos. Supongo que porque en los mítines queda más fino decir que la reducción de la cantidad y la calidad de las pensiones se llevó a cabo por consejo directo de un comité de sabios, que no por el asesoramiento de los empleados del Alimerka. Qué sé yo. La cuestión es que los prohombres encargados del asunto por el Gobierno concluyeron que había que bajar las pensiones en tiempos de crisis, y se quedaron tan anchos.

La verdad, fue un sorpresón. Quién se iba a imaginar que acabarían recomendando recortar las pensiones. Quién a parte de mi pescadero de cabecera. En serio, si te encuentras con esta noticia de sopetón, si te la cuentan a bocajarro, podrías encontrar entre cien y doscientos posibles análisis distintos de la cuestión principal: la reducción de la cantidad y la calidad de las pensiones y el aumento de las dificultades para acceder a ellas. Hay cientos de lecturas y decenas de agudas observaciones que hacer en virtud de lo que connota el anuncio. Hay miles de enrevesadas conjeturas alrededor del porqué de la decisión. Existen chorrecientas opiniones diferentes sobre el adónde. Millones sobre el quién. Trillones sobre el cuándo. Y, a pesar de que las posibilidades de realizar un sesudo e ingenioso análisis de los objetivos implícitos de esta medida son infinitas, yo hoy prefiero quedarme en lo superficial. En la primera capa. En lo que denota a simple vista la conclusión a la que han llegado -ellos solos- un grupúsculo de expertos. Doce, para más señas. Como si en este país no hubiera más.

Efectivamente, amigos, me refiero a la implacable persecución que están sufriendo los jóvenes desde que se abrió la veda de la crisis. Ningún experto parece querer preocuparse por este tema, y creo que es para no quedar como un intelectual de medio pelo que sólo se ocupa de lo obvio. Pero a mí no me dan miedo las etiquetas. Y para demostrarlo, me arriesgaré a quedar como un observador de la realidad miope (y redundante) reiterando que el ajuste de las pensiones es el último ataque a los jóvenes de este país. Ya les dieron duro dificultando su acceso a la educación superior con una subida de tasas que ríete del encarecimiento del cine. Les atizaron empobreciendo su educación obligatoria. Les golpearon otra vez facilitando el despido e incentivando los contratos basura. Se fueron al paro. Malvivieron. Volvieron a casa de sus padres. Y cuando ya creían que nada más les podía caer del cielo gubernamental, a los próceres de la patria se les ocurrió que, si ya no les podían quitar nada más a los jóvenes, se lo quitarían a quienes les sustentan en la actualidad: sus padres. Es decir, Mariano va a conseguir que haya recortes en la paga semanal.

Es probable que la etapa que atravesamos sea una crisis para quienes en algún momento vivimos épocas de bonanza, de la misma forma que puede ser la normalidad para quien siempre haya vivido en la calle, y una época de bonanza para los más jóvenes que hayan nacido con la recesión. Todo esto y mucho más es posible. Lo que es seguro es que estamos ante un robo. Y lo que es peor, un robo a las generaciones más jóvenes.