El PP entra en campaña para las elecciones de 2019

Una análisis semiótico nivel usuario de los actuales mensajes del Gobierno vigente deja al desnudo la ingeniería comunicativa destinada a obtener el poder a largo, cuando es imposible conservarlo en el corto plazo.

Al contrario que lo sucedido al inicio de la actual crisis económica, en los lejanos años de la primera década del siglo, cuando apenas cuatro pringados fueron capaces de anticipar el batacazo financiero que se nos venía encima (y que, por supuesto, fueron ignorados), hoy no son pocas las voces que advierten de los inminentes peligros económicos que nos acechan a la vuelta de la esquina. Nos hablan de burbujas financieras, que no afectarán directamente a los más pobres, sin capacidad para jugar en los mercados, pero que les castigarán indirectamente cuando haya que arreglar el desaguisado; de casi inasumibles deudas públicas que a primera vista nos hacen crecer, pero que en algún momento habrá que empezar a pagar; de conflictos con Rusia, que parecen lejanos porque estupidamente creemos que hemos logrado aprender alguna lección de nuestra propia historia; de bajada de precios del petróleo y de deflación, entre otros argumentos.

Y todo en un contexto bastante diferente al de 2007/2008, al menos en este país, con casi 5 millones de parados, una creciente brecha en el poder adquisitivo, una lacerante pérdida de dercehos sociales entre las capas más bajas, y con la propagación, cual plaga medieval, de la pobreza incluso entre la clase trabajadora. Una coyuntura que, sin ser economista, me invita a pensar que las consecuencias de una posible nueva crisis podrían ser aún más devastadoras que las de la vigente. Es decir, que se podría multiplicar el número de pobres y de ricos.

El escenario se completa con las encuestas de intención de voto, sea éste directo o no, que auguran un descalabro del partido en el Gobierno -el PP- y un ascenso de Podemos, la nueva formación que ya sorprendio en las pasadas elecciones europeas. Es una coyuntura en la que, desde mi punto de vista, el PSOE no sale mal parado, ya que aventajaría a los populares y se posicionaría como el primero de los partidos políticos tradicionales, aquellos que más están pagando el descontento ciudadano por la situación económica y los incesantes casos de corrupción. Es, en cualquier caso, una coyuntura que alejaría al PP del próximo Gobierno que se podría decidir en menos de un año.

Con todos los sondeos en su contra, y con el desgaste propio del partido que sostiene al ejecutivo, los populares han elegido algunos ejes de comunicación que podrían sorprender a primera vista, uno por desafortunado y otro por todo lo contrario. Uno, el menos acertado, es el ataque directo a Podemos, un partido sin representación parlamentaria, al que el PP estaría dando tratamiento de formación de Gobierno al convertirlo en el principal blanco de sus poco afortunados dardos dialécticos, lo que estaría reforzando la intención de voto del electorado que hubiera dudado en algún momento de que el Pablo Iglesias estuviera capacitado para liderar el país. El otro, el relativamente más acertado (está condicionado a que la ciudadanía se lo crea o no), es el mensaje de que la crisis ha acabado ya.

El partido Popular necesita que el mensaje del fin de la crisis cale entre la mayor cantidad de personas posible. Necesita plantar la semilla de la esperanza. O, mejor dicho, necesita plantar la semilla de la duda. Por ahí pasa su mejor baza para su futuro electoral, por que la gente pueda llegar a dudar sobre si será verdad o no que no hay riesgo de crisis, que a partir de ahora todo va a volver a ser vino, rosas y aeropuertos en páramos levantinos. Y no es que el PP necesite con urgencia propagar este pensaje para tener opciones de cara a las elecciones del próximo año, no. Los populares deberían estar pensando ya en los comicios de 2019.

Si, como todo apunta, el PP se descalabra en la próxima cita con las urnas, de nada le servirá gastar munición en la cada vez más cercana campaña electoral; de nada servirá quemar a su mejor candidat@ a la presidencia. Su mejor estrategia sería, en todo caso, preparar el camino de regreso a Moncloa a cuatro años vista, asumiendo el ERE que sufrirán sus cargos y asesores, y previendo la legislatura en la oposición en la que podrán volver al catastrofismo ilustrado. En esta tesitura, lo más sabio sería, como digo, sembrar la semilla de la campaña de 2019, que no es otra que decir que ha acabado la crisis.

Porque, si como todo apunta, regresa la recesión por la causa que sea, incluida la descomunal deuda que el propio Partido Popular está alimentando, el PP ya tendría hecha la campaña de 2019 con los lemas “Solo el PP puede sacarnos de la crisis”, “La izquierda solo sabe provocar crisis”, “Devolveremos la confianza de los mercados” (en el probable caso de que la crisis sea financiera) o “Es hora de que una mujer sea presidenta”. Y, sinceramente si la vigente crisis nos dejó 5 millones de parados, la próxima podría dejarnos 6 o 7 tranquilamente. Y todos sabemos lo mucho que les gustan a los españolitos los salvapatrias. El PP podría recuperar el Gobierno dentro de 5 años con el mismo mensaje populista con el que llegó al actual hace 3. Y todo por ser previsor. Los populares irían de crisis en crisis y tiro porque me toca.

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