Paradojas de la evolución

Como Sísifo, cada día empujo una gigantesca piedra con la intención de dejarla caer sobre el mundo para aplastarlo y aniquilarlo. Pero cuando tengo la pesada carga en el punto de inflexión, siempre acabo dejándola caer otra vez hasta el origen, para volver a empezar a arrastrarla como un enajenado con la misma intención destructora de siempre.

En ese momento místico en el que el ocaso revela el gris del cielo salpicado de borrones de nubes inconexas; justo cuando el sol invisible acierta a descubrir que las sombras mueren con él; en el último y preciso instante en el que todavía se advierten las siluetas, se coló en mi cabeza la descabellada idea de que la singularidad de La Tierra es el fenómeno universal menos valorado por la humanidad, por estar ésta absorta en el complejo proceso de descifrado de los códigos necesarios para mantener la dignidad en un mundo voraz. Cierto es que hay prioridades en este planeta que merecen eclipsar al maravilloso cúmulo de casualidades evolutivas que nos ha traído a todos hasta el día de hoy, cierto. El hambre, por ejemplo. A ver quién encuentra fuerzas para reflexionar sobre la inigualable condición de “habitable” con la que abrimos la lista de cualidades de nuestro mundo cuando uno no tiene un mendrugo que llevarse a la boca. A ver quién. El hambre es una mirilla estrecha que reduce las perspectivas personales al más corto de los plazos, de eso no hay duda.

Claro que, en estos días, otro nuevo fenómeno viene a apartar nuestros pensamientos de la infinita majestuosidad de La Tierra como excentricidad periférica del cosmos. Me refiero a la perspectiva de pasar hambre. En general, la perspectiva de perder, sea la comida, sea el techo, es la anteojera del nuevo siglo XXI, del que empezó en 2008. Quizás penséis que muy bien me van las cosas si me puedo detener un instante a disfrutar de una efímera reflexión sobre esa increíble consecución de mutaciones aleatorias desarrolladas durante millones de décadas que, de momento, concluyen con que en un pequeño territorio de una enorme masa que rota alrededor del sol gobierne Mariano Rajoy. Y no es que el lento proceso evolutivo que desde hace decenas de millones de años ha derivado en que yo esté aquí escribiendo me haya sido propicio de momento. No estoy para tirar cohetes, vaya. No me sobra ni uno. Es sólo que creo que a veces es necesario pararse un segundo a respirar, centrar los pensamientos y reflexionar sobre esa mutación concreta, acaecida en un momento determinado, que ha generado el cambio definitivo que ha permitido que uno sea un ser humano. Una mutación que sólo ha sido posible gracias a las condiciones únicas de este planeta.

¿No es grande? Es enorme. Gigantesco. Una puñetera mutación espontánea y vil, propiciada por excelentes condiciones para la vida, nos ha puesto a George Bush en el mapa, por ejemplo; a Goldman Sachs y a Kim Jon Un; Al Santander y a Rodrigo Rato. La evolución de no sé qué célula le ha permitido a un tal Francisco Correa relacionarse con todo un partido de gobierno para generar una red corrupta que ha evaporado millones de euros públicos y aquí no ha pasado nada. Y ha sido todo gracias a la jodida singularidad de este planeta y sus condiciones climáticas. Con razón nos lo estamos cargando, joder. Lentamente. Para que sufra. Y, sobre todo, para que deje de propiciar la evolución de grandísimos hijosdeputa. Es cierto que esas pequeñas variaciones que los seres vivos han experimentado para adaptarse al entorno han concluido, en ocasiones, en genialidades. Qué sé yo: Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, Mozart, Greg Cartwright… Pero no es menos cierto que las mutaciones evolutivas son muy caprichosas y lo mismo te dejan en el paritorio un genio del bien que uno del mal. Y no hay manera de saber ni cómo ni cuándo va a suceder.

Por eso deberíamos acabar con La Tierra. Por facilitar las condiciones idóneas para que la evolución del cerebro humano propicie que un hombre sea capaz de esclavizar a otro, de recortarle su pensión, de facilitar su despido y de generar en él un perverso y cegador miedo a perderlo todo.  Hay gente dispuesta a cobrar impuestos por el uso de energías renovables provenientes del sol, forzando el uso de combustibles fósiles o radioactivos que asfixian el ecosistema. Hay gente así y existen por culpa de La Tierra y sus fenomenales condiciones para la vida evolutiva de baja estofa. Destruiría el planeta con mis propias manos si no fuera porque algunos de los humanos que la pueblan, adaptándose merced a mutaciones aleatorias, han empezado a cargársela por su cuenta. Y el hecho de que quienes no duden en empobrecer a sus conciudadanos se dediquen también a asesinar a La Tierra me hace desconfiar y sopesar la idea de convertirme en ecologista. Padezco el cruel destino de querer proteger este mundo a pesar de que soy consciente de que debería contribuir a destruirlo por ser el caldo de cultivo de toda una clase infecta de mangantes egoístas.

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