Presencias y ausencias

Lo que pasa en el Ayuntamiento de Oviedo se queda en el Ayuntamiento de Oviedo. Como en Las Vegas. Pero sin casinos y sin putas, como lamentaría Bender. El Consistorio es un espacio sobrenatural en el que se dan inimaginables pactos entre la derecha y la izquierda, se alimenta un agujero negro rodeado de un Cinturón verde y se mantiene sin mucho bombo (y apenas platillo) a dos concejales condenados judicialmente. Eso a parte de que es el punto en el que se produjo el Big bang del caso Villa Magdalena, que no acabó con un agujero literario y otro literal en medio de la ciudad (en forma de aparcamiento subterráneo) porque la casualidad quiso que Foro Asturias irrumpiera en la Junta General como Atila (quien quiera saber más de este último particular, que lea a mi amigo Luis, que lo explica bien clarito y yo ahora no tengo tiempo de extenderme en la información).

Este esotérico Ayuntamiento es famoso por sus presencias: la del popular Jaime Reinares, condenado por revelación de secretos, y la de la forista Belén Arganza, condenada por vejaciones; pero también es famoso por sus ausencias. La primera la del izquierdaunidista, Roberto Sánchez Ramos, que se fue al baño permitiendo que el Equipo de Gobierno rechazara una petición para que el consistorio se sumase a una iniciativa contra la Ley de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local, aprobada por el Gobierno de Mariano Rajoy. Se daba la circunstancia de que Izquierda Unida acababa de pactar con el ejecutivo del PP los presupuestos, mostrándose como el sustento de los populares. La seguda ausencia es la del socialista Alfredo Carreño, portavoz de su Grupo municipal, y es bien reciente. Se produjo ayer, en el Pleno municipal y, con ella, Carreño permitió que el Equipo de Gobierno sacara adelante el informe de las conclusiones sobre otro de los misterios insondables que se gestaron en el Ayuntamiento: Los palacios (Calatrava mediante).

La cuestión es que Alfredo Carreño, con su ausencia, dio libertad al Gobierno del PP para evitar la responsabilidad política de dos de sus figuras más representativas: Gabino de Lorenzo, exalcalde, Delegado del Gobierno, e ideólogo del malogrado macroproyecto de aparcamiento subterráneo bajo el centro de la ciudad para pagar 63 millones a Comamsa por Villa Magdalena (hoy sabemos que el precio será menos de la mitad de esa cifra), y Jaime Reinares, exteniente de Alcaldía condenado y despojado de sus responsabilidades, no expulsado, y obligado por su partido a meditar sobre su situación como castigo. Lo curioso del caso es que la no presencia del portavoz socialista también logró que no se aprobaran las responsabilidades políticas para el expresidente del Gobierno socialista, Vicente Álvarez Areces; el exconsejero de Hacienda socialista, Jaime Rabanal; la exportavoz municipal socialista, Paloma Sáinz, y para… ¡¡ÉL MISMO!! Alfredo Carreño evitó con su ausencia que en el dictamen sobre el oscuro caso de Los Palacios se le atribuyeran responsabilidades políticas. Una genialidad. Claro que, al no estar en la sesión plenaria, tampoco pudo contrbuir a que se debatiera la expulsión del Grupo municipal popular del condenado Reinares, que sigue tranquilo en el rincón de pensar. Sigue presente.

Culpas

No voy a opinar sobre si la responsabilidad es de unos o de otros, pero el hecho de que el debate se haya centrado en quién tiene la culpa de haber derribado un avión comercial con un misil está arrinconando a la verdadera cuestión de fondo de este asunto: se ha asumido como normal asesinar a civiles en el tablero geoestratégico; hemos digerido como cotidiano el hecho de matar a 300 personas solo para ganar una posición de fuerza sobre el adversario en el escenario internacional, y ahora estamos cagando los resíduos en forma de estupida discusión sobre quién disparó el cohete. Y lo más preocupante de todo es que esa práctica, la de enajenar la responsabilidad de las desgracias del mundo, está tan extendida que también la hemos legitimado. Y todo gracias a los medios de comunicación.

La humanidad no vive en sociedad, sino en sociedades que chocan entre sí como placas tectónicas, provocando de vez en cuando terremotos unas veces en forma de guerras, otras en forma de crisis económicas. Precisamente, las crisis -como las guerras- perjudican a muchos y benefician a unos pocos. A estos últimos lo primero que les preocupa cuando millones de personas se mueren, arruinan, se van a paro y/o no pueden alimentar a sus hijos es encontrar un culpable de la atrocidad. En la crisis económica que nos ocupa, los que no se vieron perjudicados por la recesión corrieron a responsabilizar de todo el desastre al Estado de bienestar, por insostenible. Y lo hicieron mientras crecía a ritmo de dos cifras el porcentaje de ricos y millonarios al calor del colapso económico. Y así fuimos tirando. Echando culpas a los demás.

Gaza tiene la culpa de las muertes en Gaza; los vividores andaluces tienen la culpa del independentismo catalán; Venezuela tiene la culpa de que surjan partidos de izquierda en España; la plataforma antidesahucios tiene la culpa de la inseguridad ciudadana. Y así todo. Cuando lo importante es imponerse en un debate de imagen pública, lo aconsejable es evitar que circulen aviones por Ucrania, en lugar de tratar de impedir que un desastre como el que ha ocurrido vuelva a suceder. Con la crisis ha pasado un poco igual: en lugar de articular los mecanismos de control que eviten catástrofes económicas como la que todavía nos azota, hemos preferido paliar sus efectos (al menos para los bancos), de tal manera que ya podemos decir que estamos empezando a poder estar preparados para la nueva sacudida. A ver de quién será culpa la próxima vez.

