Aplicaciones prácticas de la actividad parlamentaria

La Junta General del Principado, con toda la actividad política que en ella se desarrolla, es, como el resto de sedes parlamentarias de toda Europa, un laboratorio del que podemos sacar ideas para la vida cotidiana de todos los ciudadanos. Nuestros señores diputados y sus correspondientes Grupos parlamentarios son como cobayas en observación, de los que extraemos información preciada para construir comportamientos, argumentos y relaciones sociales de gran utilidad. Un ejemplo: el día que tu pareja castigue a tu hijo, suéltale 50 euros al chaval para que se vaya de juerga. Tú dáselos, y luego condiciona su salida nocturna a que el otro progenitor dé su consentimiento. Puede que no sea una buena estrategia para la estabilidad del matrimonio; puede que a tu vástago no le parezca bien tu ambigüedad, pero los 50 pavos le durarán meses. Años, si tu pareja sigue inflexible. Este modelo de comportamiento nace de la extrapolación a la vida familiar de experiencias recogidas en el Parlamento asturiano. En concreto de la firma de la propuesta de reforma de la Ley electoral. Que el Partido Socialista pueda llegar a rechazar en la Junta regional una proposición de ley que ha avalado con su rúbrica si ésta no es apoyada por algún otro partido de derechas, a demás de por UPyD, no deja de ser una irónica experiencia que se puede reproducir, como vemos, en el genérico mundo civil.

Hay muchos más ejemplos. Me gusta particularmente el de los defensores del maltrato animal en forma de tauromaquia. Asegurán estos ciudadanos que el toro ha nacido para morir, sea en el ruedo, sea en una vega de Tordesillas; que ése es su destino. Que se joda el toro, vamos. Es, como habréis advertido, un argumento elaborado gracias a las muestras obtenidas en un estudio realizado en el Congreso de los diputados, más en concreto en la bancada popular, en la zona en la que se ubica la levantina Andrea Fabra. Y qué decir de las diferentes sesiones plenarias, desarrolladas en las distintas Cámaras parlamentarias que pueblan la extensa geografía peninsular, en las que apenas hay diputados escuchando las comparecencias de determinados portavoces. Gracias a ellas hemos aprendido a desconectar nuestra mente cuando nuestra pareja nos echa la bronca por haber llegado tarde la noche anterior. Una aplicación, ésta, que por sí misma sería merecedora de acabar con la cacareada desafección política.

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