Con jota de toda la vida (V)

Decidí que rompería mi relación de una semana de duración con Jessi a los 15 segundos de entrar por la puerta de su domicilio familiar. Fue el tiempo que tardó el pitbull de Kevin en llegar como un Miura. Déjale, sólo te está reconociendo, insistía Jessi con una despreocupación divina. Pero aquel bicho tenía una cabeza como la de un oso. Y la tenía justo en mi entrepierna. En el puñetero medio. Empujando mientras bufaba. Su amo, sin quitar ni las manos ni la mirada de la Play, acertó a soltar un “si no hace na”. Y añadió “y pues bajar las manos, que no te va a tracar: es un perro”. En efecto, yo había levantado instintivamente los brazos, no sé por qué. Pero no me atrevía ni a bajarlos, ni a pronunciar palabra alguna, a pesar de que me empezaban a doler, mientras me iba desplazando lentamente hacia atrás en un vano intento de separar la poderosa mandíbula de mi cada vez más raquítica bragueta. Jessi había desaparecido en el interior de la vivienda buscando a su hermana y Canibal y yo nos íbamos conociendo mientras Kevin mataba zombis ora con una ballesta, ora con un lanzallamas.

A continuación reproduzco la conversación que Kevin y yo mantuvimos mientras él luchaba contra los no-muertos y Canibal puñaba con su hocico dentudo contra mis genitales:

-Le llamamos Canibal porque casi acaba con dos.

-¿Casi mata a dos perros?

-A dos personas, atontao. Casi se las come y por eso lo de Canibal.

-Pero, en ese caso, es un antropófago

-No, no, es un pitbull.

-¿Qué?

-¿De qué?

-¿Perdona?

-¿Pero qué dices, payo?

-Lo de antrop…

-Pitbull. De pura raza.

Fueron los 130 kilos de la madre de Jessi los que apartaron a Canibal de mis testículos. Un sólo golpe con el reverso de la mano -aplicando una técnica probablemente oriental y seguramente ancestral- y el animal salió despedido como a cinco metros de distancia. No lo volví a ver aquel día. Nunca me había alegrado tanto de conocer a la progenitora de una de mis parejas. Mi alivio fue tal, que me dejé llevar por el éxtasis de la salvación y no sólo le di dos besos a aquella mujer, sino que me abracé a ella como quien se aferra a la existencia. Cuando me di cuenta de la estupidez que estaba haciendo me aparté con el ímpetu de quien huye de un leproso. Cuando me di cuenta de esa otra estupidez decidí cerrar los ojos y esperar pacientemente a que me llegará un guantazo como el que le había caído a Canibal. Afortunadamente no llegó. Pero sí lo hizo Jessi, acompañada de Sara, quien había contemplado esta última escena con los ojos como platos, mientras movía la cabeza de derecha a izquierda y de siniestra a diestra. A quien sí le sobrevino un cachete de veinticinco arrobas fue a Kevin, que dejó la caza de muertos vivientes y se unió a las presentaciones.

Este es kevin. Encantado. Extiendo la mano y él, el puño. No sé cómo sigue el saludo así que se lo agarro y lo agito amistosamente. No sé si se ríen de él o de mí, aunque espero que sea de mí, porque no tengo ganas de ganarme la enemistad del zagal, ni la de sus bíceps tatuados con la silueta de su perro, ni, por supuesto, la de su ya famoso can. Esta es Sara. Ni se te ocurra abrazarme, me espeta mientras me acerco a darle dos besos. Esta vez seguro que se ríen de mí. Esta es mi madre. Ya nos conocemos, me apresuro a decir, antes de que nadie haga más chistes. Pero se vuelven a reír. Y yo también. Total, qué más da. De perdidos al río. Además, se me están soltando los nervios acumulados tras el episodio de confraternización con Canibal y la risa me sale sola. Fluye con facilidad. Con demasiada. Me da un ataque de risa. Lo que me faltaba para ganarme una buena tunda.

Cinco minutos de reloj después consigo ponerme de pie. Acepto el pañuelo que Jessi me ofrece para secarme las lágrimas. Creo que esta podría ser la buena; que podré para de reír. No estoy seguro, pero más me vale. Sólo espero que Canibal no huela la sangre que brota de la herida que me he provocado al tratar de neutralizar el ataque de risa mordiéndome el labio. Nunca se sabe con estos perros. Todos me miran y sé que debería decir algo, pero me salva el ruido de una llave que se introduce en la cerradura. Es el novio de la madre de Jessi. Llega directo del bar. Que de dónde me ha sacado. Que de un bar y a ti qué te importa. Que me importa porque me preocupo por ti. Que dejes de decir tonterías y me des 40 leuros. La conversación entre Jessi y aquel hombre podría haber seguido así durante décadas, como un partido de tenis dialéctico eterno, pero la madre soltó un “que os calléis ya” que llevó el silencio no sólo a aquel piso, sino a todo el vecindario. Solo durante unos minutos. El tiempo que tardó en comenzar una discusión a cinco bandas sobre los leuros, la hora de llegada, los tangas, sacar a Canibal a pasear y las marcas que dejan los traseros en el sofá. Sí, a mí también me extrañó este último punto en el orden del día.

¿Por qué C-3PO no reconoce a Obi Wan en el episodio IV? ¿Cómo se le puede dar tanto protagonismo a un personaje secundario para luego cometer ese error argumental? Eso era lo que estaba pensando cuando Jessi me sacó de mi abstracción con un sutil codazo que me dejó sin respiración. No prestaba atención a la jarana que había montada por dos razones fundamentales. La primera: la cosa no iba conmigo. Ni me miraban. Juraría que se habían olvidado de que estaba en la misma sala, incluso en el mismo metro cuadrado en el que se desarrollaba la trifulca. La segunda: no entendía dos de cada tres palabras pronunciadas en aquella jerga, lo que hacía imposible que pudiera seguir el debate de una forma lógica. Obviamente, continué en el sitio en el que estaba sin moverme ni un milímetro por miedo a que me callera una galleta o que me encontrara Canibal. Por eso el golpe en las costillas fue tan doloroso. Aunque más dolorso fue cuando Kevin me apretó la mandíbula para abrime la boca y sacarme la lengua porque decía que si me la tragaba podría morirme. Daban igual mis intentos por explicar que lo que me pasaba era que estaba sin aire, un extremo que agudizó la madre de Jessi cuando me obligó a beber una vaso de agua porque juraba que simplemente estaba sofocado. Y así fue como vomité sobre los zapatos de todos ellos. Así de sencillo.

Estaban a punto de ponerse a decidir qué tratamiento aplicarme para aquella regurgitación cuando dieron las siete. Afortunadamente nos íbamos ya. Sólo un guantazo de su madre habría quitado el hipo con más eficacia que el atuendo que Jessi había escogido para la ocasión. Los zapatos de tacón de color rosa conjuntaban a la perfección con la falda-cinturón que precedía a un top ajustadísimo de color turquesa que cubría con una chaqueta de simil-piel. A ningún miembro de su familia le llamó la atención aquel atuendo. Ninguno mostró sorpresa porque Kevin despidiera a su hermana con una palmada en el trasero. Yo me limité a dejarme arrastrar hasta el ascensor, de ahí al portal, de ahí a mi coche y de ahí al primer garito tunero de la jornada. Por fin es viernes. Yuju.

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