Congresos

Me gustan los congresos socialistas porque la historia nos dice que alguno de los perdedores podría acabar montando un partido político a su medida, y yo soy de los que piensan que cuantos más peces haya en el acuario electoral, mejor. Más colorido estará. Y al próximo cónclave del PSOE llegará un nuevo líder para ser proclamado oficialmente Secretario General, lo que deja dos derrotados que tendrán que rebuscar su lugar en el partido (o fuera de él). Pedro Sánchez, el ganador, nos puede gustar más o menos y nos puede parecer más o menos progresista, pero es la elección de los militantes de su partido, para bien o para mal. Nunca se sabe. Alguien dirá: “no, es que el aparato…”. Lo que sea. El asunto se resolvió por el procedimiento democrático de “un militante, un voto” y, aunque opinable y criticable, el resultado no es cuestionable. Es más, creo que las críticas no son del todo justas y que habría que esperar a que se dé el anunciado batacazo para empezar a castigarle.

De la misma forma que defiendo a Sánchez (sin que con ello quiera decir que me guste o me deje de gustar), defiendo a cualquier aspirante a ser líder de un partido político que haya sido elegido de forma libre por el conjunto de sus compañeros de fomación. Es el caso de Pilar Fernández Pardo, criticadísima Presidenta de la Junta local del PP de Gijón a la que se le dieron palos desde la izquierda y desde la derecha, y que finalmente fue defenestrada por su partido, el cual -al parecer- perdió su confianza en ella por respaldar a un Ayuntamiento de Foro (el de Gijón, obviamente), el partido de Franciasco Álvarez Cascos o, lo que es lo mismo, el archienemigo de los populares en Asturias desde tiempos inmemoriales que se remontan a hace un par de años o así.

Pero, para entender las razones por las que Pilar Fernádez Pardo no tenía motivos para apoyar a Cascos, conviene recordar que Pardo no llegó al poder de forma democrática, sino accidental. En concreto por culpa de un oscuro capítulo de la historia del PP gijonés en el que se mezclan puestos de representación en la caja de ahorros, Cajastur; la confección, como no, de una lista electoral y los tejemanejes tanto del Partido Popular asturiano, deseoso de meterle mano a la Junta local gijonesa, como del por aquel entonces máximo y poderoso representante del Principado en Génova y en el Gobierno de Aznar: el madrileño Francisco Álvarez Cascos. Pardo llegó al poder porque el hoy Senador de Foro y entonces Presidente de la Junta Local del PP de Gijón, Isidro Martínez Oblanca, fue incapaz de gestionar el explosivo cocktail antes descrito, lo que motivó su dimisión y su salida del partido, así como un alejamiento de Cascos que, parece, ya se ha solventado.

No citaré nombres, pero por aquel entonces muchos alababan el carácter y la capacidad de Fernández Pardo como política de temple. Yo mismo escuché alabanzas a su figura entre miembros del PSOE y entre lo más granado del periodismo gijonés. Y fue ella la elegida para sustituir al escapista Oblanca, que se fue junto (que no revuelto) a tres concejales populares, incluida la portavoz del grupo municipal, la casquista Alicia Fernández Armayor. Hay que destacar que Oblanca se fue, sí, pero al Senado, donde tenía plaza, exactamente igual que ahora. Solo cambia el partido, ya que ha vuelto a reconciliarse con Cascos y es miembro de relevancia de Foro. Total, retomando la historia, que a todos les vino bien poner a dedo a Pilar Fernández Pardo al frente de un barco que tenía puesto su rumbo electoral hacía el naufragio. A todos, excepto a Cascos, claro, que entonces le declaró la guerra sin cuartel, a pesar de que la médico y abogada mejoró los resultados electorales de su partido contra todo pronóstico.

Y aquí es cuando volvemos a hablar de congresos, porque el caquismo presentó ese mismo año 2003 a un aspirante a Presidente de la Junta local en la cita congresual. Se trataba de Lucas Domingo y mi rcuerdo es el de una hombre simpático, la verdad, aunque no volví a tratar mucho con él después de su abultada derrota ante Pardo. Pilar Fernández Pardo ganó aquel Congreso y el siguiente. Y el siguiente, porque ya no hubo adversario. Pasó de ser una elegida a dedo a ser una elegida a voto y solo dejó el poder por la misma conjunción de fuerzas que le puso en él: los tejemanejes del Partido Popular asturiano y -de forma indirecta esta vez- la acción de Francisco Álvarez Cascos. O más bien de su partido en Gijón, que llegó a acuerdos con el PP gijonés cuando estaba a la greña con el partido en el resto del territorio asturiano.

Cascos, que cosas. Se tiró años intentando apear a Fernández Pardo del sillón de Gijón sin conseguirlo. Lo intentó desde el mismísimo día en el que ella accedió al poder. Él era el Ministro gijonés, peso pesado del Partido en Madrid y gran estratega. Don Francisco, Paco para los amigos. El General Secretario. Y no pudo hacer nada. Tuvo que pasar una década para que el partido que fundó al salir del PP le diera la excusa a los populares para defenestrar a la única líder que el partido había fraguado a base de votos. Y, circunstancias de la vida, la Presidenta del PP asturiano que le dio la estocada a Fernández Pardo es la que fuera gran aliada de Francisco Álvarez Cascos una década atrás: la excandidata a la alcaldía de Gijón, exdelegada del Gobierno en Asturias y exsíndica, Mecedes Fernández. El mundo, al menos el político, es un pañuelo.

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