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¿Habrá algo más bonito que la limosna? Darle una moneda a un pobre para que se compre un pincho de atún con tomate produce una gran satisfacción. Te quedas en paz durante toda la semana. Yo, además, cuando le doy 50 céntimos a un vagabundo siempre insisto en que no se lo gaste en drogas. Pero es que, además de caritativo, soy un filántropo. Y no creas, en un mes igual hago un par de donaciones así. Siempre a distintos pobres. A poder ser españoles. Y se me ha ocurrido que si estos indigentes estuvieran censados y registrados, podrían entregar un recibo o algo que se pueda usar para desgravar. Eso sería la leche. Qué menos que hacienda te devuelva algo, ¿no? Claro que, como ya se sabe cómo son estos pedigüeños, habría que ponerles un uniforme o algo para saber cuáles son los que están pidiendo de forma legal, no vaya a ser que le des limosna a uno que luego no tenga recibo para desgravar. Sería muy engorroso tener que llamar a la policía para recuperar tu dinero, pero no vas a darle medio euro a cualquier indocumentado.

La cuestión es que, si no fuera por la limosna, esa gente estaría muerta de hambre. Aunque todavía hay alguno que quiere comedores sociales mantenidos con dinero público. Pero si no son rentables. A eso no le sacas beneficio en la vida. Jamás. ¿No ves que esos pordioseros no tienen ni un duro? No tienen ni puta idea esos rojos. Con razón evito pagar impuestos. Si se van a gastar mi dinero en esas mierdas… Todavía si los pobres limpiaran montes o algo. Es como la Universidad. Tampoco es rentable. Si los alumnos trabajaran gratis mientras estudian, todavía veo que tengan becas. Pero darles el dinero para que se operen las tetas no. Eso nunca. Encima el otro día vi a un perroflauta de esos que quiere educación pública y gratuita en una manifestación antitaurina, en las puertas de la plaza. Casi me fastidian la corrida. Si es muy fácil, si no te gustan los toros, no vayas. Como si la tauromaquia estuviera subvencionada o algo. Serán cretinos.

Además, los toros son legales y las leyes están para cumplirlas. Por eso yo sólo fumo mis habanos en el coso y en el fútbol, cuando llevo a los críos. Y, gracias a dios, voy a poder fumarlos en Eurovegas. Porque si allí no se pudiera fumar el negocio no sería rentable. Está claro. ¿Y tú sabes cuánto dinero va a suponer Eurovegas para las empresas al precio al que está ahora la mano de obra en España? Ningún país podría renunciar a eso. Ninguno debería. Afortunadamente, nos eligieron a nosotros porque sabemos hacer las cosas y hacemos todo lo que se debe hacer. No como esos franceses escrupulosos. Con sus salarios mínimos por encima de los 1.400€ al mes. Así les va, que no tienen Eurovegas. Ellos sabrán. Lo único que lamento es que ese complejo de casinos no se ubique en Tordesillas. Las apuestas sobre quién ensarta antes al toro serían brutales. ¿Ves? ¿Quién dice que en este país no hay I+D+i? En un periquete acabo de inventar #BetTorodelavegaandWin. Me forro.

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Paradojas de la evolución

Como Sísifo, cada día empujo una gigantesca piedra con la intención de dejarla caer sobre el mundo para aplastarlo y aniquilarlo. Pero cuando tengo la pesada carga en el punto de inflexión, siempre acabo dejándola caer otra vez hasta el origen, para volver a empezar a arrastrarla como un enajenado con la misma intención destructora de siempre.

En ese momento místico en el que el ocaso revela el gris del cielo salpicado de borrones de nubes inconexas; justo cuando el sol invisible acierta a descubrir que las sombras mueren con él; en el último y preciso instante en el que todavía se advierten las siluetas, se coló en mi cabeza la descabellada idea de que la singularidad de La Tierra es el fenómeno universal menos valorado por la humanidad, por estar ésta absorta en el complejo proceso de descifrado de los códigos necesarios para mantener la dignidad en un mundo voraz. Cierto es que hay prioridades en este planeta que merecen eclipsar al maravilloso cúmulo de casualidades evolutivas que nos ha traído a todos hasta el día de hoy, cierto. El hambre, por ejemplo. A ver quién encuentra fuerzas para reflexionar sobre la inigualable condición de “habitable” con la que abrimos la lista de cualidades de nuestro mundo cuando uno no tiene un mendrugo que llevarse a la boca. A ver quién. El hambre es una mirilla estrecha que reduce las perspectivas personales al más corto de los plazos, de eso no hay duda.

