El Señor de las limosnas

No voy a entrar a valorar la inmundicia que cada tarde nos suelta Televisión Española con la emisión del programa Entre todos, ese espacio que lamentablemente se ha hecho famoso porque su conductora hizo callar a una mujer que, no sé muy bién por qué, fue al programa a decir, entre otars cosas, que su marido le pegaba. La presentadora en cuestión, Toñi Moreno, hizo “de madre” y le espetó a la jóven que “esas cosas o se denuncian o se callan para toda la vida”. Con un par de hevos. No, no voy a entrar en el detalles de tal estercolero, sino que me voy a quedar en un mero análisis general de lo que se pretende con tal aberración televisiva. Usando un eufemismo: buscar la cooperación colectiva para ayudar a un necesitado. Hablando en plata: la limosna. Ni más ni menos. Que particulares altruistas suplan los servicios que debería facilitar una administración pública que de verdad se preocupe de los ciudadanos; que quienes tienen capacidad económica mitiguen la desesperación del desamparado de forma puntual, toda vez que el Gobierno de turno es incapaz de hacerlo.

No tengo los datos necesarios para asegurar categóricamente que son todos, pero en general la gran mayoría de las personas adineradas, y que además son caritativas, quiere que los pobres sigan siendo pobres, aunque unos no lo digan y otros no lo sepan. Tampoco estoy descubriendo la pólvora con esta sentencia. La limosna, se entienda este concepto como se entienda, es un garante de que los necesitados van a seguir viviendo y, más en concreto, van a seguir viviendo pobres, que es de lo que se trata. Y eso está muy bien, porque siendo los recursos y el dinero finitos -como son-, cuanto menos tengan los de abajo, más tendrán los de arriba. Y si esta expresión os parece un tanto clasista, lo diré de otra forma: cuanto más tengas los de arriba, menos tendrán los de abajo. Es tan básico que no sé ni para qué me molesto en escribir nada.

La limosna sirve, entre otras cosas, además, para lavar conciencias. Dejarlas como una patena. Y una persona con la conciencia aseada se siente con la legitimidad moral de decir “yo esto no lo tributo, porque me lo he ganado”. La conciencia brillante que nos deja la limosna nos permite defender con más ahínco los recortes de servicios sociales públicos, tan necesarios (los recortes) para poder desviar los recursos a sanear los bancos gracias a créditos de dinero público que jamás serán devueltos. Una conciencia pulcra para gobernarlos a todos. Una limosna para atraerlos y atarlos en la pobreza en la Tierra de España, donde se extienden las Sombras, donde la crisis ha pasado ya, aunque haya un 26% de parados y miles de familias no tengan ni para pagar la calefacción en invierno. Una Tierra en la que la supresión de derechos sociales es recibida en el parlamento entre aplausos y gritos de “qué se jodan”, pero no pasa nada porque el domingo voy a misa y allí doy mi moneda. Estamos salvados gracias a un mísero euro que cambia de manos. Un euro que es una condena para el que lo recibe, aunque él no lo sepa.

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