La de Comisiones

Cuando me enteré de que se iba a constituir una Comisión parlamentaria para investigar a fondo el caso Villa pensé que se estaba fraguando una de las mayores pérdidas de tiempo de la historia reciente de Asturias, pero no quise decírselo a nadie porque todo el mundo parecía muy excitado con la novedad. Daba la impresión, a juzgar por el revuelo que provocó el anuncio del inicio de las pesquisas, de que que se estaba abriendo en el horizonte una ventana de honestidad por la que debía penetrar un fresco aire renovador capaz de limpiar las telarañas del oscuro origen de un dinero que se sabe que existe gracias a un medio de comunicación, El País. Y claro, ante tal alborozo no pude más que sumarme a la algarabía general y celebrar la buena nueva como buena, dado que nueva sí era. Claro que esta adhesión inquebrantable a la masa me duró dos días. Los que pasaron desde que se anunció la comisión y yo me quedé sin yogures, lo que me obligó a ir al supermercado a adquirir un paquete con cuatro de fresa, dos de limón y otros dos de plátano por menos de dos euros.

Allí, en la cola, con los dos euros en una mano y los yugures en la otra, acerte a escuchar la conversación que mantenía a cajera con una señora que luego supe, al ver su tarjeta de puntos, que era de Comisiones Obreras. Atribulada, la sindicalista/esposa de sindicalista comentaba que era una pena lo de Villa, que qué bien que iba a haber una Comisión de investigación parlamentaria, pero que daba igual porque, en cualquier caso, aquello no iba a servir para nada. Fue ahí donde me di cuenta de que había dejado que la opinión general sepultara la mía propia sobre el caso. Fue entonces cuando decidí asumir con valentía que mi sitio no estaba con la masa, sino con esa señora con algún vínculo con CCOO. Levanté la mirada, y dejé que fluyera orgulloso por mi cerebro un pensamiento destinado a salir -eso sí, como un susurro- por mi boca: menuda pérdida de tiempo.

El caso es que, aunque había reforzado mis propias convicciones hasta casi hacerlas públicas, no las tenía todas conmigo. No me atrevía a confesárselo a nadie. Para colmo, todos los medios de comunicación abrían sus ediciones con la noticia como respaldando la tesis de que nos encontrábamos ante el evento del siglo. Total, que volví a sumarme a la masa. Y siguiendo la opinión general estaba cuando comenzó el trabajo de la Comisión y pudimos ver a la familia de Villa riéndose del personal, a la de Postigo riéndose del personal y a Postigo riéndose del personal a la vez que le faltaba al respeto. Y algo ardió en mi interior. Creo que fue al ver a tres advenedizos cuyo único mérito en la vida había sido ser familia de un tío que se creía dios cuando me decidí a rescatar mi idea original de que aquello era una farsa. Y complementé mi tesis con la creencia de que aquello era todo un circo electoral. Aunque quizá también me ayudara un poco comprobar que una persona tan estúpida como para regularizar 50.000 miserables euros (miserables en el sentido de que cualquier defraudador de bien jamás habría regularizado una cantidad que bien se puede ir gastando con el paso del tiempo mientras se ahorra otro dinero más limpio) en una amnistía fiscal, era capaz de pasarse la comisión por el arco del triunfo.

Sí, definitivamente aquello no servía para nada relacionado con la obtención de información o la búsqueda de culpables. Por tanto, deduje, tan solo tiene un objeto: lograr publicidad mediática a la vez que se perjudica al adversario político ante la opinión pública. Vamos, que se ha creado un nuevo foro en el que sacudir al rival y lucir el palmito. Y diréis: pero si todos los grupos quisieron poner en marcha la investigación. Pues claro, porque pobre de aquel que se negara a apoyar la Comisión. Le habrían acusado de obstrucción a la búsqueda de la verdad, por mucho que ésta jamás vaya a salir a la luz en un proceso en el que los citados a declarar no están obligados a contar nada. Es más, el principal protagonista ni siquiera se ha presentado a la cita. Tan solo han dicho algo -vaguedades, sobre todo- los políticos convocados. Y nadie ha hecho preguntas decentes. Excepto Foro, que acertó a preguntar a Javier Fernández por qué defenestró al exlider socialista basándose tan solo en una información periodística. Los demás, nada. Una comisión sin preguntas ni respuestas. Una comisión con la mira puesta en las próximas elecciones. Una Comisión que si acaba sin resultados no pasará nada. Una comisión que no ha acabado y que ojalá dé algún resultado. De verdad lo digo. Nada me gustaría más que saber que nuestros representantes han logrado apovechar todo este tiempo para obtener valiosas conclusiones. Así podría volver al supemercado, plantarme delante de aquella señora, la de Comisiones, y confesarle con una mezcla de pesar y alegría: estábamos equivocados.

Anuncios

Enséñame la pasta

Sí hay dinero, el problema es que no lo tenemos nosotros. Proverbio asturiano.

La enorme complejidad del mundo en el que vivimos, con sus infinitos matices que influyen en el entramado que hemos dado en llamar sociedad, no impiden que, en ocasiones, sea posible -hasta necesario; sano, incluso- hacer análisis simplistas. Más en estos días en los que nos bombardean con mensajes, todos ellos interesados, que debemos interpretar unos, y tragar sin masticar otros. Un exceso de información que es necesario decodificar y reducir para poder advertir el verdadero eje de la comunicación.

De todos los mensajes que nos llueven a diario yo destacaría los que están a favor de la idea de la recuperación económica y los que están en contra. Opuestos, pero no excluyentes. Por un lado, nos dicen que las cosas van mal: las familias en riesgo de exclusión social crecen de forma imparable; la pobreza energética es un concepto que está ya en boca de cualquiera, surgido como de la nada y asumido con facilidad pasmosa; los jóvenes tienen más de un 50% de paro; nos juran que no hay dinero para la educación ni para la sanidad; Nos perjuran que las pensiones no son sostenibles; los sueldos bajan hasta lograr que una persona que trabaje diez horas al día no pueda dejar de ser pobre; los contratos temporales se generalizan creando una tensión en el trabajador que le lleva a aceptar ofertas que le obligan a vivir literalmente por encima de sus posibilidades, teniendo que recurrir a la familia o a los servicios sociales (cada vez menos dotados) para llegar a fin de mes.

Y nos dicen todo esto mientras nos cuentan que las cosas, en realidad, van bien: los bancos y las grandes multinacionales vuelven a los beneficios multimillonarios; los ricos se multiplican como por esporas; el dinero de los ricos se multiplica como por esporas que se multiplican por esporas; que los ricos y su dinero se multipliquen como por esporas hace crecer la confianza de los mercados y baja el interés al que se financia el país; el crédito barato hace que suba la deuda a niveles históricos; la entrada de crédito hace que se pueda destinar dinero a sanear bancos para que puedan volver a tener beneficios multimillonarios, y la deuda ya la pagaremos entre todos cuando la economía despegue. En definitiva, que nos dicen que no hay dinero a la vez que nos cuentan que cada vez hay más, lo que nos lleva a concluir que el dinero, de forma similar a la energía, no aparece ni desaparece, simplemente cambia de manos. Y ahora se concentra en unas pocas. No nos digáis que no hay dinero, decidnos que no lo queréis compartir con nosotros.