Claro que, en estos días, otro nuevo fenómeno viene a apartar nuestros pensamientos de la infinita majestuosidad de La Tierra como excentricidad periférica del cosmos. Me refiero a la perspectiva de pasar hambre. En general, la perspectiva de perder, sea la comida, sea el techo, es la anteojera del nuevo siglo XXI, del que empezó en 2008. Quizás penséis que muy bien me van las cosas si me puedo detener un instante a disfrutar de una efímera reflexión sobre esa increíble consecución de mutaciones aleatorias desarrolladas durante millones de décadas que, de momento, concluyen con que en un pequeño territorio de una enorme masa que rota alrededor del sol gobierne Mariano Rajoy. Y no es que el lento proceso evolutivo que desde hace decenas de millones de años ha derivado en que yo esté aquí escribiendo me haya sido propicio de momento. No estoy para tirar cohetes, vaya. No me sobra ni uno. Es sólo que creo que a veces es necesario pararse un segundo a respirar, centrar los pensamientos y reflexionar sobre esa mutación concreta, acaecida en un momento determinado, que ha generado el cambio definitivo que ha permitido que uno sea un ser humano. Una mutación que sólo ha sido posible gracias a las condiciones únicas de este planeta.

¿No es grande? Es enorme. Gigantesco. Una puñetera mutación espontánea y vil, propiciada por excelentes condiciones para la vida, nos ha puesto a George Bush en el mapa, por ejemplo; a Goldman Sachs y a Kim Jon Un; Al Santander y a Rodrigo Rato. La evolución de no sé qué célula le ha permitido a un tal Francisco Correa relacionarse con todo un partido de gobierno para generar una red corrupta que ha evaporado millones de euros públicos y aquí no ha pasado nada. Y ha sido todo gracias a la jodida singularidad de este planeta y sus condiciones climáticas. Con razón nos lo estamos cargando, joder. Lentamente. Para que sufra. Y, sobre todo, para que deje de propiciar la evolución de grandísimos hijosdeputa. Es cierto que esas pequeñas variaciones que los seres vivos han experimentado para adaptarse al entorno han concluido, en ocasiones, en genialidades. Qué sé yo: Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, Mozart, Greg Cartwright… Pero no es menos cierto que las mutaciones evolutivas son muy caprichosas y lo mismo te dejan en el paritorio un genio del bien que uno del mal. Y no hay manera de saber ni cómo ni cuándo va a suceder.

Por eso deberíamos acabar con La Tierra. Por facilitar las condiciones idóneas para que la evolución del cerebro humano propicie que un hombre sea capaz de esclavizar a otro, de recortarle su pensión, de facilitar su despido y de generar en él un perverso y cegador miedo a perderlo todo.  Hay gente dispuesta a cobrar impuestos por el uso de energías renovables provenientes del sol, forzando el uso de combustibles fósiles o radioactivos que asfixian el ecosistema. Hay gente así y existen por culpa de La Tierra y sus fenomenales condiciones para la vida evolutiva de baja estofa. Destruiría el planeta con mis propias manos si no fuera porque algunos de los humanos que la pueblan, adaptándose merced a mutaciones aleatorias, han empezado a cargársela por su cuenta. Y el hecho de que quienes no duden en empobrecer a sus conciudadanos se dediquen también a asesinar a La Tierra me hace desconfiar y sopesar la idea de convertirme en ecologista. Padezco el cruel destino de querer proteger este mundo a pesar de que soy consciente de que debería contribuir a destruirlo por ser el caldo de cultivo de toda una clase infecta de mangantes egoístas.

