La puta democracia

¿Cuál es la línea roja para aceptar líneas rojas? Si establecemos, por ejemplo, que el límite para dimitir por motivos de corrupción debe estar en la imputación, pero aceptamos sin queja que otros partidos lo ubiquen en la apertura de juicio oral, no podemos quejarnos porque toda una colección de investigados por prevaricación, malversación o alzamiento de bienes nos critiquen desde su escaño por no dejar nuestro puesto al aparecer, aunque sea en calidad de testigo, nuestro nombre en una instrucción cualquiera. No podemos a no ser que seamos del PP, formación que tiene dos listones: uno más alto para sus correligionarios, y otro más bajo para el resto de políticos. No digo que todos los partidos deban tener un código ético idéntico, solo que quienes siguen unas reglas más laxas, deberían tener la misma manga ancha para los casos ajenos y viceversa.

Sobrados ejemplos hay de diferentes varas de medir la gravedad de un asunto merecedor de una dimisión. El que voy a citar es, posiblemente, uno de los capítulos más oscuros del Partido Popular gijonés. Ocurrió en 2003. El Grupo municipal de este partido salía de una sesión plenaria cuando fue sorprendido por un miniescrache en el que participan dos personas. Los manifestantes, que lo eran contra la guerra de Iraq, portaban pancartas tamaño Din A4 en las que apenas se podía leer escrita a boli bic la palabra “ASESINOS”, y usaron ese mismo término para referirse a los ediles del PP, que todavía permanecían protegidos por las puertas de cristal de la casa consistorial. Quizá temerosos de lo que podía pasarles al cruzar el protector umbral del palacete, los populares exigieron a los policías locales que desalojaran a aquellas dos mujeres que seguro que en aquellos tiempos desconocían el significado de la palabra escrache.

Dos mujeres, ninguna de ellas fornida, con sendos folios a modo de pancarta. Eso sí, muy vinculadas al grupo municipal de IU, y más en concreto a su portavoz, Jesús Montes Estrada, más conocido como “Churruca”. Él y su compañera de grupo, Gloria Fernández, aparecieron en el vestíbulo del Ayuntamiento donde se atrincheraban los populares, uno para tratar de poner paz y la otra para recriminar a los concejales del PP su actitud. Ese fue el momento en el que el edil que por aquel entonces pertenecía al Partido Popular Juan Carlos Santos se vino arriba. Se encaró con Gloria Fernández y Churruca tuvo que mediar. Se tensó la situación dentro, mientras fuera aquellas dos mujeres seguían con sus cánticos atenuados por la pantalla transparente y con sus folios ya medio arrugados. Daban la impresion de estar en trance, porque apenas variaban sus eslóganes y en ocasiones parecía que los dirigían hacia el infinito, en lugar de hacia los populares.

Todo fue un poco confuso. Santos chocando cabezas con Fernández; Churruca cogiendo del brazo a Santos; el resto del grupo municipal popular indignado; las señoras del escrache desplazándose lateralmente junto a la puerta de cristal del ayuntamiento parecían apaches en danza tribal. Todo se aceleró y frenó de golpe cuando los populares abandonaron el edificio, pero lo hicieron justo después de que Juan Carlos Santos dijera en alto, y ante los periodistas, que todo aquello era por culpa de “la puta democracia”. No fue un chiste sacado de contexto. No fue una broma contada cuatro años atrás. Juan Carlos protestaba porque, por culpa de la democracia, unas señoras activistas habían interrumpido su plácido paseo por el casco histórico de la Villa de Jovellanos.Y lo hacía expresando su indignación por el modelo sociopolítico que permitía aquella aberración.

Obviamente, al ser un concejal de la oposición, Santos no tenía cargo que entregar, por lo que su castigo solo se podía circunscribir a la entrega de su acta de concejal, algo que nunca se produjo a pesar de que el PSOE e IU lo pidieron. De hecho, el edil popular no abandonó el Ayuntamiento de la ciudad hasta el final de la siguiente legislatura. Ahora, ha dejado atrás ese pasado y ha llevado su espíritu demócrata fuera de las filas del PP al afiliarse a Ciudadanos, un partido que se nutre de fugados del PSOE, UPyD y del PP, y que, al parecer, abarca el particular modo de entender la democracia de Santos. Si un día llega a ser candidato de C’s, alguien hará una búsqueda, encontrará este texto, y pedirá su dimisión. Sin emabrgo, en este documento también podrá prever dónde tiene este militante de la derecha sus líneas rojas para dejar un cargo. Pero la culpa de que alguien que hace ese tipo de declaraciones no esté obligado a dimitir, efectivamente, la tiene la democracia. Eso y que la “puta democtacia de Santos” no mereció un editorial en los principales medios de comunicación del País, claro.

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