Regeneración democrática

Mauricio Fanjul Villapedre descubrió la fórmula de la regeneración democrática en el año 2014. Fue por casualidad, mientras hacía el amor con su mujer. En pleno acto tuvo una epifanía. Las diez claves que certificarían cualquier regeneración democrática aparecieron ante él como surgidas de la nada, flotando ante el cabecero de la cama. El ímpetu por alcanzar un bloc de notas y un lápiz previamente depositados sobre la mesita de noche provocó un orgasmo glorioso a su pareja y una luxación de cadera a él mismo, lesión que le postró tres semanas en una cama de hospital.

Con el alta en el bolsillo, su principal preocupación fue la de llegar a su escritorio y anotar su descubrimiento. Llegar cuanto antes. En eso pensaba mientras conducía. Fueron los primeros agentes de la la Policía local que accedieron a aquella cuneta los que aventuraron que había sido el exceso de velocidad lo que había provocado la pérdida de control del vehículo. Lo último que Mauricio recordaría, al despertarse seis meses después, era a su mujer ilesa rescatándole del automóvil justo antes de que éste hiciera explosión. Ella no le abandonaría a pesar de que jamás volvería a moverse.

La idea de aprender a escribir con la boca, para dejar constancia de su descubrimiento, le vino a la mente de forma repentina. Primero probó a dibujar y finalmente acabó garabateando algunos signos legibles. Fue entonces cuando se atragantó con el tapón del rotulador. Con su vida tratando de escapar por el exiguo hueco que el plástico verde dejaba en su tráquea enrojecida, pidió a su mujer que convocara a todos los representantes de todos los partidos del país. Y ella lo logró. Los juntó a todos en aquella casa y les solicitó que, uno a uno, fueran pasando por la habitación para recibir de forma oral los diez mandamientos de la regeneración democrática.

El forense confirmaría con el tiempo que Mauricio había fallecido antes de que el primer político atravesara el umbral de su cuarto. Éste había accedido al habitáculo nervioso, tropezando con todo, incluido el cable de la máquina que mantenía activa la respiración del paciente. Tras conectar el aparato de nuevo, y tras sopesar incluso salir por la ventana de aquel octavo piso, el representante público decidió que su mejor coartada era abrir la puerta y confirmar que había recibido la preciada información.

El siguiente prócer halló un ser inerte en la cama. Quiso dar la alarma, lo que habría confirmado que no había sido informado de de aquellas claves paradigmáticas. Optó por salir adusto y sereno, asegurando que era conocedor del secreto. Los demás le imitaron. La amantísima esposa lloró de felicidad y se quitó la vida para poder descansar junto a su marido, pues todos aquellos con opciones de dirigir los designios del pueblo conocían la fórmula perfecta para hacer del suyo un país mejor.

 

 

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