Culpas

No voy a opinar sobre si la responsabilidad es de unos o de otros, pero el hecho de que el debate se haya centrado en quién tiene la culpa de haber derribado un avión comercial con un misil está arrinconando a la verdadera cuestión de fondo de este asunto: se ha asumido como normal asesinar a civiles en el tablero geoestratégico; hemos digerido como cotidiano el hecho de matar a 300 personas solo para ganar una posición de fuerza sobre el adversario en el escenario internacional, y ahora estamos cagando los resíduos en forma de estupida discusión sobre quién disparó el cohete. Y lo más preocupante de todo es que esa práctica, la de enajenar la responsabilidad de las desgracias del mundo, está tan extendida que también la hemos legitimado. Y todo gracias a los medios de comunicación.

La humanidad no vive en sociedad, sino en sociedades que chocan entre sí como placas tectónicas, provocando de vez en cuando terremotos unas veces en forma de guerras, otras en forma de crisis económicas. Precisamente, las crisis -como las guerras- perjudican a muchos y benefician a unos pocos. A estos últimos lo primero que les preocupa cuando millones de personas se mueren, arruinan, se van a paro y/o no pueden alimentar a sus hijos es encontrar un culpable de la atrocidad. En la crisis económica que nos ocupa, los que no se vieron perjudicados por la recesión corrieron a responsabilizar de todo el desastre al Estado de bienestar, por insostenible. Y lo hicieron mientras crecía a ritmo de dos cifras el porcentaje de ricos y millonarios al calor del colapso económico. Y así fuimos tirando. Echando culpas a los demás.

Gaza tiene la culpa de las muertes en Gaza; los vividores andaluces tienen la culpa del independentismo catalán; Venezuela tiene la culpa de que surjan partidos de izquierda en España; la plataforma antidesahucios tiene la culpa de la inseguridad ciudadana. Y así todo. Cuando lo importante es imponerse en un debate de imagen pública, lo aconsejable es evitar que circulen aviones por Ucrania, en lugar de tratar de impedir que un desastre como el que ha ocurrido vuelva a suceder. Con la crisis ha pasado un poco igual: en lugar de articular los mecanismos de control que eviten catástrofes económicas como la que todavía nos azota, hemos preferido paliar sus efectos (al menos para los bancos), de tal manera que ya podemos decir que estamos empezando a poder estar preparados para la nueva sacudida. A ver de quién será culpa la próxima vez.

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