Elecciones para todos

La culpa es del receptor. Los emisores utilizaron el mismo canal y superaron las mismas interferencias, pero o los receptores no supimos descifrar el mensaje o su encriptación era demasiado compleja. Así, interpretamos que todos los partidos políticos estaban dispuestos a negociar y llegar a acuerdos para formar un Gobierno que, en función de los componentes del mismo, sería bien reformista, bien progresista reformista, bien del cambio o bien de la gente. Pero dimos por sentado que habría un Gobierno. Quizá poque creímos que los partidos político deseaban que hubiera uno. Uno inmediato. Pensamos que era perentorio, indispensable.

Lo cierto es que los receptores estábamos predispuestos a malinterpretar el mensaje, cuando desde un primer momento éste fue claro y nítido: los partidos quieren un Gobierno liderado o condicionado por ellos o no quieren un Gobierno. Este mensaje es inequívoco en el caso del Partido Popular, el más honesto a la hora de plantear este tipo de supuestos: o Mariano Rajoy preside un Ejecutivo reformista o rompemos la baraja. Los populares son conocedores de su fabuloso suelo electoral y saben que seguirán ganando elecciones mientras el resto del voto esté fragmentado. Su estrategia se ha mimetizado con la de su líder y se limitan a esperar a que el tiempo lo acabe resolviendo todo.

Sin emabrgo, aunque la voluntad del resto de partidos políticos es similar en cuanto a la escasa intención de formar Gobierno, su posición con respecto a su propio electorado no es tan privilegiada, por lo que no se quieren arriesgar a dar la imagen de ser formaciones reacias a negociar. Así, el Partido Socialista, aunque ha ido mutando su estrategia, ésta ha estado dirigida en todo momento a preparar unas nuevas elecciones generales, ya que no está dispuestos a dejar que gobierne el PP y sabe que las matemáticas le impedirán formar un Ejecutivo propio. Que no es que no el PSOE no quiera cumplir con el mandato de formar Gobierno, es más bien que, consciente de que las opciones de lograrlo son escasas, lo más prudente es aprovechar la tarea para sembrar las bases de una nueva campaña elecotral.

Los socialistas empezaron el proceso abierto las tras elecciones desando escarmentar al PP en una sesión de investidura. Desgastar al rival de cara a una cercana campaña electoral parecía un buen movimiento, pero Mariano Rajoy hizo un quiebro inesperado, se ahorró un escarnio público y se situó a la defensiva con la intención de conservar el mayor número de votos posible para los siguientes comicios. Así las cosas, al PSOE sólo le quedaba salir al ataque, buscar la centralidad del tablero y aprovechar la oportunidad para presentarse como única alternativa al PP. No es tonto Pedro Sánchez; sabe que la sesión de investidura, aunque sea la suya, le puede pesar más a los populares que a los socialistas, por lo que es necesario que haya una en la que poder hablar de corrupción y recortes. No se puede permitir una nueva votación popular sin el paso de Rajoy por la tribuna del Congreso. El pleno de esta semana está marcado en la agenda socialista como unos de los momentos relevantes de su campaña electoral para el 26J.

El caso de Ciudadanos es bien distinto. Albert Rivera logró un resultado electoral espectacular que posicionaba a su formación en la mayor irrelevancia política por culpa de la aritmética parlamentaria. Nunca tantos diputados sirvieron para tan poco. En esa coyuntura, los naranjas no tuvieron más remedio que ponerse las pilas, multiplicar sus apariciones públicas y robarle al PP para emitir al mundo el mensaje de que sólo ellos pueden salvar a España. Los populares incluso les incluyeron en su proyecto de Gobierno de concentración, aunque les bastaba el apoyo socialista para tener mayoría. Les usaron como cebo para el PSOE y como medio para evitar un “todos contra el PPSOE”, pero a C’s no les importó. No, porque ese papel era el que querían interpretar. Hacedores de pactos; líderes del reformismo constitucionalista; bisagra de la unidad nacional.

Los movimientos de Ciudadanos están dirigidos en todo momento a ganar visibilidad y lograr en una próxima cita con las urnas ese par de diputados que les faltan para condicionar de verdad a un Gobierno para ser decisivos de verdad. Hoy por hoy, los alardeos con 40 diputados son meros fuegos de artificio. Un espectáculo que contempla desde una esquina Podemos. Obviamente, la condescendencia con la que Pablo Iglesias trató a Pedro Sánchez en su oferta de Gobierno de coalición no podía ser considerada una propuesta seria de pacto. Si el PSOE aceptaba por alguna extrañísima razón, Podemos ganaba. Si no, los morados irían ocupando con soltura el espectro izquierdo del voto. Podemos es el único partido que, aunque quiere otras elecciones, no pretende únicamente condicionar un Gobierno (que también), le vale también tomar el control de la oposición de izquierdas.

