Esperanzados

Hay quien podría ver en la fuga de Esperanza Aguirre -moto arrollada mediante- un signo de soberbia altiva, de desdén a lo público y de desfachatez ligada al poder y el dinero. Hay quien podría, sí, pero no yo. Yo no creo que Aguirre (que ya no es cargo público, pero sí político al conservar sus funciones como mandamás del partido que gobierna con mano de hierro Madrid y su Ayuntamiento, y desde allí el resto del país) haya despreciado con su gesto a todo un símbolo del Estado de derecho, ni se haya creído superior al resto de mortales por su condición de aristócrata consorte, funcionaria liberal y lideresa en stand by. Descarto esa posibilidad. Sí, amigos, la descarto. Y me creo la versión de Esperanza. A pies juntillas. Me la creo entera. Por dos razones bien definidas:

1) Porque es una pija.

2) Porque está bien entrenada.

La primera razón es obvia. A un pijo de verdad (pero de verdad, no a un nuevo rico de esos insoportables) jamás se le ocurriría negarse a pagar una multa. Ahora bien, el pijo decide en qué momento, en función de la prisa que tenga, se debe ir del lugar de autos. Esto es así. Un pijo permanece en una misma ubicación, sea la que sea, el tiempo justo. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Y el momento de abandonar cualquier punto geográfico solo puede estar determinado por la prisa y/o la venada que le dé en ese momento. Le puede apetecer quedarse, si le parece interesante o divertida la situación, o le puede dar por largarse, si empieza a estar aburrido o si tiene otras cosas que hacer como ir a tomar unas cañas. Como es algo que lleva en los genes no se lo puedes reprochar. El pijo es capaz largarse en medio de una conversación y dejar a su interlocutor con la palabra en la boca sin antes haber dado pistas de que nada de eso iba a suceder. Es como por arte de magia: se aburre y se va. Sin más. Y no hay nada que explicar. Y no hay moto aparcada que lo pueda impedir.

La segunda razón no tiene menos peso. Aguirre pertenece a un sector de la población que algunos se empeñan en llamar casta y que vive con la permanente necesidad de no dejar pruebas de su actividad privada, mientras se empeña en dejar un rastro gigantesco de su actividad pública. Su máxima es “Nadie lo podrá probar”, un lema que no ocultan y del que hacen uso los más altos cargos de ese colectivo privilegiado. Si Aguirre hubiera sido fotografiada por -qué sé yo- algún agente de la inteligencia venezolana, por poner algún ejemplo, la instantánea podría perjudicar, no sé, a su futuro político o, incluso, a futuras entrevistas de trabajo sean en empresas del sector energético, sean compañías del sector financiero. Así que vivir bajo ese slogan no resulta fácil, porque hay comunistas y depravados incrustados en el Estado y la opinión pública que se empeñan en buscar, en escrutar. Lo hacen por pura maldad y las personas como Esperanza desearían que todos ellos se fueran a Cuba. Así, una ciudadana de bien que no ha desnutrido voluntariamente a sus hijos, podrá aparcar su automóvil donde le plazca sin tener que hacer oídos sordos a las los agentes de la policía que la persiguen por el centro de Madrid con la intención, seguramente, de aburrirla soberanamente. Ánimo, Esperanza. Estamos contigo. Estamos esperanzados

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