Tradiciones

La indignación ante los casos de corrupción y el sufrimiento ante la celebración del torneo del Toro de la Vega es el precio que hay que pagar por tener escrúpulos. Quién os manda. Bueno, en realidad no es culpa vuestra, sino de vuestros padres, que os educaron como unos melindrosos. Que no hay quien os aguante. Todo el día poniendo pegas al expolio de lo público y a la tortura animal. En fin, los padres son así: las cosas buenas prefieren que las descubráis solos. Por eso nunca os mostraron el placer que se siente cuando se ve a un animal acorralado y atenazado por el miedo mientras se desangra. Vuestros padres prefirieron que fuera vuestra propia curiosidad la que os llevara a apreciar el goce de descubrir el terror en los ojos de un toro lacerado. Ese terror que solo puede sentir un ser vivo incapaz de comprender por qué le están acosando hasta la muerte. Es un miedo desmedido porque el animal jamás ha tenido que enfrentarse a nada semejante. Ha vivido en una dehesa, rumiando, copulando furtivamente con alguna vaca remolona, espantando moscas con el rabo, tolón, tolón, y, de repente, se ve hostigado por una horda de valientes lanceros amparados por el indestructible manto de la tradición. Una tradición que lo mismo sirve para ensartar a una res, que para prender fuego a sus cuernos, todo sea dicho.

En fin, no seré yo el que os anime a disfrutar del torneo de Tordesillas, porque apreciar tamaña matanza solo se consigue a través de un proceso de aprendizaje autodidacta. Debéis ser vosotros solos los que, a través de las imágenes que encontraréis en internet -y que yo no pienso enlazar-, valoréis en su justa medida el maravilloso mundo de la tortura animal. Tenéis que descubrir el deleite del sufrimiento de un toro para poder formar parte de la mayoría silenciosa que respalda a esta fiesta. Una fiesta que viven muchos de los apenas 9.000 habitantes que tiene el pueblo castellano en el que se desarrolla la sangría, pero que es disfrutada por millones silentes y gozosos bajo el amparo de ese paraguas gigante, hermoso e inapelable que nos gusta llamar tradición. Sí, tradición, el chaleco antibalas de la crueldad y baluarte de la Marca España.

Feliz resaca

Consumir altas dosis de información de garrafa produce una resaca terrible. De esas que no mitigan ni los paracetamoles de alta gama. De esas que te dejan todo el día con la cabeza embotada, mientras brotan en tu cabeza los recuerdos difusos de las noticias ingeridas la semana anterior. Como fantasmas. Pero reales y amenazantes como sólo lo puede ser la vida misma . Hay quien dice que el problema no es tanto consumir una gran cantidad de contenidos garrafoneros sino mezclar varios de distinto palo. Qué sé yo, por poner un ejemplo, el problema sería recibir una severa dosis de noticias sobre corrupción, combinadas con no imputaciones atroces, sobreseimientos sibilinos y alevosos delitos prescritos y, cuando estás medio grogui, enterarte de que hay empresarios que no sólo piensa, sino que proclaman a los cuatro vientos que los contratos indefinidos son un privilegio. Es un cóctel atroz. Letal. Así estoy yo ahora, que me duele todo el cuerpo. Hay quien sugiere que para aliviar esta horrible resaca basta con seguir metiéndote entre pecho y espalda noticias  de garrafón de baja intensidad etílica, pero tengo comprobado que sólo sirve para empeorar las cosas.

 

El problema, desde mi punto de vista, es que, al contrario que pasa con otros productos nocivos, el consumo de información de garrafa no sólo es legal, sino que está bien visto en esta sociedad hipócrita. Y no pasa nada. Y te puedes pasar el día entre contenidos tóxicos. Empiezas con la tontería del empresario que busca repartidores de bollos que hayan terminado empresariales; sigues con un poco de Urdangarín, su esposa y su palacete; a media mañana algo de movilidad exterior; luego recuerdas un #quesejodan; sin quererlo y sin beberlo te llegan los datos del paro; te enteras de que la bolsa bulle mientras el 50% de los preferentistas perderán su dinero; a esto le sumas que en Bankia repartieron la práctica totalidad de sus preferentes entre clientes minoristas; pasas a algo más ligero con Ana Botella diciendo que Madrid ya ha recibido bastante beneficio presentándose tres veces sin éxito como candidata a unos Juegos Olímpicos; enseguida te metes con algún disco duro borrado o alguna agenda destruida; llegan los Eres; un poco de Siria y algo de Merkel; Fukushima y la madre que los pario a todos. Cuando te quieres dar cuenta es demasiado tarde. Estás ebrio de inmundicia. Nadie te va a quitar la peor resaca del siglo.