En efecto, da la sensación de Pablo Iglesias quiere llegar al Poder, sí, pero no de cualquier forma. Si no puede hacerlo a lo grande, le vale asumir el papel de líder de la oposición progresista. Su idea podría ser la de emular a Felipe en el 82, cuando arrasó tras cocinar en su propio jugo a la derecha durante el trienio anterior y habiendo fagocitado a la izquierda. Porque al final eso es lo mejor para un partido: eliminar rivales favorece el acceso al poder de forma más eficiente que firmar acuerdos. El bipartidismo solo es malo si una de las dos formaciones protagonistas no es la tuya. Lo que no es bueno es reconocer abiertamente que se desean otras elecciones. De ahí que la estrategia obligue a sentarse, aunque sea para intentar retratar al adversario, esté o no en la mesa negociadora.

Regeneración democrática

Mauricio Fanjul Villapedre descubrió la fórmula de la regeneración democrática en el año 2014. Fue por casualidad, mientras hacía el amor con su mujer. En pleno acto tuvo una epifanía. Las diez claves que certificarían cualquier regeneración democrática aparecieron ante él como surgidas de la nada, flotando ante el cabecero de la cama. El ímpetu por alcanzar un bloc de notas y un lápiz previamente depositados sobre la mesita de noche provocó un orgasmo glorioso a su pareja y una luxación de cadera a él mismo, lesión que le postró tres semanas en una cama de hospital.

Con el alta en el bolsillo, su principal preocupación fue la de llegar a su escritorio y anotar su descubrimiento. Llegar cuanto antes. En eso pensaba mientras conducía. Fueron los primeros agentes de la la Policía local que accedieron a aquella cuneta los que aventuraron que había sido el exceso de velocidad lo que había provocado la pérdida de control del vehículo. Lo último que Mauricio recordaría, al despertarse seis meses después, era a su mujer ilesa rescatándole del automóvil justo antes de que éste hiciera explosión. Ella no le abandonaría a pesar de que jamás volvería a moverse.

La idea de aprender a escribir con la boca, para dejar constancia de su descubrimiento, le vino a la mente de forma repentina. Primero probó a dibujar y finalmente acabó garabateando algunos signos legibles. Fue entonces cuando se atragantó con el tapón del rotulador. Con su vida tratando de escapar por el exiguo hueco que el plástico verde dejaba en su tráquea enrojecida, pidió a su mujer que convocara a todos los representantes de todos los partidos del país. Y ella lo logró. Los juntó a todos en aquella casa y les solicitó que, uno a uno, fueran pasando por la habitación para recibir de forma oral los diez mandamientos de la regeneración democrática.

El forense confirmaría con el tiempo que Mauricio había fallecido antes de que el primer político atravesara el umbral de su cuarto. Éste había accedido al habitáculo nervioso, tropezando con todo, incluido el cable de la máquina que mantenía activa la respiración del paciente. Tras conectar el aparato de nuevo, y tras sopesar incluso salir por la ventana de aquel octavo piso, el representante público decidió que su mejor coartada era abrir la puerta y confirmar que había recibido la preciada información.

El siguiente prócer halló un ser inerte en la cama. Quiso dar la alarma, lo que habría confirmado que no había sido informado de de aquellas claves paradigmáticas. Optó por salir adusto y sereno, asegurando que era conocedor del secreto. Los demás le imitaron. La amantísima esposa lloró de felicidad y se quitó la vida para poder descansar junto a su marido, pues todos aquellos con opciones de dirigir los designios del pueblo conocían la fórmula perfecta para hacer del suyo un país mejor.

 

 

Huida hacia delante

Es difícil de tragar el trajín de declaraciones cruzadas en torno a posibles pactos, gobiernos e investiduras al que nos están sometiendo estos días, pero más díficil es digerirlo. Declinaciones de propuestas de formar gobierno, ofertas propias de la sonrisa del destino, vetos, manos abiertas, puños cerrados… La estrategia política está incandescente y, como los políticos quieren y necesitan que los ciudadanos la vayamos conociendo (al menos en la forma, que no en el fondo), nos atiborran con toda suerte de propuestas, advertencias y/o amenazas. Es complicado separar la paja del trigo pero yo me he quedado con cuatro posibles titulares concretos:

1- PP y Podemos podrían estar más interesados en repetir elecciones que en otra cosa, pero nadie en su sano juicio reconocería tal extremo. Ambos partidos, por diferentes razones, podrían ser proclives a volver a citarnos en las urnas porque ambos creen que podrían mejorar sus actuales resultados. En concreto, el PP podría estar pensando que ha tocado fondo; que si con todos los casos de corrupción que acumula -algunos de ellos salpicando incluso la campaña electoral- ha conseguido ganar las elecciones, nada podrá impedir que vuelva a repetir al menos el mismo resultado. Es más, sospechan que el hastío ciudadano por la falta de Gobierno podría invitar a volver al redil popular a algunos de los disidentes que prestaron temporalmente su voto a Ciudadanos. Su idea sería la de recuperar el suficiente peso como para obligar a un mermado C’s a prestarle su apoyo o, incluso, aguardar que los barones socialistas decapiten a su líder y presenten a otro candidato más partidario de un entendimiento con la derecha, quién sabe.