Congresos

Me gustan los congresos socialistas porque la historia nos dice que alguno de los perdedores podría acabar montando un partido político a su medida, y yo soy de los que piensan que cuantos más peces haya en el acuario electoral, mejor. Más colorido estará. Y al próximo cónclave del PSOE llegará un nuevo líder para ser proclamado oficialmente Secretario General, lo que deja dos derrotados que tendrán que rebuscar su lugar en el partido (o fuera de él). Pedro Sánchez, el ganador, nos puede gustar más o menos y nos puede parecer más o menos progresista, pero es la elección de los militantes de su partido, para bien o para mal. Nunca se sabe. Alguien dirá: “no, es que el aparato…”. Lo que sea. El asunto se resolvió por el procedimiento democrático de “un militante, un voto” y, aunque opinable y criticable, el resultado no es cuestionable. Es más, creo que las críticas no son del todo justas y que habría que esperar a que se dé el anunciado batacazo para empezar a castigarle.

De la misma forma que defiendo a Sánchez (sin que con ello quiera decir que me guste o me deje de gustar), defiendo a cualquier aspirante a ser líder de un partido político que haya sido elegido de forma libre por el conjunto de sus compañeros de fomación. Es el caso de Pilar Fernández Pardo, criticadísima Presidenta de la Junta local del PP de Gijón a la que se le dieron palos desde la izquierda y desde la derecha, y que finalmente fue defenestrada por su partido, el cual -al parecer- perdió su confianza en ella por respaldar a un Ayuntamiento de Foro (el de Gijón, obviamente), el partido de Franciasco Álvarez Cascos o, lo que es lo mismo, el archienemigo de los populares en Asturias desde tiempos inmemoriales que se remontan a hace un par de años o así.

Pero, para entender las razones por las que Pilar Fernádez Pardo no tenía motivos para apoyar a Cascos, conviene recordar que Pardo no llegó al poder de forma democrática, sino accidental. En concreto por culpa de un oscuro capítulo de la historia del PP gijonés en el que se mezclan puestos de representación en la caja de ahorros, Cajastur; la confección, como no, de una lista electoral y los tejemanejes tanto del Partido Popular asturiano, deseoso de meterle mano a la Junta local gijonesa, como del por aquel entonces máximo y poderoso representante del Principado en Génova y en el Gobierno de Aznar: el madrileño Francisco Álvarez Cascos. Pardo llegó al poder porque el hoy Senador de Foro y entonces Presidente de la Junta Local del PP de Gijón, Isidro Martínez Oblanca, fue incapaz de gestionar el explosivo cocktail antes descrito, lo que motivó su dimisión y su salida del partido, así como un alejamiento de Cascos que, parece, ya se ha solventado.

No citaré nombres, pero por aquel entonces muchos alababan el carácter y la capacidad de Fernández Pardo como política de temple. Yo mismo escuché alabanzas a su figura entre miembros del PSOE y entre lo más granado del periodismo gijonés. Y fue ella la elegida para sustituir al escapista Oblanca, que se fue junto (que no revuelto) a tres concejales populares, incluida la portavoz del grupo municipal, la casquista Alicia Fernández Armayor. Hay que destacar que Oblanca se fue, sí, pero al Senado, donde tenía plaza, exactamente igual que ahora. Solo cambia el partido, ya que ha vuelto a reconciliarse con Cascos y es miembro de relevancia de Foro. Total, retomando la historia, que a todos les vino bien poner a dedo a Pilar Fernández Pardo al frente de un barco que tenía puesto su rumbo electoral hacía el naufragio. A todos, excepto a Cascos, claro, que entonces le declaró la guerra sin cuartel, a pesar de que la médico y abogada mejoró los resultados electorales de su partido contra todo pronóstico.

Y aquí es cuando volvemos a hablar de congresos, porque el caquismo presentó ese mismo año 2003 a un aspirante a Presidente de la Junta local en la cita congresual. Se trataba de Lucas Domingo y mi rcuerdo es el de una hombre simpático, la verdad, aunque no volví a tratar mucho con él después de su abultada derrota ante Pardo. Pilar Fernández Pardo ganó aquel Congreso y el siguiente. Y el siguiente, porque ya no hubo adversario. Pasó de ser una elegida a dedo a ser una elegida a voto y solo dejó el poder por la misma conjunción de fuerzas que le puso en él: los tejemanejes del Partido Popular asturiano y -de forma indirecta esta vez- la acción de Francisco Álvarez Cascos. O más bien de su partido en Gijón, que llegó a acuerdos con el PP gijonés cuando estaba a la greña con el partido en el resto del territorio asturiano.

Cascos, que cosas. Se tiró años intentando apear a Fernández Pardo del sillón de Gijón sin conseguirlo. Lo intentó desde el mismísimo día en el que ella accedió al poder. Él era el Ministro gijonés, peso pesado del Partido en Madrid y gran estratega. Don Francisco, Paco para los amigos. El General Secretario. Y no pudo hacer nada. Tuvo que pasar una década para que el partido que fundó al salir del PP le diera la excusa a los populares para defenestrar a la única líder que el partido había fraguado a base de votos. Y, circunstancias de la vida, la Presidenta del PP asturiano que le dio la estocada a Fernández Pardo es la que fuera gran aliada de Francisco Álvarez Cascos una década atrás: la excandidata a la alcaldía de Gijón, exdelegada del Gobierno en Asturias y exsíndica, Mecedes Fernández. El mundo, al menos el político, es un pañuelo.