 

Y no hay clínicas de desintoxicación. La única opción que te queda es recluirte en un bosque. Uno que no esté amenazado de tala para la construcción de chalets de lujo. Uno en el que no vayan a poner un Ikea. Huir. Escapar al menos hasta que recibas algún mensaje positivo. Qué sé yo, un mensaje sobre la ciudadanía harta de la clase dirigente. Sobre ciudadanos que ponen su voto al servicio de sus conciudadanos. Sobre gobernantes que priman la dignidad de sus gobernados sobre los intereses de las empresas. Noticias de otro tipo. Informaciones que no hemos recibido en nuestra vida. Que levante la mano quien haya visto una noticia positiva que luego no se haya convertido en mugre, como por ejemplo el milagro económico español del señor Aznar. Sencillamente no existe. Puede que a algunos les valga de placebo la información deportiva, pero a mí no me alegra decir que jugando a la pelota somos los mejores. Feliz resaca.

Carromero de Cuba, Cuba, Cuba

Donde el son dice cantinero tú pones Carromero y puedes seguir cantando que bebe aguardiente par olvidar, como muchos de los que se hacen famosos de golpe y porrazo. Es una víctima, ahora lo sé. Y un desgraciado. Al pobre diablo sólo se le ocurrió decir, en una entrevista concedida a CNN, que confiaba en el indulto. Como si su partido, que es el que gobierna, no tuviera ahora mismo más preocupación que la de explicar por qué exime a su acólito justo cuando acechan las sombras de la corrupción y en medio del gran éxito que supone que el paro haya bajado en agosto en 31 personas. Para colmo a la Audiencia Nacional y la Fiscalía no les parece oportuno que se le conceda tan preciada indulgencia, por lo que si ésta llega, tendrá que hacerlo con el ruido y la fanfarria propios de las decisiones impopulares y poco lubricadas. En esta coyuntura caben dos posibilidades: La primera que al Ministerio de Justicia se la traiga floja el efecto de un indulto a un miembro de su partido que, supuestamente, está implicado en un accidente con pérdida de vidas humanas; la segunda que desde la cartera de Gallardón se haya enviado a Carromero el mensaje “Ángel, se fuerte”. Pero no por SMS, que luego todo se sabe.

Apparcar al toque

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Tienes que dar mil vueltas porque hay señoras mayores que conducen un Ford Fiesta del 82 y que aparcan en el sitio en el que tú podrías estacionar. Pero eso se va a acabar. El Ayuntamiento de Oviedo ha encontrado una solución fantástica para que los conductores encuentren aparcamiento en la ciudad sin tener que preocuparse por poner y cambiar el ticket de la O.R.A., siempre y cuando el usuario se pueda permitir un smartphone y una tarifa de datos, y sepa cómo manejar la combinación de esas dos cosas. Se llama Apparcar. Es una aplicación GRATUITA. Es decir, que no pagan por ella ni los que tengan smarphone ni los que no. Una aplicación para todo el pueblo, vamos. Sólo tienes que descargarla en tu terminal de última generación para poder formalizar una reserva online que te permitirá estacionar tu vehículo en alguno de los espacios delimitados y numerados que el consistorio pondrá a disposición de los ciudadanos. Es muy cómodo. Y muy limpio. De mano te evitas tropezarte con alguno de esos excéntricos señores de 70 años que todavía osan conducir y que se niegan a tener un iPhone o a entrar en el mundo Android. Buena materia prima pierde Soylent. En fin, la iniciativa es tan buena que me planteo comprar un coche.

En esta sociedad lanzada a la conquista del mundo, en una trepidante carrera por abrir una brecha tecnológica que tenga consecuencias cada vez más discriminatorias, esta aplicación tiene un excelente porvenir, porque existen innumerables espacios públicos que podemos privatizar de forma similar y cuya reserva, además, no pondría en peligro la vida de ninguna persona, al no tener el usuario que verse obligado a manejar su móvil mientras conduce. Por ejemplo, los bancos del parque. Intercambiar fluidos con tu pareja será mucho más fácil a partir de ahora gracias a la aplicación Appillarcacho. Ya no tendrás que deambular por las zonas ajardinadas de la urbe buscando un banco libre para dejarte llevar por los instintos amorosos más primarios. Reserva uno online. Es la mejor forma de evitar que los abueletes los acaparen todos. Descarga e instala Appillarcacho y… ¡A gossar!