Podemos, por su parte, podría estar confiando en -como señala el Presidente del Principado y Secretario General de los socialistas asturianos, Javier Fernández- ocupar el espacio del PSOE; llevar al extremo a los socialistas y hacerles perder peso político. La idea sería que el PSOE cediera terreno electoral y no tuviera más remedio que ceder a las pretensiones de Podemos si quiere gobernar. Otra opción más ambiciosa estaría condicionada por una lectura más optimista de las expectativas de voto en unas nuevas elecciones que pusieran a Podemos por delante de los socialistas, lo que haría que Pablo Iglesias recordara que, cuando ofreció su apoyo a Pedro Sánchez para formar un “Gobierno del cambio”, dijo que a él le gustaría que le ofreciesen esa ayuda. Sin duda Iglesias cuenta con al menos repetir resultados, algo que podría estar condicionado por la indefinición que últimamente muestra sobre el referendum en Cataluña. Difícil será que repita los votos allí obtenidos.

2- Podemos podría querer ser la oposición de izquierdas. Para poder ocupar el espacio político del PSOE, se entiende. Con un Pedro Sánchez desbocado en la carrera por formar Gobierno antes de que le descabecen sus propios compañeros de partido para regocijo de Mariano Rajoy, Pablo Iglesias podría estar saboreando ya un posible pacto entre los socialistas y Ciudadanos con o sin el PP, da igual. En cualquier caso Podemos podría presentarse como la primera fuerza de la izquierda en la oposición. Es una estrategia que prevé recoger resultados a medio plazo (en caso de que no se repitan los comicios), es decir en las próximas elecciones que se celebren en 2020 y que previsiblemente estarán marcadas porque ese podría ser el año de la recuperación. O no, eso no lo sabe nadie, ya que el año de la recuperación se ha anunciado de forma implacable desde 2012 hasta hoy. En cualquier caso, la comunicación no verbal de Iglesias en sus mensajes hacia Sánchez nos dice claramente que al líder de Podemos no le interesa el socialista sino sus votantes.

3-El PSOE o es estrella o se estrella. Nadie sabe si el alocado ímpetu de Pedro Sánchez por formar gobierno es sincero afán reformista o una huida hacia delante pero, sea como sea, no hay vuelta atrás. Si no logra formar un Gobierno, los pedazos que de él queden cabrán en el bolso de mano de Susana Díaz y su partido tendría que empezar a pensar en ir al registro para cambiar sus siglas por PSOA. Quizá algún Barón socialista vea en un supuesto fracaso de Sánchez una oportunidad de oro para subir al poder en su partido, pero lideraría un campo de cenizas sobre el que han echado sal. Ahora que hay alternativas en la izquierda, cualquier síntoma de división es una invitación a la deserción (del votante).

Si Pedro logra formar Gobierno, habrá logrado un hito sin precedentes en la democracia hispana, aunque luego tendrá que gestionar una difícil arquitectura de pactos. Pero habrá demostrado, al menos, que su convicción es firme y su determinación, implacable. Habrá demostrado que los socialistas pueden sobrevivir a Podemos. Es más, si no se alía con la derecha, estaría en disposición de comenzar a ocupar el espacio de la formación morada al menos para recuperar a algunos de los votantes del PSOE fugados por las grietas de la centralidad política. Sánchez tiene ahora a su favor el haber sido designado líder de un proceso, lo que le otorga varias facultades. Una de ellas es la de poder hacer que el resto de agentes políticos implicados se retraten. No le costará mucho.

4- Ciudadanos lucha por no quedarse a verlas venir. Los resultados electorales han sido crueles con los naranjas porque por muy poco se han quedado sin ser una fuerza determinante en el actual panorama político. Esto les obliga a decir cada diez minutos que ellos están dispuestos a pactar, como si eso le importase a alguien. También insisten en la necesidad de reformas y cambios, como si eso no lo dijeran todos. Están hechos un lío; obligados a incumplir su palabra sobre pactos y Gobiernos o a quedar abandonados a la insignificancia. No son el partido clave para nadie, así que o se dedican a opinar de todo o podría haber quien les acabe olvidando, incluso. En esta coyuntura, la repetición de elecciones no les es favorable, por lo que solo les quedan dos opciones: lograr que alguien gobierne con su apoyo o con su oposición, o cambiarse todos a UPyD y probar suerte de nuevo.