Tradiciones

La indignación ante los casos de corrupción y el sufrimiento ante la celebración del torneo del Toro de la Vega es el precio que hay que pagar por tener escrúpulos. Quién os manda. Bueno, en realidad no es culpa vuestra, sino de vuestros padres, que os educaron como unos melindrosos. Que no hay quien os aguante. Todo el día poniendo pegas al expolio de lo público y a la tortura animal. En fin, los padres son así: las cosas buenas prefieren que las descubráis solos. Por eso nunca os mostraron el placer que se siente cuando se ve a un animal acorralado y atenazado por el miedo mientras se desangra. Vuestros padres prefirieron que fuera vuestra propia curiosidad la que os llevara a apreciar el goce de descubrir el terror en los ojos de un toro lacerado. Ese terror que solo puede sentir un ser vivo incapaz de comprender por qué le están acosando hasta la muerte. Es un miedo desmedido porque el animal jamás ha tenido que enfrentarse a nada semejante. Ha vivido en una dehesa, rumiando, copulando furtivamente con alguna vaca remolona, espantando moscas con el rabo, tolón, tolón, y, de repente, se ve hostigado por una horda de valientes lanceros amparados por el indestructible manto de la tradición. Una tradición que lo mismo sirve para ensartar a una res, que para prender fuego a sus cuernos, todo sea dicho.

En fin, no seré yo el que os anime a disfrutar del torneo de Tordesillas, porque apreciar tamaña matanza solo se consigue a través de un proceso de aprendizaje autodidacta. Debéis ser vosotros solos los que, a través de las imágenes que encontraréis en internet -y que yo no pienso enlazar-, valoréis en su justa medida el maravilloso mundo de la tortura animal. Tenéis que descubrir el deleite del sufrimiento de un toro para poder formar parte de la mayoría silenciosa que respalda a esta fiesta. Una fiesta que viven muchos de los apenas 9.000 habitantes que tiene el pueblo castellano en el que se desarrolla la sangría, pero que es disfrutada por millones silentes y gozosos bajo el amparo de ese paraguas gigante, hermoso e inapelable que nos gusta llamar tradición. Sí, tradición, el chaleco antibalas de la crueldad y baluarte de la Marca España.

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