Realities

En un país en el que cualquier mentira en una campaña electoral sirve para determinar el sentido de un voto -de forma que el electorado crédulo siempre apostará por los ciento volando-, la experiencia personal, por breve que haya sido la trayectoria vital del individuo, podría determinar de forma definitiva su filiación por un partido u otro, sin importar el matiz ideológico de cada formación política. Una máxima que se resume con extraordinaria sencillez en la sentencia: “yo, cuando gobernaba Aznar, tenía trabajo”. Es una frase que anula cualquier intento de discusión sobre la crisis, por sincera y cordial que ésta sea (la discusión), y que confirma la grave acusación de que la culpa de la actual coyuntura es de la ciudadanía, no porque el pueblo soberano haya vivido por encima de un listón de posibilidades más o menos alto, sino porque se ha empeñado en subsistir un por debajo de un umbral educativo que se arrastraba antes y que va camino de perforar el suelo para soterrar cualquier esperanza ahora.

Esto, amigos, no quiere decir que haya tomado partido en el eterno, inagotable y crudo debate entre Randolph y Mortimer Duke. No lo había hecho hasta ahora y no lo pienso hacer. Al contrario, hoy pienso rebatir las ideas de estos dos colosos de los Trading Places para concluir que ambos estaban equivocados al enconarse en una fraticida batalla dialéctica sobre si el éxito de una persona está determinado por su educación o por su capacidad natural. Randolph y Mortimer no solo eran teóricos, sino que llevaron su disputa a la experimentación empírica, aunque el segmento poblacional en el que basaron su estudio era muy pequeño (dos personas), por lo que se me antoja harto difícil extrapolar los resultados a un abanico de mayores dimensiones. Pero no aseguro categóricamente que esos dos gigantes de la conomía estaban equivocados por reducir el campo de estudio a dos especímenes, sino por lo que he dado en llamar “especifidad española y olé”: el ecosistema socio-político de buena parte de la Península Ibérica. Y olé.

El 99% de los toreros que son medianamente conocidos, el 70% de los futbolistas que juegan en primera división en grandes equipos, varios políticos, Tita Cervera y Paquirrín, entre otros, son el vivo ejemplo de que se puede triunfar (en términos económicos y de consecución de objetivos personales) en la vida sin necesidad de tener estudios. Por otra parte, Tita Cervera -again-, varias Ministras, algunos jugadores del Real Oviedo y, otra vez, Paquirrín, han sido capaces de alcanzar grandes metas personales sin tener ninguna capacidad natural para ello. Estos ejemplos, creo, torpedean las tesis sostenidas por los Duke, sí, pero no hunden sus teorías por completo. Para lograr tal hazaña ha surgido de lo más profundo de la España cañí una nueva estirpe de triunfadores que ni tienen formación para el éxito ni, desde luego, atesoran capacidad natural para la prosperidad y aún así, consiguen salir adelante con (relativo) éxito: los concursantes de realities televisivos, entre los que también encontramos a Paquirrín, por cierto.

En general no me gustan los realities. Ni siquiera aquellos en los que participo sin querer. Excepto uno. Uno internacional en el que han metido a una treintena de países en una casa común que, por algún motivo que desconozco, han dado en llamar “Unión”. Es una pasada. Hay un “Súper”, que es la Comisión Europea, y que se dedica a dar las instrucciones a los participantes. Está muy emocionante. Han estado a punto de expulsar a Grecia. Los amigos del país heleno se quejan de que la dirección del programa, el FMI, está manipulando la información que recibe el público para cambiar su percepción del país y perjudicarlo. Está fenomenal. Hay un grupo de paises periféricos que creen que Alemania es una mandona. Otros creen que Francia está “actuando” para ganar. Pero todos se ponen a parir mutuamente cuando están en el “confesionario”. Últimamente es la risa porque les han metido a un visitante, Ucrania, y la audiencia tiene que estar subiendo mucho porque ha aparecido en escena una de sus ex, Rusia, que al parecer está celosa. Con deciros que el reality es lo más visto ahora en EEUU… Una pasada.

Participa en este experimento sociológico internacional también España, que está pasando sin pena ni gloria por el programa, y que lo mismo acaba expulsada que se va ella por su propio pie. Nadie lo sabe. La verdad, no da mucho juego. Será porque hay montado es ese país otro reality, uno interno, que consiste en expulsar a gente del mercado laboral para poder decir que baja el paro. También está muy bien. Genera mucha expectación porque el público es también concursante y hay expulsados cada cinco minutos. Una genialidad. Todo el mundo cree que será líder de audiencia hasta que el próximo curso empiece otro reality que prevé que se vaya expulsando gente del sistema educativo. Gente joven, se entiende. Brutal. Eso solo lo superaría un programa en el que haya expulsados del sistema de salud. Al tiempo.

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